04 julio, 2011
Cuento Infantil. Basado en el "Corazón delator" de Poe.
05 abril, 2011
INCONCLUSOS
No tema por su juventud,
queda atrás como su hermosura.
Es el tiempo prendido mecha
de hebra do pende la vida.
No se piense perdido cuan
do la memoria borrada queda.
Andado ya es andado, detrás el camino,
y no ha de ser nunca que del
trecho echo otro paso ya es el lecho.
¡Y que vengan las moscas a cagarnos los cuerpos!
¡y que nos coman sus gusanos nuestra carne!
¡y la tierra nos haga polvo, polvo los huesos!
La Esperanza espera,
pero cada día se levanta.
Tanto la Juventud como la Belleza,
no a todos por igual encantan.
En este buen mundo hay ojos
para el verde trigo y los rastrojos,
sepa que, en la muerte, en la vida
y en la mismísima mierda,
siempre alguien contempla
un ápice de hermosura,
una pizca de fealdad fea.
Quizá atreverme debiera,
temo hacerlo por ser mujer,
a quien a hombre corrige,
no en derecho que si en deber,
de guiarle las manos a la hora
de buscarme ávido el placer,
que, de un poco a poco crece
poco y más y más poco y más.
Si queda parado en silencio sea,
que mirarse es movimiento,
la libre humedad de mis por dentros
trémulo y vivo estremecer,
con un brillo en los ojos de estrella
suscita mi hilaridad, sonrisa de mujer,
hasta que nos volvamos a ver.
Del Ex
Pensé que olvidado…
que ya lo había…
Tanto en noches largas
como en soleados días.
De Él
En el Amor me corresponde,
no tiene falta en galantería.
Si de tan bueno como es
camina por la línea de la tontería.
No da cuenta que mujer joven,
sin pretender llamarle sabiduría,
conozco, y doy que conoce
que conozco la temperatura
tierna de otro cuerpo y su roce,
se la ha de tratar con más hombría.
No todo son ofrendas y presentes,
ni llenarle a una el oído de poesía.
Del Ex
Ha de tocar donde a una le duele,
romper con toda armonía.
De Él
Si das a comer miel y hojuelas,
el bocado se antoja porquería.
El fuego necesita palos,
arden todos en coreografía,
sudan, crujen, crepitan,
y son asas y brasas y pavesas.
Como apagadas parecen quietas,
pero con otro leño basta para
seguir ardiendo entero el día.
Callad.
Bajad.
O de un salto subiré.
Ella
Callad.
Ya son mis pasos
los que por las escaleras escucháis
Ya son mis brazos
y mi cuerpo los que estrecháis.
ESCENA 20_. FINAL.
El Abuelo lo ha observado todo, y frente tanto Amor resuelve así diciendo…
Si del máximo Amor
al Odio extremo
es y hay sólo un paso,
normal al cabo del camino
sufrir estos males de a ratos;
siendo porfiao el enamorao
y este, un oficio ingrato.
Por buscar en el Amor algo más,
y el Amor…
…es Amor y sólo eso.
Con todo suma y todo resta amor.
Bajo la tormenta un niño respira. (agotar el título, o al niño).
Una @ por un euro por un país. Todo por un gol.
…
…
26 marzo, 2011
TRE CUENTO ESTO Y YA.
ROMERO, ROMERO, ROMERO
Últimas líneas escritas.
HOMENAG
Cuando todo se acabe, cuando ya no quede nada, habrá un móvil tirado en el suelo, con batería suficiente como para mantenerse activo en la eternidad.
El viento sopla, quizá provocado por el derrumbe de algún edificio que dejó de aguantar erguido, porque no pudo soportar más. Ya no queda nada más que frene al viento, donde el aire roce, los edificios, sólo quedan edificios. El viento sopla en estampida, el aire irrumpe, penetra en la casa rompiendo el cristal de una ventana. La cortina se estremece, quiere huir y no puede, está prendida a una barra de acero fijada a la pared, termina por desprenderse en jirones y pedazos. Uno de esos pedazos al viento, derriba un portafotos, el portafotos un vaso, el vaso gira por la superficie de madera hasta caer al suelo; sobre el móvil que respira, se precipita y golpea la tecla de llamada, se activa intentando comunicarse con el último número marcado.
Llamando.
Lejos, muy lejos, por no citar ningún lugar, por qué debiera de citar la lejanía o el nombre, ¿hubiera cambiado algo los sucesos que acontecen si se hubieran dado a menos de un paso, en la habitación de al lado, en un cuarto de baño con pestillo echado? No. Lejos, muy lejos, otro celular recibe la llamada, comienza a vibrar, a moverse, desplazarse del lugar. Baja las escaleras, peldaño por peldaño; unas veces de cara otras de cruz. En el último peldaño se detiene completo, aún brilla la luz en su pantalla. Ahora se apaga.
Una acción habilitada en el procesador del primer móvil, vuelve a intentar una segunda llamada por no obtener respuesta en la primera llamada, y así estará hasta obtener respuesta, como los desesperados. La pantalla del celular que quedó en el último peldaño se ilumina, llamada entrante, vibra y cae. Sale al zaguán de la casa por una puerta abierta, choca con el embellecedor metálico de la pata de una mesa alta, se activa. Responder. La línea queda abierta. No se escucha más que el viento entrando como por su casa.
Cuando ya no quede nada, quedará el viento de los lugares, hablando vía móvil con el viento de los otros lugares, contándose sus cosas y sus quehaceres. Otros móviles mundiales vivirían historias similares, parecidas; activarán conversaciones antiguas. Cienes y miles de últimas llamadas, aparatos de energía inagotable. ¿Quiere decir esto que siempre hubo amor? El Amor ha sido energía siempre. Eternos mantendrá a móviles activos y vientos en movimiento.
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21 febrero, 2011
SIN TÍTULO
Almas muertas de Gogol.
No obstante y a pesar del altercado, el propietario y el invitado cenaron juntos.
Se encontraron, después de tanto tiempo, uno subía hacia Plaza Catalunya, el otro bajaba hacia Colón. Lo último que sabía el uno del otro, es que, uno vivía en Cabo de Gata y el otro en Finisterre. Uno empresariales, el otro ecología. Esa tarde, tomaron en el Bosque de las Hadas un café y charlaron. Uno vino para inaugurar otro de sus restaurantes, este nuevo en Barcelona. El otro a dar una conferencia sobre el problema de la escasez del percebe y la navaja frente la abundancia de “galletas”. Uno insistió, por favor, que le acompañase en la inauguración, le prepararía los mejores percebes y las más jugosas navajas que jamás hubiera probado, el otro aceptó. Ambos quedaron en el restaurante a las 20hs. El uno prosiguió su camino, el otro también.
A las 19hs en el restaurante se eligen los percebes, se hierve agua y sal, se exprimen limones, se presentan navajas y se calienta el aceite. A las 19hs en un AC Hoteles de Paralelo buscan la temperatura correcta al agua de la ducha de la habitación 213, espera una copa de vino, suena una melodía en la MTV del televisor, embriaga el ambiente un suavizante perfume de algodón. A las 19:25hs en el restaurante el agua hirviendo toma sabor de hiervas y especias, los percebes a punto para sumergirse en el caldo, las navajas soportando la abrasión del limón mientras mueren por la agonía de las llagas en la solución ácida, el aceite por descuido arde y prende el extractor de humos y un paño cercano al fogón. En Plaza Catalunya gira una Suzuki 900 sin encadenado, acelera hasta 8.000 r.p.m. dirección al restaurante, toda la calle en ámbar. A las 19:40 los bomberos de Barcelona reciben el aviso de un restaurante en llamas, debido al sobre-stock de aceite de oliva virgen en el almacén del restaurante hace difícil la extinción del fuego, los bomberos consiguen extinguir llamas y focos de ignición a las 19: 50hs. A las 19:40hs, El Hospital esquina Villadomat y Manso, recibe el aviso del percance de un motorista, el hilo, de una cometa, atrapado en la rama de un árbol y una señal de tráfico, lo ha degollado, al motorista. A las 19:40hs La Comisaría de Policía de la Zona, recibe la llamada de un vecino, jura estar viendo a un cuerpo buscar a tientas su cabeza y una cabeza llamando a gritos a su cuerpo, otro vecino asegura haber visto al jinete sin cabeza sobre una moto en llamas circulando en estrépito por su calle. A las 19:55hs frete la puerta del restaurante se ve a un hombre carbonizado con unos platos en la mano junto a una mesa aún humeante, otro hombre con la cabeza entre sus manos. No obstante y a pesar del altercado, el propietario y el invitado cenaron juntos.
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02 enero, 2011
SOPLA FUERTE
29 de Julio de 2011
No sabía que cuando uno celebra su cumpleaños le regalan una tarta, y que la tarta viene con una vela encendida por cada año que cumples. Puedes pedir un deseo y si soplas fuerte y consigues apagarlas todas de una vez, el deseo se te cumple. Yo ya estoy pensando el deseo que voy a pedir para mi cumpleaños, y no me consigo decidir. Mañana celebramos el cumpleaños de mi padre. Jamás nunca en esta casa celebramos nada. Yo ya voy a cumplir diez años, los cumplo en octubre, aún faltan tres meses, y antes es el cumple de mi hermano, en septiembre. El de mi mamá es en enero, aún queda.
Desde que mi papá tuvo el accidente con la moto, mi casa es distinta. Antes mi papá nunca estaba en casa, ahora siempre está. Él no puede abrir solo la puerta de la calle. Antes nunca vi a mis papás juntos, o tocarse, o besarse, ahora van a todas partes juntos, y mi mamá no deja de acariciarle la cara y darle besitos en la boca, en las mejillas y en las manos. Salen a caminar, antes nunca los vi salir a la calle juntos. Mi papá no puede caminar, el accidente lo dejó teta… treta… (no sé como se escribe), quedó sentado en una silla de ruedas, y las únicas articulaciones que puede mover son las que tiene del pecho para arriba; un poco los codos, los hombros, el cuello, la mandíbula y los párpados (lo aprendí por tantas veces que mi madre lo contó a las vecinas). Por esto dice mi hermano que ya no nos pega ni nos grita, porque no puede, y depende de nosotros hasta para llevarse la cuchara a la boca o limpiarse el culo (esto se lo he oído decir a mi hermano). A mi hermano se le ve más feliz que antes, creo que por lo que le sucedió a mi papá, ahora es mi hermano quien pega y grita a mi papá, a mi no me gusta que se comporte así; tanto como mi hermano decía que odiaba a mi papá y ahora es identico a él. Mi mamá, en cambio, no lo trata así, y a ella es a la que más le pegaba y le gritaba y le rompía las cosas que a ella le gustaban, pero mi mamá, en lugar de pegarle o gritarle, le da besitos, le hace caricias y le habla despacito al oído, incluso canta en la cocina mientras prepara la comida, y ahora le sale mucho más sabrosa, y se la ve más bella que nunca. Mi papá tampoco puede hablar, en el accidente perdió también la lengua, se la mordió y jamás la encontraron, pero en los ojos le puedo ver un brillo que nunca le he vi.
Como dice mi mamá “ yo no es que me alegre de la desgracia de papá, pero la verdad es que ahora, en mi casa somos felices”. Ahora celebramos cumpleaños. Mañana celebramos el cumpleaños de mi papá, sólo espero que su deseo de cumpleaños no sea que las cosas vuelvan a ser como eran antes. A mi me gustan mucho como están. Sentarme sobre las rodillas de mi papá, mirarle a los ojos, sonreirle y que me sonría, aunque no pueda notar el peso de mi cuerpo sobre sus piernas.
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13 mayo, 2009
PENSAMIENTOS DE SUPERMERCADO.
Encargado.
¡No lo puedo creer! Me han despedido de un día para otro. Nos hacen trabajar en fiestas, aún sabiendo que nunca se hizo nada de caja en estas fechas. No hay derecho. Saben que todo el pueblo está en la fiesta. Pero a nosotros nos joden haciéndonos venir a currar para nada. ¡Qué son ya veinte años trabajando para este supermercado! Me he recorrido todas las secciones; de repartidor de ofertas a encargado y el sueldo prácticamente el mismo. ¡Joder Mario, pareces nuevo! Eso son fallos de principiante. Mira que olvidarme del pedido de pollos de la tarde. Treinta cajas Mario. Treinta cajas.
Era perfecto. Abrir por la mañana, por si hubiera de venir algún jefe a fisgonear, y por la tarde a las vaquillas. Cuando veo a mi madre con el móvil en la mano, en mitad de la plaza, gritando como una loca. Mario. Mario. Mi jefe por la otra línea enterándose de todo: “Ayuda al chico del camión a descargar los pollos y mañana ven para abrir caja y recoger tu taquilla. Estás despedido”. Pues que sepa usted Niño Juan, que se puede meter mi finiquito por donde guste. Anoche por fin tuve un sueño, y esta mañana despertó con un sabor diferente. Mañana me marcho de aquí. ¡Qué maravilla si Nora dijera sí; que se viene conmigo! Nora calculadora.
Pescadero.
¡Qué resaca tengo! El pequeño tamborilero correteando por mi cabeza.
Joder qué frío hace en esta cámara. ¡Madre mía! Hoy no viene el del hielo y el jueves no hice pedido doble. Pues con este calor no sé como voy a pasar el día. Bueno, así tiro este pescao de una vez. “La pescadería ha de llegar al cuarenta por ciento”. Que se den con un canto en los dientes por el nueve que consigo. Con la mierda de pescao que he de vender. Si la gente supiera realmente lo que consume. Lleva esta palometa más tiempo en este super que el reponedor.
¡AAAAh! Mi cabeza.
Si que han quedao blancas las anillas de calamar con la friega de bicarbonato, y las sepias. ¡Joder, qué huele aquí! Las almejas. Esta las tiro ya. Los boquerones y las sardinas echan hoy ya el último día. Total fin de semana, fin de fiestas, no creo que hoy venga mucha gente. Otra vez a operar de cataratas los besugos. ¡Sólo me falta ponerle Mercromina en las agallas a las merluzas. Contigo voy a hacer mojama. Oh, se me olvidó descongelar lenguados para hoy. Bueno, va, date bulla que ya son las siete y media y aún no has empezao. Primero el hielo.
Buenos días Señora, japuta. ¿Querría usted japuta buena? , o mejor un besugo para su marido. Besugo. Le puedo quitar las escamas, hacérselo filetitos para la planca, con un poquito de aceite, ajo y perejil. Merluza. ¿Quiere Merluza. Se la puedo hacer taquitos para con una salsa verde. Japutas, merluzos, besugas, morralla todos sois.
Tenía que haber dormido algo. Cómo me duele la cabeza. El paladar aún me sabe a whisky, y tengo los ojos reventados en rojo vena_ roja. Hoy, igual no voy a desayunar y echo una cabezadita en el almacén y si me duermo, ya me despertaran. Estoy pa morirme.
Carnicero.
Vaya papeleta tengo ahora. Y soy yo el que tiene que decidir. Este supermercado querían cerrarlo hace ya tiempo. Desde que mi compañero se ahorcó aquí, esto no ha vuelto a ser igual. Lo de Mario sólo es una escusa. Puedo llevar dos conmigo, con la condición de trabajar fuera. Sesenta y cinco kilómetros ida, sesenta y cinco vuelta. Cada día. Media hora menos de sueño. Una hora menos de vida durante el resto de mis días.
Me doy miedo a mí mismo cuando pienso estas cosas. Temo que algún día las cometa.
Uno de estos sábados de última hora, que vienen todos en grupo a repasar los inventarios, cuando mis compañeros se fuesen y me quedase a solas con ellos, los invitaría a pasar a la sala de despiece. Una vez allí, sería muy fácil convencerles a pasar dentro de la cámara frigorífica. Cuando todos encerrados, manejarlos uno a uno, sería coser y cantar. Mejor dicho, despiezar y cantar.
Primero el niño cursi del Señor Don Juan. Los demás podrían seguir la función a través del cristal de la ventana de la puerta, para que se fuesen haciendo a la idea de lo que les ocurrirá a ellos. El primer gancho se lo clavaría en la quijada, con el segundo uniría sus manos atravesándolas por el centro de las palmas, y con el tercero haría igual por sus talones y así unir su pies. Después lo elevaría poco menos de un metro y medio del suelo. Le provocaría un pequeño corte en el cuello para que desangrase poco a poco, hasta perder la conciencia primero, y súbito después la vida. Ajarle las vestiduras, y despellejarle toda la mitad de su cuerpo, desde la nuca hasta los tobillos. Sacaría uno a uno, delicadamente, cada músculo. Los limpiaría y trocearía frente sus ojos. Haría chorizo. A Don Juan lo trincharía por la mitad con la sierra mecánica y le daría a comer a García y a Suárez el escroto y la molleja. A ellos los adobaría, o para hamburguesas, o salchichas, o albóndigas. Molerías sus huesos y dientes y los compactaría en pastillitas de sustancia para el puchero. El problema es que no sabría qué hacer con sus ropas.
Terminé el mostrador. Marcho a tomar café.
Panadera.
¡No! ¡No puede ser! Olvidé enchufar los arcones al terminar de limpiarlos y ahora todo se ha echado a perder. ¿Qué voy a vender hoy?
Creo que algún que otro pan puedo rescatar, y estas barras… Las chapatas mejor no. ¿Bollería? Estos cruasanes, me invento magdalenas de todo tipo y los donuts… está bastante bien. Fin de fiestas.
¡Que bueno lo de mi Paco que por fin se va a estudiar fuera! La…Lala…La…Lalala…La…
Charcutero.
¡No sé de donde voy a sacar tanto dinero! Cómo he podido ser tan idiota. En menos de una semana he perdido más de lo que gano en un mes. Me he pulido la nómina entera en una estúpida tragaperras.
¡Oh! Con un poco de suerte… Suerte yo. ¡Claro que si! Aún tengo tiempo hasta el próximo inventario, y sino me revisan, dispongo al menos de seis meses.
Estos tres jamones, más estos tres quesos, también estos lomos ibéricos, cogeré vino, y algún whisky que ahora pasaré en la basura hasta mi coche. Me curro unas cestas. Ya sé incluso en qué bares venderlas. Bueno a otra cosa mariposa. Ahora si que está todo listo. Me marcho a desayunar.
Cajera.
Tengo que dejar de hacerlo con Bernardito; y menos aún en el baño del Super. Nunca más sin preservativo. Creo que estoy embarazada. Quizá parte de culpa tengan los nervios por los exámenes finales, o lo de mi madre, o cómo decirle a Bernardito, que cuando se pase el verano me marcharé... y si estoy embarazada... yo quiero seguir estudiando. No me quiero quedar en el pueblo de cajera toda mi vida. No quiero ni pensarlo. Como María y Ricardo que se casan el mes que viene; veintidós años. Para que luego pase como con Mario, que a la mínima te despiden después de toda una vida trabajando para ellos. Con los pies hinchados como botas, las piernas se me están llenando de varices, y cada noche soñando con el pi pi pi pi pi de la maquinita. Los códigos de barras se me antojan barrotes de celda. ¡Pero qué estoy diciendo! Ya deliro. Bueno, cajas abiertas, yo me marcho a tomar café. Antes me paso por la farmacia y me quedo más tranquila.
Frutero.
¡Qué tarde se me ha hecho. Hoy me coge el toro. Menuda borrachera agarré anoche. No he oído el despertador, menos mal que ayer lo dejé todo casi listo por que sabía lo que podía ocurrir.
La cantidad de fruta que hay ahora, y de verduras y hortalizas. Me falta mostrador para tanto género. ¿Esto es la globalización o la evolución? De todo en todas partes y a cualquier momento, da igual si es invierno o verano.
Bergamotas, caquis, palta, berro, cardo, hinojo, repollo, zapallo, ananá. ¡Madre del amor hermoso! Concentración.
Albaricoques, ciruelas, cerezas, fresas, caquis, melón, sandia, platanos, pomelos, naranjas de mesa, de zumo. Las manzanas y sus distintos colores aquí, junto las peras de agua y las de San Juan. Aceitunas, alcaparras, cebollitas, altramuces, banderillas dulces y picantes, acelgas, apio. Pepinos y tomates y ajos y pimientos; todos juntos pal gazpacho, perejil, champiñón. Lo demás todo bien. A desayunar. Soy un crack.
Reponedor.
Encargado de almacén me llama. Será gilipollas. Se piensa que voy a estar aquí toda mi vida, aguantando mierda día tras día. Yo me largo de este pueblo. En cuanto aprenda un oficio, eso si… después… hasta el infinito y más allá.
Bueno, pensemos. Mañana es sábado, vísperas del fin de semana. Necesito gomina, espuma de afeitar, oooh! Nuevo perfume de Máximo Dutti; tendremos que probarlo. Esto aquí en la mochila, ahora en los repartos colaré el alcohol para el botellón. ¿O las saco entre los cartones y llamo al Balilla para que se pase a recogerlas? Vaya a ser que el tonto este, aun despedido, se ofrezca a acompañarme en los repartos.
Yo no sé por qué no se va para su casa, que sigue aquí currando por algo que no le van a pagar. Lo peor va a ser descargar los camiones, porque sólo con el flojo del cajero. Es más corto que las mangas de un chaleco.¡Bernardito!.. pero ¡JODER!, se tira a la cajera en el baño. Pues como folle igual que descarga, no lo quiero ni imaginar. “Perdóname Andrea, si quieres puedes poner la pierna aquí, y si me permites pasar la mía hasta aquí; ¡verás! La penetración va a ser total”. Hay capullos con suerte, con mucha suerte.
Inventario terminado para el sábado. Ya sólo los pasillos; así tempranito para el parque y botellón fresquito, que sienta mejor que los pagados. Es lo que más me gusta de este curro, mi sobre sueldo. Parece que un supermercado se abre totalmente gratis cada día para mí. ¡Qué se jodan! Para la mierda que me pagan y las horas que hago. Mira, hablando de horas. Hora de desayunar.
Cajero.
Esto que me pasa con Andrea no es normal. Creo que se me escapa de las manos, me supera, me emociona, me falta confianza en mí para soportar tanto amor como me ofrece Andrea. Ella va a seguir sus estudios, y espero que lo haga. Porque… qué puedo ofrecerle yo o el pueblo para un ser como ella. Se marchará de aquí. Aunque… cajero puedo se en cualquier lugar, y si allí no hubiera supermercado, inventaría una tienda.
Que bien le sientan las mentiras a mi cabeza. ¿Qué iba a hacer Andrea con un lastre como yo, sino ir más por el suelo? Despacito. Ella querrá volar alto. Sino para qué volar.
Se lo puedo proponer. No tengo por qué ser una china en su zapato, y si me dice que no… pues… Me encantó conocerte, deseo que seas muy feliz donde quiera que vayas. Qué puedo perder. Si de todas formas se marcha lejos, y quien sabe si es para no volver jamás nunca.
Menos mal, hoy no hay camión que descargar; puedo ir a desayunar con ella. Se lo propondré entonces. Quizá sea algo violento. Hemos de pasar el resto del tiempo hasta su marcha… uno al lado del otro, caja con caja. No soportaría un no como respuesta. Ánimo valiente. Atrévete valiente. Si lo que quiere es volar, que no sea por falta de alas alcanzar con ella el cielo.
Camarero del bar de enfrente del supermercado.
¿Qué les sucederá a estos hoy? ¡Nadie habla con nadie! Y Mario. ¿Dónde estará que nunca faltó a desayunar? Ecepto el charcutero que sigue jugando a la tragaperras. De dónde sacará este hombre tanto dinero. Sólo Dios sabe el dinero que esta semana lleva ya perdido.
Ahora cuando venga Mario le preguntaré qué sucede. El chaval es el único que vale de todo el supermercado. No sé que harían sin él.
También puede ser por la resaca; el pescadero tiene la cara desencajada, como siga apretando de esa manera la mandíbula se partirá algún diente. Y Román el carnicero, la mirada que tiene hoy no me agrada ni un pelo, este es uno de esos días que tiene mirada de loco… AAAAAAAAAAh! ¡Joder cómo quema el café! Dos de azúcar, leche templada, media de jamón y queso. Zumo de naranja natural. Café bombón. Sólo con hielo. Carajillo con Soberano. Batido de cacao y napolitana de crema. Marchando. Hoy juega el Atleti, a las diez. Y mi Paco... mi Paco durmiendo todavía... Yo no sé cuando deje las faldas de su madre lo que va a ser de él. Mi Paco, nos va a quitar la vida... y veremos a ver la chica cómo nos sale. Luisa... deja ya el supermercao, que yo vendo el bar y nos vamos pa Benidorm, que estos hijos nuestros terminarán sacándonos los ojos.
Primera cliente del día.
Como me aburre cocinar tres veces al día. ¿Qué como hoy? Carne, pescado, un purecito de verduras; no sé. Hago gazpacho y unos filetitos de palometa a la plancha con aceite, ajo y perejil. Y para cenar… sándwich vegetales con atún y huevo duro, y pimientos rojos asados. El día que me toque la lotería, contrato a una cocinera, y que sea ella la que se caliente la cabeza cada día con la comida de la olla. ¡Cómo no tengo ya problemas de los que ocuparme en la vida, como para preocuparme también por la comida! ¿Blanco o casero? Mejor integral. ¿Será fresca esa palometa?
Cajera de la banca más cercana al supermercado.
¡Será descarado! ¿Pero qué se habrá creído? Se piensa que porque lleve viniendo cada mañana durante un mes, con su sonrisa azul y sus ojos de labio; se piensa que yo estoy triste tras este mostrador. Quizá está algo confundido. Siempre acierto con el dinero que le preparo para cambio. Como dice él “somos telepatéticos”. ¿Pero que le hace pensar que yo voy a dejar todo esto para irme con él? ¡A conocer mundo! ¿Qué quiere decir eso? Mochila pa´rriba, mochila pa´bajo. Aventuras también. ¡Pero qué loco que está! No podemos estar así el resto de nuestra vida. Eternos exploradores… aquí no tengo nada… más que este mostrador… Este Mario, cómo me ha liao. No puedo creer que dude tanto. Nora déjate de tonterías. Llevas diez años esperando este puesto. Esto de Mario son sueños más tontos que locos. Le han despedido, está eufórico, emocionado, pronto se le pasará. Seguro… y… este pueblo, tampoco está tan mal… ni los chicos del pueblo.
¿Por qué no? Entra al despacho del director sin llamar. Das un fuerte golpe sobre la mesa y le dices al señor Berenguer: Métase el mostrador por donde mejor le quepa. Y este par de tetas que tanto le incomodan, están hinchadas y gordas de tan hartita como me tienes pedazo de gilipollas. Me voy. Sin su permiso cojo la puerta; hasta más nunca por siempre jamás volvernos a ver. Y pegas un portazo.
Nora la exploradora se va a descubrir el mundo.
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26 abril, 2009
PECADENTRO DECÁPITAL (primera parte)
El experimento de Adán y Eva fue todo un fracaso, pero Dios no se iba a aburrir por falta de ideas. El Edén ya estaba hecho, y se había jugado muy poco con él. A este nuevo experimento le llamó Pecado Original II (Operación G.H.).
Eligió a siete individuos en su más tierna infancia, con la mente blanca e intacta como el himen de una virgen, en fin, cero por ciento recuerdos o memoria alguna. Los llamó Soberbia, Pereza, Envidia, Lujuria, Ira, Gula y Avaricia. A cada uno de ellos le puso una pulsera con una frase, marcándolos como borregos, y en sus mentes el sonido de esa frase en una lengua diferente. A Soberbia le marcó y le susurró al oído: “Eres único. Confía en ti mismo”. Para Envidia bastó:” Serás cuanto desees ser”. El recuerdo para Ira fue:”Piensa antes de embestir cada vez que te enfrentes a tus miedos”. La pulsera de Pereza decía, “Querer es Poder”, y Dios le dijo al oído:”Querer es poder. Intentarlo, disfrutar con el proceso. El fin, toda una experiencia”. El mensaje para Lujuria fue:”No te subestimes, vales mucho más de cuanto te lleguen a ofrecer”. Para Avaricia:”Por siempre jamás te regale nadie nada”. Terminando con Gula, que dejándola en el suelo le dijo:”Goza. Disfruta. Nada en el aire si quieres, pero con los pies en el suelo”.
Como en el primer experimento vinculó la sombra de un frutal a cada individuo, ¡A quién buen árbol se arrima…! Esta vez no dijo nada de comer o no comer, sino que fueron los mismos individuos quienes con su crecimiento observaron que alrededor de aquel árbol tenían todo cuanto podían exigir e imaginar, les procuraban abrigo, cobijo, alimento, a la par que paz, reposo y descanso. Con el ir girando, siguiendo la sombra en tiempos calurosos y pisando lo menos posible el suelo en tiempos fríos; terminaron creando un espacio de suelo firme y liso alrededor del árbol, como limitando con una linde su único espacio vital e ignorando por completo el resto del Edén. Dios al advertir este comportamiento, como si de una futura prueba se tratase, sembró los alrededores de zarzas y espinos.
Sol a sol fueron perdiendo su forma cuadrúpeda por su curiosidad en explorar otras dimensiones y posibilidades de movimiento; al encontrar la verticalidad, descubrieron el horizonte mucho más allá, era como estar sobre el árbol pero en la tierra firme. Como parte de una coreografía se fueron encontrando sus miradas y comenzaron a saludarse desde lejos. Reconocieron un sonido singular y personal, pero advirtieron algo que les hacía iguales; muy lejos de sus facciones, el color de su pelo o sus ojos, el de su piel o las dimensiones de su cuerpo, todos compartían una pulsera en la mano izquierda. Se dispusieron a observarlas al descubrir en ellas una serigrafía. Todos cayeron de culo al renacer en ellos un recuerdo, eclipsando en un instante todo su pensamiento. Soberbia cayó a la sombra de su higuera pensando…- Si soy único, por qué hay seis más. ¿Por qué tengo que confiar en mí y no en ellos? Envidia agarró unas almendras y mientras las abría mecánicamente, -¿Serás cuanto desees ser? ¿Qué es un deseo? ¿Qué pretendo ser? ¿Qué pretendo si quiero ser… qué? Ira trepó hacia la copa de su pino hasta confundirse con el follaje. -¿Miedo? ¿Qué me harán? ¿Por qué he de embestir? Pereza apoyó su espalda contra el tronco del árbol y a modo de antiestrés comenzó a desgranar una granada. -¿Intentar… qué? ¿Llegar a dónde? La experiencia para el querer o el poder. Da igual si termino bien o mal, ¡y mi tiempo qué! ¡Y mi esfuerzo! Lujuria se sentó sobre su manto de césped y de entre todas las flores de las que disponía agarró la flor del azahar, respiró profundamente y pensó. -¿Quién abusará de mi? ¿Quién pretende venderme? ¿Quién me considera un objeto de decoro, una pieza a subastar? ¿Quién me va a juzgar? Avaricia mientras leía su pulsera, a modo de lluvia de meteoritos uno a uno fue librándose de sus pesados frutos el castaño, golpeando ferozmente contra el suelo. Avaricia, sorprendido, buscó refugio. Una frase se repetía una y otra vez, incesante ocupando todo su pensamiento,”por siempre jamás nunca te regale nadie nada”. Gula, mientras miraba subir un gusano a su morera, no podía imaginarse nadando en el aire sin despegar los pies del suelo, y se preguntaba.- ¿Gozar? ¿Disfrutar? Acaso se puede disfrutar y gozar más aún del momento. ¿Cómo? Por qué no sólo puedo vivir el momento, sino que también he de gozarlo y disfrutarlo.
Soberbia fue la primera que intentó llamar la atención de los demás. Se levantó sobre sus dos piernas y comenzó a tocar las palmas y a emitir un sonido que no era más que su frase que retumbaba en sus por dentros; pero en plural, casi sin conocimiento. -Somos únicos, confiad en vosotros. Envidia asomó de entre los arbustos, y poco a poco se fue descubriendo. -Hola soy yo. Hola soy yo. –decía en su intento de comunicarse con Soberbia. Ira descendiendo de un salto al suelo gritó:- ¿Quiénes sois? ¿Pretendéis engañarme? -Cargando una piña en su mano-. Pereza se levantó casi por un acto reflejo, con el jugo de la granada por todos los bordes de su boca, desbordándose por su barbilla. -¿Queréis probar esta fruta? Avaricia, con un grito visceral exclamó: -¡Yo no te he pedido nada! ¡A mi no me ofrezcas jamás nada! Gula aceptó y extendió el brazo, Pereza con total precisión le alcanzó una. ¡Espera!- Gritó Pereza-. Has de pelarla antes y desgranarla para comerla después. Paso. -contestó Gula, devolviéndosela con igual sensibilidad- No es que rechace tu ofrenda, sino que como sé que no la comeré, la puede comer otro. Por los gestos que hizo Gula, Pereza interpretó y respondió. –Tengo más, de sobra para todos, si quieres te la puedes quedar. –Dámela a mí. -propuso Envidia-. Muy bien, -dijo Pereza- se la pasaré a ella (señalando a Ira), para que te la pase a ti. Ira no comprendió el mensaje e interpretó el gesto de Pereza como una agresión cuando la granada golpeó su cabeza. Ira devolvió el gesto con mucha más fuerza y tino, pero con diferente intención, pues de un piñazo derribó dos dientes a Pereza, sin rozarle los labios ni derramar una gota de sangre, borrándole la sonrisa de la cara, dibujada como respuesta a la torpeza con la que Ira recibió la granada. Todos quedaron boquiabiertos ante tal acontecimiento. Nadie comprendía nada ni daba crédito a lo ocurrido. Soberbia intentaba en balde poner orden, pues era tal el alboroto que nadie escuchaba a nadie. Todas las miradas y los dedos apuntaban a Ira, pero esta tenía energía más que suficiente para enfrentarles a todos la mirada. Agarró una brazada de piñas que tenía amontonadas en el suelo, con una actitud amenazadora juntó todo el fuego en los ojos y uno a unos les fue advirtiendo. Pereza, que tenía reciente el recuerdo de cómo las gasta Ira, fue la primera en ponerse a salvo refugiándose tras el árbol, siguiéndole uno a uno todos los demás excepto Soberbia, que se quedó de pie aguantándole la mirada. Ira ante la prepotencia de Soberbia, soltó las piñas y asió una piedra del suelo avanzando un paso al frente, su expresión corporal advertía sus intenciones a Soberbia, esta inmutable le mantuvo la mirada. Ira haciendo acopio de toda su energía, enfureció y lanzó la piedra contra Soberbia errando el tiro, ni parpadeó. Ira cayó en cólera, lanzando cuantas piñas y piedras y objetos contundentes que encontraba a su alrededor, como una tormenta de granizo iban lloviendo sobre Soberbia, sin que ni si quiera una le rozase un pelo, ni de rebote. Ira comenzó a perder energía por todos los poros de su piel, al punto del agotamiento total, dándose de bruces contra el suelo y perdiendo el conocimiento. Todos quedaron anonadados ante el comportamiento de Ira pero aún más parados quedaron con la respuesta de Soberbia, sobre todo Lujuria. Lo que más le impresionó fue su seguridad, pensó que alguien que tuviera tanta seguridad en sí mismo jamás llegaría a dudar de ella al punto de juzgarla. Envidia, que desde la primera vez que observó a Lujuria notaba cada vez que la miraba un sentimiento especial con respecto a los demás, al ver los ojos que esta le brindaba a Soberbia, decidió observarla y vigilarla de cerca hasta imitarla, con el fin de impresionar de igual manera a Lujuria. Avaricia solo pensaba en cómo Soberbia, con el mínimo de energía había no sólo derrotado a Ira sino que también se había adueñado de todo cuanto Ira recolectó y confeccionó a lo largo de su vida, ganándoselo todo en un momento. Pereza no vio nada ni quiso saber nada, en todo momento estuvo de espaldas a lo ocurrido, asomando el rabillo del ojo al llamar su atención el escandaloso silencio después de la algarabía, volviéndose a ocultar al no ver a nadie, tan sólo Ira tumbada en el suelo. Gula se dispuso a recolectar los capullos de seda que ya llenaban el interior de su morera, mientras pensaba en qué podía haber provocado tal estado irracional en Ira, en un intento de empatizar con ella. Soberbia, cuando recuperó el pulso y el aliento se ocultó en lo más profundo de la higuera y se sentó a meditar, dando gracias a aquel recuerdo que le hizo mantener la sangre fría.
Transcurrido un tiempo Ira poco a poco fue recobrando el conocimiento, al despertar sintió la desolación que la envolvía. Contempló a su alrededor y no le quedaba nada, había limpiado el lugar, no le quedaba nada. De la misma impotencia que sentía le volvió nuevamente a hervir la sangre. Comenzó a subir y bajar del pino, yendo de un lado para otro, partiendo ramas, arrancando piñas, levantando la tierra, removiendo el suelo. Conociendo ya hasta donde podía llegar, se detuvo en seco, se sentó en el suelo y volvió a observar a su alrededor. Lo había destrozado todo, pero ahora nadie le observaba, reparó. Donde se habían metido todos. Comenzó a limpiar el lugar, separó las ramas de los frutos y la arena de las piedras, alisó el terreno ordenando el lugar. Pudo observar una vez calmada, que todo estaba casi como antes, volvía a tener leña, piñas y piedras con las que fabricar herramientas. Se sentó en el suelo preparando a su alrededor todo cuanto iba a necesitar para volver a construir sus herramientas; rectas y fuertes ramas para hacer cabos y mangos de sus útiles para labrar la tierra y podar el pino, pizarra y otras piedras afiladas para sus herramientas de corte, mala hierva parecida el esparto que dejaba crecer para luego cortar y secar para fabricar cuerda, esteras y prendas de abrigo. Comenzó por una punta de cuchillo, preparó con pasto, hojarasca y otros rastrojos, un estropajo para ir puliendo y lustrando la piedra a cada afilada. Sin saberlo, las piedras que tenía en las manos y que se disponía a manipular, eran pedernal y eslabón. Al primer enfrentamiento, numerosas chispas saltaron despedidas cayendo al estropajo de hojarasca que tenía enfrente prendiéndola al segundo. Rápidamente, fue acercando a la llama, ramas secas, hasta conseguir una hoguera. Hipnotizado por las llamas, se las quedó mirando como consumían la madera. Nadie advirtió el descubrimiento de Ira, hasta que las sombras asumieron la noche, una noche sin luna, tan cerrada que el cielo estaba impresionantemente estrellado. La luz de la hoguera reflejaba a todos y todos encantados salieron para admirar tal acontecimiento, qué era aquello que tanto iluminaba, parecía como si Ira tuviese al sol sentado enfrente suya y totalmente adiestrado a su antojo. Lujuria miraba como las llamas en lugar de acariciar a la madera, como hacían entender, la estaba consumiendo. Envidia en lugar de observar la llama como todos, miraba a Lujuria mirar la hoguera, para después volver a contemplar Ira y su dominio con el fuego. Envidia también lo quería y decidió ser fuego para conseguir la admiración de Lujuria, dejando a un lado a Soberbia para interesarse por Ira. Soberbia parecía no gustarle nada, si Ira dominaba al sol, lo podía utilizar contra él, por un segundo dudó y una extraña sensación inundó sus adentros, algo mucho peor que lo anterior iba a suceder, a modo de presentimiento pensó para él. A Pereza lo único que no le gustaba era lo rápido con lo que pedía combustible aquella luz para mantener satisfecha la llama, todo lo contrario que a Avaricia que veía espléndido ese dar y tomar que llevaba Ira con la hoguera; si quería más luz, tenía que darle mas leña. ¡Eh! –Gritó Avaricia, llamando la atención de Ira-. Me podrías enseñar a dominar la luz y yo te podría enseñar otra cosa a ti. ¿Qué me dices? ¡Eeh! Te estoy hablando a ti. Me escuchas o me ignoras. Avaricia recordó el capitulo anterior y cambió la estrategia. Se había propuesto robarle toda la luz a Ira del mismo modo que Soberbia le había arrebatado, sin ella pedírselo, todo cuanto poseía. Comenzó a lanzarle castañas para llamar su atención, pasó a acertarle con ellas en la cabeza, viendo que Ira ni se inmutaba, agarró una pieza entera que había caído al suelo sin romperse, lanzándola fuertemente contra la hoguera y esparciéndola por todos lados, no solo salpicaron a Ira, que comenzó a gritar mientras se revolcaba por el suelo, otras ascuas, cenizas ardiendo y ramas en llamas cayeron fuera de la linde prendiendo al instante las zarzas y espinos secos que no tardaron en propagarse por todo el lugar. Las llamas eran impresionantes y sorprendieron a todos con la velocidad con la que se estaban extendiendo. Soberbia advirtió que pronto estarían rodeados por las llamas y que había que salir de allí, pero todos recordaban el sufrimiento de sus pies desnudos cada vez que habían intentado salir de la linde y echar a andar entre zarzas y espinos, y las llamas tan altas y tan vivas que el pánico se apoderó de todos que terminaron por trepar a su árbol. ¡No! –Gritaba e insistía Soberbia-. Ese será vuestro fin. Soberbia, mojó sus vestimentas con agua que tenía almacenada en un pozo que él mismo construyó y que se mantenía con el periodo de las lluvias, y echó a correr dejando todo a sus espaldas, con los ojos cerrados, corrió y corrió hasta que sus pies descalzos notaron el cambio de terreno. Soberbia abrió los ojos sorprendida al haber salvado los espinos sin un rasguño, pero descuidando la rama de un árbol que sobresalía y quedaba justo a la altura de su frente.
Un día y una mañana entera estuvo Soberbia inconsciente. Lo primero que hizo al recuperar la conciencia fue pensar en todo lo ocurrido y descartar el sueño. El dolor de su cabeza era lo de menos. Había escapado de las llamas vivito y coleando, y había cruzado los espinos sin clavarse o rozarse alguno. Rápidamente se incorporó para saber qué había pasado con los demás. Al volver sobre sus pasos, descubrió un camino que se abría paso entre las zarzas y conducía justo hasta su higuera. Todo lo que antes era verde, ahora era negro y todo lo seco era cenizo. Las llamas habían devorado todas las zarzas. Por suerte pudo comprobar que la linde y el suelo cuidado que cada cual tenía hizo de cortafuegos y las llamas no alcanzaron a nadie. Cada uno descansaba sobre alguna rama de su árbol, encogidos aún por el miedo. Más tranquilo al comprobar que todos estaban bien. Reparó con mayor atención en el camino. Ese camino antes no estaba. ¿Quién lo había hecho? Caminó hasta el árbol con el que tropezó, se sentó bajo su sombra. Ese camino no estaba antes –se repetía en su cabeza-, Será un rastro de mi carrera e igual que mi confianza impidió que nada de lo que me lanzaban me tocase, la confianza hizo que mis pies abrieran camino a cada paso que daban borrando para siempre el espino dando luz a este camino. Debe ser eso pensaba mientras caía la tarde. Cuando el sol terminó por esconderse, Soberbia volvió a refugiarse en la intimidad que le procuraba su higuera para meditar si debía comunicar la existencia de ese mundo exterior que todos ignoraban. Esa mañana fue la última en despertar, cuando abrió los ojos observó que todos seguían con sus quehaceres sin que ninguno le hubiera o hubiese echado de menos. Decidió callar y jugar a ser Dios.
HABÍA UNA VEZ
Había una vez, hace mucho, mucho pero que mucho tiempo, tanto tiempo que no existía ni el fuego ni dinero, un helado de vainilla intentaba resistir al caluroso verano de Sevilla sin ser devorado por un niño mocoso o un anciano sin dientes, o derretirse en el asfalto bajo las llamas de un abrasante sol de agosto. Un poco a su izquierda, una lenteja de pelo en pecho y un tupé rollo Elvis intentaba atravesar un corral pleno de pollos amarillos hambrientos. Entre todos los pollos amarillos, había uno que se llamaba Resultón, le llamaban así porque tenía los pies grandes y era de color rojo, además vestía una camisa de flores tan hortera que le quedaba preciosa. A todo esto, un mojón de vaca que estaba entre el helado de vainilla y la lenteja de pelo en pecho y tupé rollo Elvis, también quiso dar su opinión. Decía que la vida era un asco porque con el calor que hacía echaba una peste que no se le acercaba ni las moscas. Un tipo que caminaba distraído pisó al mojón y decidió ir a comprar un cupón, pero como en esa época no existía el dinero, no lo pudo comprar. Esperó al señor de los cupones y aprovechando que era ciego, agarró toda la tira y echo a correr, quitándole incluso las gafas de sol porque eran unas Rayban. En plena carrera se detuvo un instante a limpiarse el mojón del pie, como el que le perseguía era ciego, se lo podía permitir. Un bastonazo al aire del ciego fue a dar en el culo de la lenteja de pelo en pecho y tupé rollo Elvis, que salió despedida y pudo atravesar así el corral de pollos amarillos, volando como un pájaro en libertad. Resultón, nuestro pollo rojo con camisa de flores, escarbaba en el suelo con ambas patas buscando algo que llevarse al pico, y pensó: “Que bien me vendría esa lenteja de pelo en pecho y tupé rollo Elvis que vuela como un pájaro en plena libertad, con el hambre que tengo...”. El tipo que pisó el mojón, que fue a comprar el cupón pero no pudo porque no existía el dinero, sí, el que iba huyendo del ciego porque le había robado los cupones, pudo destrozar de un pisotón al helado de vainilla que se hacía fuerte frente el caluroso mes de agosto sevillano, y un palo de ciego casi le destroza la puntita del cucurucho. La sombra de un terodáctilo que volaba por allí hizo sombra en el lugar. Iba un poco mal de la barriga y sufría unas diarreas fortísimas, le sorprendió un apretón en pleno vuelo, descargó llenándolo todo de mierda, al tipo, al ciego y al helado de vainilla. El terodáctilo desahogado prosiguió su vuelo.
Resultón descubrió que su camisa era reversible. Por el otro lado era de un azul marino con un estampado de estrellas de mar fucsias y erizos de mar negros tipo asteriscos. Probó ha darle la vuelta a su piel en el intento de ser amarillo como todos sus compañeros de corral, pero se desangró y murió en el intento de ser igual que todos.
La lenteja superó la prueba de cruzar el corral de pollos amarillos y pudo entrar en la legión. Se rapó su tupé rollo Elvis y se lo pegó al pecho, ahora lleva los tres primeros botones de la camisa abierta y se siente orgullosa de llevar la cabra.
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NO TIENE ENMIENDA LA JODIENDA
El Matadero. Un matadero industrial ganadero que databa del 1881 según rezaba esculpido en piedra en todo el arco de su enorme puerta verde. Hoy 2003, la mitad de su terreno es la gran casa del abogado del pueblo. La otra de mi amigo Carlos, subió el negocio de su padre ayer en el número 15 del Camino del Aro, hoy situado en La Plaza del Aro. Aún recuerdo el día en que todos los amigos del barrio, incluido Carlos que siempre estaba trabajado, mirábamos impotentes como un inmenso monstruo con una bola gigantesca en el brazo, reducía a escombros toda nuestra fortaleza. ¡Habíamos pasado más tiempo entre esas paredes que en nuestras casas! Quince niños. Infinitas historias sucedían a diario con tanta imaginación sin riendas en un espacio que construíamos a nuestro antojo. Con sólo ocho años ya saltaba el muro, sin ayuda, por los dos lados. Cinco años después lo estaban demoliendo ante quince miradas reventando en lágrimas de rabia mientras limpiaban el terreno, diez años más tarde lo compraron y comenzaron a construir.
“El Matadero, le tenías que haber llamado El Matadero, no Disco-Pub Aro”; esta era la frase con la que cada noche abría el dialogo con Carlos al ponerme la primera cerveza. Mi buen amigo Carlos apartaba cada día siete tercios de cerveza en un refrigerador mucho más potente que mantenía al preciado néctar al borde de la congelación. Yo solía sentarme al fondo de la barra, en la intimidad que me procuraba la penumbra del rincón. Antes de que los primeros clientes comenzaran a llegar, Carlos adecentaba el local; limpiaba los ceniceros, la barra, programaba la música, ambientaba con un fortísimo olor a naranja los baños. Tomábamos al menos dos cervezas juntos, en la solaz compañía de un amigo y una barra de bar. Hablábamos de los viejos tiempos, porque los presentes eran muy distintos. Ambos teníamos veintiséis años, pero él ya estaba casado con Lucía que llevaba tres meses en cinta. Sumaban diez años de noviazgo.
Al segundo tercio entraba Lucia. Venía para relevar a Carlos. Él se iba a cenar y a duchar tranquilamente. Al menos se recreaba una hora y media. Lucía lucía un moreno de medio verano. Su tripita de tres meses en cinta. Dio un beso a Carlos, dos besos a mi. Carlos me puso la tercera cerveza y se marchó. Lucía estaba perdida. Iba y venía de un lado para otro, haciendo cosas por hacer. Yo mantuve mi lugar de cliente al comprobar que como amigo no funcionaba. Le pregunté:” ¿Te ocurre algo?”. Ella me respondió: “Nada que te importe”. Apuré la segunda cerveza y me abracé a la tercera.
¡Será por qué será, qué se yo! Aquella noche la mire de lejos. Un delicado vestido de tirantes naranja esculpía su cuerpo de embarazada. Sólo tres meses de embarazo pero… Sus pechos habían aumentado considerablemente, haciéndose fuertes a la gravedad. Su barriguita era como un reflejo en el agua con sus caderas, que aún habiéndose dilatado, eran perfectas para posar las manos al mirarla de frente. Sus piernas, dos, ambas llegaban al suelo. Ardía mi piel o mi deseo, todo me quemaba. Las manos me sudaban, el tercio estaba demasiado caliente, ¿cuanto tiempo llevaba sin beber, cuanto tiempo llevaba mirándola, contemplándola, admirándola? La barra estaba caliente, el ambiente del pub tenía una temperatura extrema, insufrible, insoportable, el oxígeno costaba de conseguir. Ella seguía tan impasible, tan indiferente, imperturbable. Sus movimientos eran precisos, calculados mientras fijaba su mirada y avanzaba hacia su objetivo. Quitándole el polvo a las botellas, limpiando el paño para pasárselo a la barra. Su respiración era una coreografía, en plena armonía con su ir y venir, con su actuar. De repente se le ocurrió jugar a los dardos. Justo en frente de mí. Sonaba de fondo Radio Futura con La vida en la frontera. Su pelo recogido con prisa por un palillo chino insertado en su melena, su figurita madura. Alzó su brazo derecho colocando la mano a la altura del hombro, tomó conciencia de su respiración, elevó su cadera derecha, inclinó su pierna izquierda y al lanzar, soltó el aire a la vez que cambiaba el gesto de sus piernas y caderas, pudiendo contemplar toda la geometría de sus pantorrillas en el movimiento, de sus pechos en la respiración. Asumió el fallo y repitió lanzamiento cometiendo idéntico error: El tercero acertó, por lo que sus pechos y su cara se alegraron. Se me acercó, bebió de mi tercio y me preguntó: - Juegas conmigo. Me aburro si juego sola. Yo le pedí que por favor me acercase otro tercio antes de comenzar a jugar. No esperaba eso de Lucía. Había confianza por supuesto, pero aquella noche dio un paso más. Lucía tomó mi mano para acompañarme hasta la línea desde donde se habían de lanzar los dardos. Me agarró por los hombros y colocó los tres dardos en mi mano derecha. Ahora te toca a ti -me dijo Lucía-. Nunca jamás jugué. ¿Qué tengo que hacer? -Pregunté-. Déjate llevar -Respondió ella-.
Jamás pensé que pudiese llegar a mirar, sentir, desear a Lucía como lo estaba haciendo aquella noche, al punto de tener que tomar distancias para que no sintiese toda la potencia de mi erección sobre su culo. Sudé toda una partida de dardos. Le pedí por favor que me pusiera otro tercio. Los primeros clientes no pudieron llegar en mejor momento. Yo sentado en mi esquina mientras Lucía me abría la cuarta cerveza. Unos cinco minutos después llegó Carlos.
Estaba anonadado, apocado, petrificado. Mi corazón latía de una manera incomprensible. Nueva para mí. Había momentos incluso en los que me olvidaba de respirar. No podía dejar de contemplar a Lucía, al punto de que Carlos para llamar mi atención me abrió en los morros el sexto de la noche. Delicioso néctar de los dioses deslizándose por mi garganta –hablé como para romper la tensión creada-; que bueno ser mortal y poder saborear estos momentos. Ya te veo –Respondió Carlos-.
Si mi séptimo tercio no me engañaba, éramos unas veinte personas en el pub. Fue entonces cuando Lucía se despidió de Carlos. De mí siempre se despedía poniendo la barra de por medio; pero esa noche salió fuera y caminó hacia mí, me dio dos besos e introdujo en mi bolsillo derecho su mano izquierda, abandonando algo en su interior. Pasó el tiempo, no sé cuanto tiempo estuve sin parpadear. Carlos me vino a preguntar:
- ¿Te vas a tomar otro?
- ¡Otro! Me tomaré otro.
- Esto es lo más frío que lo tengo.
- Suficiente.
- Vigila la barra un momento que voy a buscar hielo. Lo digo por El Cuco y estos que han llegado con ganas de fiesta.
- ¡Venga!
Acto seguido vino a hablarme Nerea y no supe contestarle. Estaba parado. De repente el móvil recibió un mensaje y si él saltó y vibró, aún más salté y vibré yo del susto. Era Lucía, “¿Sabes dónde vivo?”. Sin dudarlo metí mi mano en el bolsillo y reconocí dos preservativos. Nerea jugó a agarrar mi mano para que no pudiera sacarla del bolsillo, mientras su mirada y sus labios buscaban mi mirada y mis labios. En un tira y afloja se dejó caer sobre mí y tras saborear mi oreja, la mordió y me susurró: -Acompáñame. Cuando Carlos entró por la puerta pude ver en su cara la sonrisa que le provocaba verme con Nerea, ya nos conocía a esas horas. Yo no más que por inercia al estirarme del cinturón, y por matar la mosca cojonera que Carlos tenía detrás de la oreja; acepté acompañarla. No era la primera vez, digamos que Nerea no era una chica innovadora.
Entramos en el ascensor y subimos a la última planta. Es una amplia terraza, diáfana, sólo la garita para la estructura del ascensor. La mitad de la terraza estaba cubierta. La familia de Carlos son de los que aún tienden los trapos al sol; las sábanas de las camas del Hotel, los blancos manteles de las mesas del Restaurante. Nerea salía ya del ascensor sin camisa ni sujetador, ella solita se las quitaba. Al abrirse la puerta salía corriendo para esconderse entre los trapos tendidos. Pero esa noche no tenía ganas de jugar al escondite. Me quedé mirando las estrellas sin poder dejar de pensar en Lucía. Nerea cansada de esperar salió de su escondite a buscarme. Un segundo mensaje reventó el silencio y la calma de la noche. “¿Cuántos tercios llevas ya?”- otra vez Lucía-. ¿Qué solicitado estás esta noche? –Dijo Nerea antes de besarme-. Después se arrodilló, con un gesto venció mi cinturón, con otro todos los botones, al tercer pasó ya no había pantalón, metió sus manos por debajo de mis calzoncillos apretando con firmeza mi culo mientras devoraba con prudente delicadeza por encima de mi ropa, todos los lugares de mi cuerpo por donde llegaba sin levantar las rodillas del suelo. Sus manos pasaron de atrás a delante para terminar bajándome los calzoncillos. Levantó mi verga con la punta de su lengua y cuando estuvo en su máximo esplendor comenzó a morderla, primero con los labios, luego dulcemente con los dientes. Recogió en sus manos mis güevos a modo de bolas de energía; siempre que nos encontrábamos en esta situación me interrumpía la felación para decirme: -“¡Jamás he visto unos huevos más grandes que los tuyos!”. No se qué me dio. Le cogí sus brazos y se los crucé por la espalda en un intento de trabar sus manos con la gomilla de sus bragas y de su falda. Recogí del suelo su rebeca de verano y la até por encima de sus codos para apegar sus brazos a su cuerpo. Quité el cinturón de mis pantalones para rodearlo por su cuello a modo de collar y correa para perros, tiré del extremo con autoridad para que se levantase y comenzase a andar. Entre el pliegue de una blanca sábana tendida bajo la luna llena la obligué a arrodillarse con otro tirón de cinturón. Con ambas manos busqué su nuca agarrándola por el pelo y reposé mi glande en su lengua. Comencé a mover mis caderas a la vez que con mis manos marcaba el ritmo con su cabeza. Cada vez con más fuerza, mayor intensidad. Nerea me miraba con un gesto entre pánico y placer; vergüenza y lujuria, sumisión e ira. Ella en ningún momento se sintió ofendida ni detuvo mis acciones, tenía mi polla en su boca, le hubiese resultado fácil, sólo apretando los dientes. Solté su pelo de mis manos y ella continuó chupando como si la vida le fuera en ello, como una lactante hambrienta. Recorriendo y reconociendo con la punta de su lengua toda la forma de mi capullo. La volví agarrar por el pelo para apartarla, quería descargar sobre su pecho. Aparté su cara sin perder su mirada y al soltar su pelo cayó jadeante al suelo. Se incorporó sin darme tiempo a subirme la ropa volviéndosela a meter toda entera en su boca aún sin querer liberar sus brazos. Cuando recuperé el aliento retiré a Nerea abandonándola en la terraza sin ninguna explicación. Ella debió pensar que bajaba a por unas copas y un porro, como siempre, pero esta vez no fue así. Entré de nuevo al pub. Apuré mi octavo tercio. Pagué mi deuda. Me despedí de Carlos.
Sin dudarlo cogí camino casa de Lucía. Ella también era del barrio. Habíamos crecido todos juntos. Lucía también gritó en nuestro intento de salvar El Matadero. Siempre fue, ha sido y será la más guapa del barrio. La niña de nuestros ojos. Ella eligió a Carlos. Llevaban juntos desde los catorce años. Seguían viviendo en la misma calle, cerca de sus familias, con los vecinos de siempre. Cuando llegué a la puerta, comprobé que estaba entornada, solo tuve que empujar. Cerré la puerta y Lucía apareció al fondo del pasillo. Avanzaba descalza mirándome fijamente. Yo parecía nuevo en el oficio. En otra circunstancia; una mujer casada que te espera en casa, no hubiera dudado en desgarrarle las vestiduras a lo largo del pasillo, levantarla por las caderas para sentarla en la mesa del comedor, abrirle las piernas y meterme entre ellas, mientras mis manos hambrientas devoran sus pechos y desgranan sus pezones, mi boca en su boca, jugando con sus labios y su lengua, hasta que el milagro de la humedad enterneciera sus carnes volviéndolas sensibles y trémulas a cualquier caricia o gesto de sumisión o posesión a la que se sometiese después. Pero era Lucía, la mujer de Carlos. Embarazada de tres meses. Había gritado con nosotros el “No nos moverán” mientras intentábamos impedir la demolición de El Matadero. Carlos y yo llevábamos tres largos meses barajando un nombre para el retoño. Me ofreció ser el padrino del primogénito y acepté. Lucía estaba ahora frente a mí, como un presente. Puso en mi cara sus manos y comenzó a besarme, sus caricias a recorrer mi cuerpo, despertando cada centímetro de mi ser excepto mis manos que aún estaban paradas sobre sus caderas. No sabía como actuar. Estaba ante dos realidades frente a frente. Por un lado deseaba levantarle el vestido, apartarle las bragas y poseerla contra la pared, mientras ella descubría sus pechos y me los ofrecía en bandeja de plata, sin dejar de lamer, besar, chupar mi cuello y mi cara. Del otro deseaba que una fuerza mayor interrumpiera todo esto, aunque fuese el mismo Carlos entrando por la puerta, o la misma tierra tragándome entero.
Mi mente volvió a quedarse en blanco cuando Lucía comenzó a abrir los botones de mi pantalón uno a uno. Su mano izquierda por debajo de mis calzoncillos, comenzó a acariciarme todo el sexo. De los güevos pasó a la verga, dibujando espirales con la punta de su dedo corazón por mi capullo. En ese momento mi movimiento más constante era el parpadeo, o como me dijo ella: “Al menos respiras”. Cuando Lucía poco a poco se fue arrodillando quise que me tragara la tierra, y ella fue y se me comió la polla entera mientras me desnudaba por completo de cintura para abajo. No sé el tiempo que pudo estar recreándose con mi prepucio, pero se detuvo. Recogió todo cuanto había por el suelo, me agarró del pecho por la camiseta, me llevó a la habitación, terminó de desnudarme, escondió todo con mesura bajo la cama y me tumbó en ella, se dejó el vestido, se quitó las bragas y dulcemente se acomodó sobre mi verga, me abrazó como para formar un solo cuerpo y de un solo gesto, la penetré, sin quererlo. Cuando me supe dentro, me dejé llevar por el ritmo de sus caricias y sus caderas, un minuto más tarde comencé a improvisar, tres besos después, estábamos jugando sobre las sábanas blancas.
La primera parte fue corta. Yo venía muy caliente de con Nerea y con Lucía… Aquello me sobrepasaba. Besos, caricias, cigarrillo y Lucía propuso un baño. Pusimos la ducha y bajo el agua nos comimos a besos hasta que la bañera se llenó. Era amplia, como para estar holgados dos personas. Nutrimos el agua de aromas y aceites. Recosté tranquilamente a Lucía en la bañera y le comí toda la vulva. Mi lengua comenzó a dibujar todo su relieve, acariciando su contorno, lamiendo y besando sus ingles. Mis dedos desmenuzaban dulcemente sus pezones como terrones de azúcar tierna que emergían a la superficie. El agua comenzó a enfriarse y la volvimos a llevar a la ebullición con el único roce de nuestros cuerpos. Renovados, desnudos, mojados, retozamos nuevamente entre las sábanas.
Lucía decidió cambiar las sábanas de la cama, no podría justificar eso ante Carlos. Justo en ese paréntesis giró la llave en la cerradura y se abrió la puerta. Lucía sin perder los nervios me dijo que me metiera debajo de la cama. Que no me fuese. Lo tenía todo pensado. Había tendido una manta bajo la cama con un cojín. Carlos entró en la habitación, dio un beso en la frente a Lucía y dijo. “Estoy muy cansado, voy a dormir. Tengo que levantarme dentro de cuatro horas para preparar el Restaurante”. Yo estuve despierto todo el tiempo por miedo a hablar en sueños y ser descubierto. Me tranquilizaba acariciar la mano de Lucía debajo de la cama, hasta que se quedó dormida.
Cuando sonó el despertador, Carlos se levantó de un salto, se dio una ducha rápida y se fue al Restaurante. Lucía aún dormía. Yo, estiré mi cuerpo agarrotado por la incomoda postura, fui a la cocina y preparé el desayuno; café, tostadas mixtas, creppes, zumo de naranja y un kiwi partido pos la mitad. Preparé la mesa en el salón, justo al terminar, Lucía entraba por la puerta frotándose los ojos, se me acercó, me abrazó dejándose caer en mis brazos, me dio un beso en el cuello dándome los buenos días y nos sentamos a comer. Cuando el desayuno no dio para más, ella se levantó para preparar otro baño reponedor, esta vez burbujeante. La acción efervescente que recibía el cuerpo, las sales reconfortantes y la aromaterapia de los aceites hidratantes-estimulantes. El baño nos dejó pletóricos, recargados de energía vital y nos propusimos gastarla, compartirla, derrocharla, disfrutarla por cada una de las habitaciones y mobiliario de la casa. Lucía aunque estaba embarazada dibujaba figuras sorprendentes, adoptando formas de máxima penetración, ritmos majestuosos, miradas, caricias, suspiros, gemidos, placer, calor humano, dar, recibir, sentir, estimular… Nos Volvió a dar hambre, y la cocina fue una fiesta de frutas y salsas. Formas y maneras de comerse una fruta pelada. Embadurnando cualquier parte del cuerpo para después lamerla.
El reloj de la habitación marcaba las ocho de la tarde cuando apagué el cigarrillo. Dentro de media hora Carlos abriría el pub. Sin hacer drama alguno en la despedida, Lucía me besó en los labios y esperó hasta que bajé el tiro de escalera. Pasé por casa, me cambié de ropa llegué a la puerta de Disco-pub El Aro justo cuando Carlos estaba abriendo, como todos los días. Ocupé mi rincón. Carlos me puso el primer tercio helado de la noche, y mientras él abría el suyo le dije: “El Matadero. Le tenías que haber puesto El Matadero”.
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18 marzo, 2009
UN CAFÉ, TOSTADA ENTERA CON TOMATE, Y ONCE CUENTOS MÁS UNO EN LA PLAZA DEL TRIUNFO.
El cambio de turno de barrenderos se produce en La Plaza de Triunfo sobre las diez de la mañana. El barrendero que termina su turno vacía la papelera, el que comienza la repone con una nueva bolsa. El camarero me sirve el desayuno; café con leche sin azúcar, tostada entera de tomate y aceite con especias y un vaso de agua, después me acerca la sal. Llega ella, me saluda, se sienta y demanda al camarero su desayuno; cortado con dos sobres de azúcar, zumo natural, media tostada de aguacate y un pedazo de pan con pipas sésamo y pasas, nutrido con una fina capa de mermelada natural de frutas del bosque, y un vaso de agua. Ella. Morena. Cálida como un susurro.
Ladran los perros de algunos clientes reventando en pedazos el silencio y la calma solaz de la terraza. Se suceden los turistas en sandalias, con mochilas, buscando el viento por las esquinas para orientarse en esas enrevesadas, encrucijadas, enmarañadas calles del Albaycin, torpemente giran y giran el mapa antes de reconocer que están perdidos. Depositan sus desperdicios en la papelera lista y renovada para recibir desechos humanos, para llenarse hasta rebosar. Una pareja entra en la rotonda de Triunfo, ella conduce, él hace de copiloto. Llevan ya tres vueltas y cuatro en un Renault 5 girando alrededor de la glorieta, la chica termina por tomar dirección calle Real de Cartuja. Avanza la mañana.
El sol está en el punto más alto, sólo le queda caer. Una chica desata el nudo con el que amarra a su perro; un boxer operado de las orejas para tenerlas de punta (debido a ser un ser domesticado sus orejas cayeron sumisamente, apagando el salvaje gesto en sus belfos). La chica no utiliza correa sino un largo pañuelo rosa, la mesa que deja es ocupada por un padre y un hijo. La chica cruza la glorieta por donde no debe, como dirían los más cívicos, tres metros y medio más abajo existe un paso para peatones, arrastrando con ella a su perro atado al otro cabo del pañuelo. Un ciclista despistado por la belleza de mi vecina al atusarse el cabello y parpadear, arroya al boxer operado de las orejas saliendo despedido el ciclista por encima del manillar de su bici, cae en los brazos de la chica, la cual, al recibirlo, se desploma en el suelo con el impacto. Rodando bajan los dos abrazados hacia Gran Vía. El perro agoniza sobre la cera. El golpe lo ha lanzado contra la farola. El lamento del perro se disipa con el estruendo de la ciudad a esas horas de la mañana, o quizá el perro dejó de lamentarse.
La pareja del Renault 5 rojo vuelve a entrar en la glorieta, esta vez, sólo son tres vueltas, deciden tomar dirección Plaza Nueva por Calle Elvira. Avanza la mañana. Me pido un té con menta, ella una macedonia de frutas. Nuestras miradas se encuentran. Mi vecina desayuna todas las mañanas conmigo en la mesa de enfrente, le gusta mirarme de lejos, no me atrevo a mirarla de cerca. La luz entra en sus piernas. Camina el medio día como las sombras de los edificios.
El ciclista y la chica del boxer con las orejas operadas no aparecen, y el perro y la bici siguen abandonados sobre la acera. Desde Plaza Libertad aparece un chico con una sudadera azul y unas zapatillas amarillas. Duda entre atender al perro o agarrar la bici. Decide por prender la bicicleta y escapar por Calle Elvira. El ocaso casi es presente, mi vecina pide la cuenta y marcha. Mi vecina viste siempre de colores y es la más negra noche su pelo, sus ojos, para ella siempre es primavera, es tan feliz que contagia felicidad. El Renault 5 vuelve a entrar a la rotonda de la Plaza Triunfo, esta vez conduce el chico, ella mira por la ventanilla desentendida de la misión y seria de gesto, toman dirección Plaza el Cebollas.
Llegan el ciclista y la chica del boxer. El chico, escandalizado por el hurto de su bici, se lleva las manos a la cabeza y comienza a escupir sapos y culebras por su boca. La chica, indignada por que nadie le concedió un minuto a su perro abandonándolo a su suerte comienza a gimotear. Desesperada por la situación llama al 112 desde su móvil, reclamando las urgencias de una ambulancia porque su amigo a sido atropellado. El servicio de ambulancias, por el atropello, informa del suceso a la policía. La ambulancia llega literalmente al instante. Los sanitarios de la ambulancia quedan quietos al comprobar que el accidentado es un perro, esperan, esperan quietos para que la policía que en camino está, les compulse el parte de salida. La chica amenaza al enfermero y al practicante con pegarles de ostias si no atienden a su perro. La policía llega de seguido, la pareja del Renault 5 aparecen, giran una vuelta y media, el coche se detiene en mitad de la rotonda. Un agente se dirige hacia la escena de la ambulancia mientras el otro se interesa por la pareja del Renault.
La chica del perro ante la denuncia alega que su perro es su amigo, su único amigo, el agente de policía sentencia que esa no es razón para demandar un servicio de urgencias, termina por multar a la chica. El otro agente pide explicaciones a la pareja del Renault de por qué han detenido el vehículo dentro de la glorieta, no está permitido; el chico responde que la razón es la gasolina, se quedaron sin gasolina. El agente llama al servicio de grúa del ayuntamiento para que retiraren el vehículo y llevárselo al depósito municipal, informa a la pareja de que podrán recuperarlo a la mañana siguiente, también le extiende una multa, está terminantemente prohibido quedarse sin gasolina, la pareja se marcha discutiendo entre ellos de manera acalorada.
Yo también me marcho. Se marcha la chica del perro consolada por el chico de la bici y viceversa, se marcha la ambulancia, la policía, se marcha el camarero, que junto con el barrendero que justo ahora termina su turno, llevan al boxer de orejas operadas al veterinario más cercano en el maletero de un amable taxista. Me marcho, con una manzana del jardín de mi vecino, a la casa de mi vecina, a pedirle sal, a llevarle fruta. Puede que cene con ella y terminemos viendo Buenafuente, pero seguro amaneceré en mi cama, solo, después de haber soñado toda la noche con ella. Pero amanecerá, pediré café con leche sin azúcar, tostada entera de tomate y aceite con especias y un vaso de agua, y cuando el camarero me acerque la sal, aparecerá ella. Morena. Cálida como un susurro. Desayunaremos juntos, en mesas diferentes, uno en frente del otro.
Así avanzan mis días, observando mientras escribo, escribiendo cuando contemplo, pero nunca actúo. Mis noches... tan frías... como mis pies al acostarme o mis manos al despertar. El día menos pensado, dejo de describir sucesos y paso a la acción. Seguro. Sí. Un día de estos. El menos pensado. Mañana.
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