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16 marzo, 2011

LA BOLA DE ESPEJITOS. (era un micro cuento + el cuento del ratón y el botón).

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Hubo una vez un ratón y otro ratón. Pongamos que uno era de un color y el otro ratón era de distinto color. No quisiera poner un color específico que estorbase o enturbiase la continuación, depende a qué mentes, de este cuento o ensuciase o difuminase la claridad con la que quiero expresar la simple idea de que son dos ratones distintos porque no diferentes. Pongamos que para no dañar a nadie, el primer ratón se va a llamar 1 y el segundo ratón eran amigos de toda la vida. 1 había nacido bajo unas piedras en la cara oeste de la ladera y el segundo ratón nació bajo una encina cuyas raíces más gruesas descansaban sobre estas piedras; por eso, muchos de los túneles de escape, que se yo, inundación, incendio o hurón, se cruzaban. En esos días 1 y el segundo ratón se cruzaban, se miraban, se comunicaban su inquietudes, pero ambas familias iban siempre corriendo y corriendo por los túneles ya aprendidos, y ellos dos, siempre queriéndose encontrar en cualquier catástrofe. 1 se hizo mayor, el segundo ratón quedó pequeñito. 1 coleccionaba dientes y se llamó Pérez, el segundo ratón recolectaba botones y se llamó Martín. El 1 creó facebook para colgar su vida al sol después de cada tormenta, con rayos y palabras de su millón de amigos, reponerse de toda circunstancia deplorable o pensamiento similar. El segundo ratón recogía bajo la cama de un señor su primer botón y dejó a cambio un presente. El 1 hizo un mundo de cristal para que todos sus actos se: reflejasen, deslumbrasen (en, a) los demás, el segundo ratón siguió con su empresa de botones. Hoy por hoy se dice que 1, el ratoncito Pérez, sigue cambiando dinero por dientes de leche a los niños que quieren hacerse mayores. Por otro se cuenta que el segundo ratón, ratón Martín, sigue cambiando botones por presentes a todos los mayores que quieren ser niños. Allá por los caminos que se cruzan en estampida, hay veces que cambian dinero por presentes, botones por dientes; y viceversa.

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08 marzo, 2011

PAQUI DERMO

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Que todo en esta vida sea improvisar, porque nada está escrito, porque todo sucede repentino, no cabe más que un fogonazo en tiempo flash por fotogramas fosforescentes. Creo que me he emocionado. Pero es así, “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, ya fue, pasó, “paso… más potencia, pido pista que despego”, brindar, mirar a los ojos, chocar, beber, apoyar, sonreír.

Esta semana “me se han juntao” dos cuentos de improvisar. “Esta noche merece un desCuento”, despistósemeha y… e… i… improvisé.

Mi escusa sería esta: El Amor; el amor a la vida, a las personas y a las mujeres, no precisamente por qué en ese orden. Este es un cuento con un poco de todos los cuentos que se han contado estas dos últimas semanas en La Cueva del Gato.

Lleva por título PAQUIDERMO. (Palabra gritada por un señor de Santisteban del Puerto al pasar de largo por la puerta).


PAQUI DERMO.


Paqui tenía la piel más tersa del pueblo, quizá porque lo suyo fuera dormir. Por el lugar se la conocía como la Mujer Algodón. Cuentan que era como una princesa de mil y una noches; Paqui siempre amanecía con el nuevo viudo del pueblo. Un día Paqui queda en cinta una tarde de siesta que despierta sola y en su casa. Grita y de las oscuridades del baño surge una Bruja Cucaracha: cuerpo de cucaracha y cara de bruja verde de los cuentos. Paqui al verla no lo puede creer. ¡La Bruja Cucaracha viene a morderla por necesitar de su sangre! Debe terminar una receta de un libro usurpado a unos Ogros. De donde viene aquella bruja, Uno es lo que Uno come. Aquella Bruja lo descubrió cuando a punto estuvo de convertirse en cucaracha por comer lo que ellas. En ese libro de Ogros, cuentan que, estos, se alimentan de niños horribles y terribles, incluso de la madre que los porta si es que también fuere horrible, de ahí su temor a la luz y su vida tenebrosa, la de los ogros, no la de las cucarachas. La Bruja Cucaracha quería comerse a Paqui Dermo, que era pura belleza de algodón.

Cuando Paqui grita “MALDICIÓN”, el suelo se abre y cae a los infiernos. Con tanta llama, una piel como la de Paqui no lo soportará durante mucho tiempo, pero el mismísimo Diablo al verla, manda apagar el infierno, y todo queda oscuro y frío de repente. El Diablo se acerca a Paqui pero Bruja Cucaracha se la arrebata de los brazos en un visto y no visto. El infierno retorna en flamas súbito. La batalla entre la Bruja Cucaracha y el Diablo es total, tan poderosa es la brujería como la maldad. La Bruja Cucaracha de a poquito consigue salvar los ataques del Diablo que teme que la Bruja consiga escapar con Paqui en los brazos. El Diablo cierra las puertas de la tierra haciendo acopio de toda su ira y su cólera, la Bruja entonces propone jugar al Póker. La Bruja Cucaracha es Big Blind, el Diablo Small Blind, la Bruja juega con 2rombos 10corazones, se juega todo al mejor de seis manos. El Diablo va, juega. Caen sobre la mesa 9corazones, 3corazones, 10picas. La Bruja sube, el Diablo juega. 8corazones. Con el 2picas; la Bruja apuesta y sube alto. El Diablo tiene 9picas, 10rombos. Gana el Diablo la primera mano. Ahora el Diablo es Big Blind y para jugar con 2trébol y 9corazones ha de apostar, no le basta con pasar; la Bruja siempre sube. El Diablo se retira antes del flot a 2picas para triunfar. Llegan a la última mano. El Diablo ha de ganar si quiere recuperar no sólo a Paqui, también el Infierno, pues si el Diablo perdía la partida, La Bruja Cucaracha ocuparía el Trono de Los Infiernos. El Diablo juega con 4picas y 7picas. Juega y vuelve a jugar y juega con Small Blind para ver caer 4trébol, 6rombos y 2rombos sobre el tapete. Pasa para contemplar la tristeza de un 6picas. No importa que el Diablo termine ganando con un full 4 - 6, la Bruja Cucaracha muerde en la yugular a Paqui, la Bruja se evapora escapando sin forma del Infierno. El Diablo sólo puede recibir en sus brazos a Paqui y evitarle así el impacto contra el suelo. La tumba y la deja en manos de sus menores, y marcha al mundo también sin forma en busca de la Bruja Cucaracha.

El Diablo sigue la pista de una mujer que duerme a los hombres con cuentos salvando así su cabeza. Pero muchas mujeres la tomaron por ejemplo y eran muchas mujeres las que parecían ser la Bruja Cucaracha, por lo que el Diablo comenzó a instruir a hombres para que no tuvieran piedad para con las mujeres, bajo la maldición del fuego si quedaban enamorados de ellas. El Diablo siguió la pista de amores eternos entre hombres y mujeres, al principio eran menos y las pistas lo acercaban cada vez más a la Bruja Cucaracha, pero cuando menos mujeres posibles quedaban, el amor comenzó a surgir por todos los rincones del mundo y en todos sus seres. De Los Infiernos el Diablo recibie la noticia de que Paqui, es ya sólo un cuerpo, nada más de ella allí quedaba. El Diablo tomó entonces la decisión de tomar cuerpo de hombre y pisó la tierra y caminó, para encontrar Él mismo a la Bruja Cucaracha, para con su brujería volver a dar vida a Paqui Dermo.

Hoy por hoy cuentan que el Diablo creó el Sol para arrojar allí cuantos cuerpos decidía a su capricho. Cuentan que la Bruja Cucaracha creó la Luna, y hay días y noches enteras tantos días y noches más que mil y una y dos, que en esos ciclos de días cuando la Luna queda frente el Sol, los sueños suelen ser pesadillas y las pesadillas realidad, porque todo se mezcla y se une en Amor y Verdad. Y la Vida regresa al cuerpo de Paqui que despierta en Los Infiernos, después a la tierra sale, y pasea por su pueblo con su piel de algodón, a la hora de más fuerte sol, entonces descansa la siesta y sueña que está embarazada, sueña que grita, que desesperada sale descalza a la calle de alquitrán, que se derrite de calor, que se mezcla que se une y se transforma en barro. Barro sobre ocho manos de alfarero con cuerpo de cucaracha y cara de bruja, que siente un calor en toda su forma, que revienta en mil tres pedazos, que después, cada pedazo es ella misma y una más. En el Amor, la Verdad y el Sexo, amanecer en la cama dormido es despertar en Los Infiernos de la Hez. Lo peor de todo es no saber cuáles son esos días de estupor; hay quienes les llaman Días Tontos. En esos días hay mujeres que sangran y hay hombres que lloran: en el Amor, en la Verdad, y en el Sexo, y no precisamente en ese orden o ese género.


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18 febrero, 2011

TERROR A PLACER

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Los espíritus que habitaban aquella casa no esperaban los días pares para sacarse las cadenas o las sábanas y entregarse así al placer, ni que la luna llena luciera plena y rubia en el cielo para sucumbir al deseo comunal, no les importa que sea viernes y trece, o si la alineación de los astros esta sobre la línea oscura para volatilizarse y mezclarse los unos con los otros; cada día a cualquier hora, los condenados a la peregrinación eterna que moraban aquella estancia yacían en orgías y desenfrenos, vicios y libertinaje, excesos y licencias.

La armadura del pasillo superior perteneciente al templario San Utiel, obscenamente se frota contra la imagen en el lienzo de la Señorita Mikaela Rodín, retratada a los doce años de edad y muerta a los catorce, estrangulada por las manos de su padre. Ludovico Ramplón, siervo del señor que habitaba esta casa allá por el siglo XV, ahorcado en la viga traviesa del comedor principal, corre por los pasillos en desenfreno levantando las faldas, enaguas y visillos de Arganda Flores de Castro, asesinada y envenenada por su propio marido cuando este descubrió su infidelidad con el Marqués de Hernia en el 1567, y como estos, otros tantos ánimos o alientos pululan eternos por la ,mansión, fornican a placer entre gritos, gemidos, llantos y estrépitos; todos contra todos en cualquier momento que se les antoja. Pero eso sí, al menos una vez al año, cada invierno, celebran una fiesta en memoria del calor de la carne y el correr de la sangre, la llaman la Fiesta de los Vivos.

El excelso dominador de todos estos eternos errantes es el Conde Vanme Piro Catafalco, último chupa-sangre de todos los tiempos, y el más antiguo que jamás existió. Es quién propone los juegos más macabros y perversos, somete al placer más extremo e iracundo que nadie, vivo o muerto, pueda soportar. Todos aceptan sus vejaciones, presos del yugo de sus deseos todos le procesan sus vicios, inmoralidades y depravaciones por y para su placer.

El sol estaba tan alto que ya sólo le quedaba caer, un segundo después golpean la puerta. Son tres estudiantes de biología que visitan el lugar, hacen un estudio de especies endógenas del lugar que jamás nunca se ha realizado. El lugar es llamativo por su gran número de flores, sobre todo porque sobreviven estoicas al crudo invierno. Estudian sus formas de polinizarse en condiciones geográficas y climatológicas tan extremas. Los recibe en el zaguán de la mansión el Conde Vanme Piro Catafalco. Buscan un refugio por la tormenta de nieve que se avecina, prometen irse cuando pase la tormenta, el Conde Vanme Piro Catafalco ríe escandalosamente al oír estas palabras. Les invita a pasar, les muestra donde está el salón, ellos se sientan muy educadamente a la mesa. Permanecen solos unos minutos. El Conde Vanme Piro Catafalco, pide perdón por la falta de servicio, alega que al no esperar vivitas por estos días invernales, concede vacaciones al servicio, por eso que está sólo en la casa y tarda un poco en servir merienda para tres; les invita a levantarse y acompañarle hasta la cocina. Ha preparado todo, huevos fritos, chistorra, jamón cocido, jamón curado, frutas de todos los colores, pan caliente, pan tostado, el más verde de los aceites, ajo blanco, pimienta, manteca, leche y té. Ya estoy viejo para estar dando viajes de la cocina al salón, y como ustedes son jóvenes lo enteran. –Dice el Conde Vanme Piro Catafalco mientras camina a la cocina. Los jóvenes lo siguen de cerca, le preguntan sobre las flores de su jardín. El Conde Vanme Piro Catafalco desvía la pregunta interesándose por sus nombres y ocupaciones.

La tormenta no cesa y la noche comienza a caer despacio pero incesante. El Conde Vanme Piro Catafalco, observa la cara de preocupación de los jóvenes porque la tormenta no cesa, y la noche ya es cerrada, oscura. Los tranquiliza, pide compañía para un viejo sólo en una casa tan grande, y los invita a pasar la noche en la mansión. Cada uno tendrá su propia habitación, con su propio cuarto de baño y con agua caliente. La cena y el desayuno ya se lo preparan ustedes cuando gusten, la cocina está a su disposición, todo cuanto en ella encuentren lo pueden comer. Igual que la casa, hay biblioteca, pueden poner música, y tomar del bar cuanto gusten ustedes. –Así terminó de hablar el Conde Vanme Piro Catafalco-. Les muestra sus habitaciones y marcha.

Dejan sus cosas y quedan en la cocina. Sacan sus anotaciones, las comparten, discuten y acuerdan. Ella se levanta, su curiosidad por conocer el nombre de la flor blanca de bordes azulados que el Conde Vanme Piro Catafalco tiene en la entrada, le hace levantar para buscar al Conde Vanme Piro Catafalco y preguntarle por ella. Uno de los chicos pide acompañarla, el tercer chico queda sólo en la cocina. Los dos chicos comienzan a llamar al Conde Vanme Piro Catafalco, piensan que la mansión no es tan grande y este los oirá, pero no obtienen respuesta. El chicho que queda sólo en la cocina, parece ver como su compañero le pide que le acompañe, este se levanta y le sigue, sigue a un cuerpo de espaldas. Suben al segundo piso y entran en una habitación. En la habitación sólo hay un potro de tortura en el centro. El chicho, al entrar a la habitación ieguiendo de su compañero, recibe un fuerte golpe en la cabeza que lo aturde, cuando despierta se siente atado en el potro de tortura, amordazado, preso de pies y manos, pero no puede ver nada porque todo está a oscuras. Siente en su piel el viento moverse, como si alguien pasara rápido muy cerca de él. Los dos chicos siguen buscando al Conde Vanme Piro Catafalco. La chica, al pasar por delante de su habitación observa la puerta abierta y cree haber visto al Conde Vanme Piro Catafalco curioseando sus cosas. Pide a su compañero que entre y compruebe, él valientemente acepta. No hay nadie en la habitación. –Dice el chico con aire de galantería-. Ella está insegura, jura haber visto al Conde Vanme Piro Catafalco en su habitación. El la abraza para tranquilizarla. Tienes razón, debo estar cansada, voy a darme un baño. Quedamos en la cocina en una hora. –Dice la chica-. El chico acepta y marcha a su habitación. Se tumba en la cama, saca su cuaderno, sus carboncillos y comienza a dibujar una flor. Cree escuchar un grito en la habitación de su amiga, grita su nombre, no escucha nada más, sigue dibujando. A su amiga, el Conde Vanme Piro Catafalco le ha tapado la boca, amenazándola e intimidándola, la chica termina esposada, amordazada y sentada en el suelo. El Conde Vanme Piro Catafalco le calma primero la respiración, después el llanto, le quita la mordaza, la levanta del suelo, la sienta en la cama, le saca la toalla que le cubre el cuerpo, desnuda la desposa las manos y le esposa un tobillo a la cama. Ella calmada tiembla de miedo, pero una extraña humedad la calma dentro. Excitada por la mirada del Conde Vanme Piro Catafalco, ella obedece, colocándose como este le pide. Se escuchan gritos, son del chico del cuarto oscuro. El chico que dibuja la flor se sobresalta, sale al pasillo, esta vez seguro de haber escuchado un grito, la chica aún más se aterroriza, aún más enmudece y obedece. Grita a placer que el Conde Vanme Piro Catafalco se acerque a ella, la toque, la posea. El Conde Vanme Piro Catafalco se transforma en una bestia de los infiernos, la habitación se llena de almas etéreas y cuerpos volátiles que pululan sobre ella apretándole la piel, entrando por su sexo.

El chico deja caer de sus manos su cuaderno y su carboncillo, busca desesperadamente el origen de esos gritos al reconocer a su compañero. Grita su nombre, pero no hay respuesta. Encuentra la habitación, la abre, todo está oscuro, parece no haber nadie, pero escucha los gritos de su compañero, está ahí, grita, le oye, responde, pero no lo encuentra, la habitación está vacía, oscura, pero su compañero está dentro, las habitaciones continuas están iluminadas, se puede ver perfectamente que allí no hay nadie. Los gritos salen del cuarto oscuro, baja a la cocina a buscar un mechero. La puerta de la habitación de su amiga está abierta, puede ver lo que dentro ocurre. A su amiga la están consumiendo. Parece mucho más vieja y los pellejos se le descuelgan de la carne. La consumen y nada puede hacer. Su amigo grita, grita más fuerte. Recuerda tener una linterna, vuelve al cuarto oscuro armado con la linterna. Su amigo está en el techo, empotrado al techo, por el culo. Sale al pasillo impresionado por la escena. El Conde Vanme Piro Catafalco, ahora una bestia de los avernos, galopa sobre sus cuatro piernas, con las fauces abiertas y sus ojos hambrientos sobre el último de los chicos. ¿Dónde vas? No te vayas. Tú también estás invitado a la Fiesta de los Vivos por la memoria del calor de la carne y el correr de la sangre. –Decía el Conde Vanme Piro Catafalco mientras devoraba al muchacho-. Es de mala educación hablar con la boca llena –Dijo el chaval antes de espirar-.
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09 febrero, 2011

EL ESCAPULARIO PRODIGIOSO

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Escapulario: Pequeño trozo de tela de forma cuadrangular en que aparece representada una imagen religiosa que usan los devotos como colgante, a modo de amuleto.


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En un pueblo a la orilla del Guadalquivir al sur de Jaén, procesaba misa el cura Bartolomé Zanahorio, primer cura pelirrojo que se conocía en la Provincia. Al término de la misa y tras beber vino y repartir ostias, Bartolomé disponía se a confesar cuantos feligreses quisieran, para limpiar por la Gracia de Dios todos su pecados. La primera de la fila era la Señora Fresa Chicle; cargada de envidia hacia sus conocidos y de malos pensamientos para con sus vecinos, haragana y miserable vivía vestida y casada con Dios. Pancho Potter, terrateniente y caudillo del lugar, decía no soportar las temperaturas ni los colores de la primavera, y que cada mujer del pueblo y alrededores caía presa de sus impuros pensamientos, pues “podrían salvarse del polvo pero no de la paja”, según las palabras de Pancho Potter. Lo raro fue ver aquella tarde a la vecina TenianKa Teta, llegada de los lares del Este en el más crudo de los inviernos en edad infantil. Jamás nunca había pasado un domingo por iglesia, no llegó a casarse, ni tuvo acto religioso Macario Palambre cuando murió, que ella misma lo enterró bajo el ciprés de su jardín. Ahora, aquella mañana de abril, TenianKa Teta pidió a Bartolomé Zanahorio confesión. Bartolomé aceptó pensando que ese era el momento en que Dios se acercó a ella para hablarle y conducirla por su camino.

TenianKa Teta confesó haber quemado todos y cada uno de los recuerdos de su pareja Macario Palambre, pues había oído hablar del sacrilegio, y aún no sabiendo muy bien su significado, desde aquel día no consiguió pegar ojo. Acudió a la iglesia, y al Padre Bartolomé como última esperanza, encomendándose primero a Dios por cercanía, pues la casa de Dios bien que se veía, pero no la casa del Diablo, que había que buscarla. No disponiendo de tiempo para esa búsqueda dispuso probar suerte con su mal en la casa del Señor. “Si todo eso es cuanto temes por pecado o sacrilegio, ve tranquila a tu casa y duerme pues de nada has de temer”. Dijo el Padre Zanahorio al terminar de escuchar a la Señora Teta.

TenianKa Teta marchó a su casa, tomó un vaso de leche caliente con miel y se marchó a la cama para dormir. Pero algo la inquietaba turbándole el sueño pues no conseguía pegar ojo. Por el cansancio y el insomnio no pudo dejar de pensar y pensar en toda la noche, y con las primeras luces del día cantó el gallo y ya no pudo soportar más Teta. Agarró una antorcha y una jarra de agua. Iracunda marchó a la iglesia. El padre Zanahorio la encontró en la puerta, parada y mirando hacia el cielo. ¿Qué hacer son esa antorcha y que llevas en esa jarra? Preguntó Bartolomé. Voy a incendiar el cielo con esta antorcha y con el agua que llevo en la jarra apagaré el infierno. Contestó Teta.

De una patada abrió la puerta de la iglesia y a golpe de antorcha comenzó a prender los mantos de las imágenes que allí había, todos y cada uno de los bancos de madera, y lo que en el altar parecía oro resultó ser pintura de la más inflamable, arrojó al suelo todos los cirios encendidos, y quemó las cuerdas de las campanas que desde el campanario descendían al interior de la iglesia. Los blancos manteles de la mesa central. Nada pudo hacer Bartolomé Zanahorio para impedir el incendio, pues si hubiera permanecido más tiempo dentro hubiera ardido como el Cristo del altar o San Isidro Labrador o el Caballo Blanco y Santiago Apóstol.

Soltando la antorcha de su mano derecha en la puerta de la iglesia, y dispuesta a ir en busca de la casa del Diablo, TenianKa Teta no tuvo que dar ni un paso para dar con el mismísimo Satanás. La tierra se abrió bajo su pies y el Diablo salió entre humo y fuego frente sus ojos; la quería como discípula por su gesto hacia la iglesia que Satán interpretó como una ofrenda. Cuando el Diablo se presentó a TenianKa Teta, esta le arrojó toda el agua que contenía la jarra a la cara. Satán entonces entendió este otro gesto como una ofensa y agarrándola por los tobillos se la llevó a los infiernos de la tierra, condenándola a pasar en aquel lugar toda la eternidad.

Sed, hambre y agonía infinita, todo esto sentían quienes allí vivían. Nada de nada conmovió a TenianKa Teta, pues como ella misma decía, sed siempre tuvo pues cada día debía de beber agua sin conseguir nunca saciarla, pero pudo conciliar el sueño, hambre había pasado, más de un sol y más de una luna, pero dormir había conseguido dormir, la agonía era su pan de cada día por no haber conocido la tierra donde nació ni haber podido volver por no saber el camino, pero tampoco le había quitado el sueño. ¿Qué me puede quitar a mí el sueño? Gritó TenianKa con todas sus fuerzas. Satán la condenó a la vigilia eterna. Jamás podrás dormir. Dijo el Diablo mirándola fijamente. TenianKa no apartó su mirada y respondió: “a ese mal no me puedes condenar pues ya lo sufro”. Satán frente a tal respuesta no supo que contestar, pues a cada crueldad que sometía a TenianKa, esta respondía con indiferencia. TenianKa Teta poseía una imaginación portentosa, por tal, nada podía hacer Satán en sus deseos. Pronto, TenianKa comenzó a ser un ejemplo para todos y cada uno de los que habitaban el infierno, comenzando a ser mayoría los que allí nada padecían, ni sed, ni hambre ni agonía. El Diablo nada podía hacer, y el asunto se le escapaba de las manos, pues si Él deseaba sed, todos imaginaban beber el más refrescante néctar. Si Él deseaba hambre, todos terminaban chupándose los dedos y echando una siesta después de morfar. Y así ocurría con cuanto Satán deseaba, que nada se cumplía. Dios, desde las alturas contemplaba lo que en el infierno ocurría, y temiendo que después de enfriar el Infierno, ascendiese para quemar el cielo, decidió descender y unirse al Diablo para tratar un plan conjunto y detener a TenianKa Teta.
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Dios comenzó a desear sosiego para todos, cuando estos lo sentían, Satán deseaba preocupación, y así, unas veces Dios y otras el Diablo, comenzaron a confundir en tiritones a los crédulos infernales, incluso TenianKa Teta se perdió en el juego. Gracias a esto, Dios la hizo caer en un profundo sueño, y terminó por encerrarla en un escapulario. Una mañana de junio, se apareció a los ojos de Bartolomé Zanahorio y le ordenó a este que se ocupara de esconder el escapulario donde nadie jamás nunca logra encontrarlo.

Cuentan que quien posea este escapulario adquiere el prodigio de la imaginación infinita, capaz de apagar el infierno y quemar el cielo, cambiando al mundo y sus por dentros.
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24 enero, 2011

PUERTAS ABIERTAS

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Todas las puertas se abren a las cinco de la tarde con el sonido de la sirena. A las cinco de la tarde en el Colegio Santa Rita Eqú se da por finalizada la jornada. Alumnos y profesores salen en estampida, como ñus iracundos colapsan y quedan varados en los pequeños marcos de las puertas. Todos excepto Mariela, que con cuidado y limpieza recoge su escritorio y guarda escrupulosamente cada una de sus cosas en su mochila. Lápiz, bolígrafo y goma en el estuche, libros de texto en la parte interior, cuadernos y agenda en el bolsillo delantero. Rubia, menuda y bella, siempre sale la última desde que era aplastada por el gentío en la estampida. Viste siempre algún detalle azul y rosa, sus personajes preferidos son Kitty y Betty Boop, suele llevarlos plasmados en camisetas, calcetines, chapas, coleteros, mochilas, cuadernos y otros aderezos. Con pequeños pasos sale a la calle y entre la multitud busca el paraguas rojo que siempre porta su amor, Alfredo Rodin, que pululando entre la gente la espera con su gran paraguas abierto, para proteger de la lluvia o del intenso sol a su amada Mariela. Cogidos de la mano y bajo la sombra del paraguas, caminan por todo el paseo marítimo hasta llegar al muelle, donde se sientan en silencio al ocaso y en silencio quedan hasta que el sol se oculta tras el horizonte.

Una tarde que miraban como se comenzaban a dibujar las primeras estrellas en el firmamento, un barco de bandera negra con calavera y tibias surcaba toda la postal de la tarde a lo largo del horizonte. Mariela sin pensarlo, se lanzó al agua y comenzó a nadar en dirección al barco pirata. Alfredo Rodin en vano la llamaba a voces. Mariela siempre quiso conocer un barco pirata y surcar los mares como un aguerrido filibustero. Tardó poco más de media hora en llegar al barco, y con todas sus fuerzas comenzó a gritar que le tirasen un cable para poder subir a cubierta. Los piratas, forajidos, malandrines y bucaneros que gobernaban el barco no daban crédito a lo que sus ojos veían. La niña de dorado pelo no dejaba de gritar y gritar desgañitándose la garganta con cada voz que daba. Los aguerridos hombres del barco no podían consentir que su capitán despertase malhumorado de la siesta, y menos por culpa de los gritos de una niña descarada. Le pidieron que se marchara por donde había venido, pues aquel barco no era lugar para una niña como ella. Si el Capitán se despierta, gritó uno de los piratas mirando fijamente a Mariela con el único ojo que le quedaba, mandará que descuarticen tu cuerpo por extremidades y le dará de comer tus pedacitos a Monegro, su Buitre quebrantahuesos. Pero Mariela no desistía de su intento, y con uñas y dientes comenzó a trepar por el frente del barco hasta asirse con fuerza al mascarón de proa. Los hombres del barco no sabían que hacer al contemplar la valentía que demostró al trepar hasta arriba Mariela. Cuando estuvo arriba, pidió que por favor la llevaran con ellos. Alegó tener un don especial para encontrar tesoros escondidos, y afirmó que si la dejaban acompañarlos, los convertiría en los piratas más ricos jamás conocidos.

El Capitán despertó echando sapos y culebras por su boca, maldiciendo a todos sus hombres por el escándalo y condenándolos a morir ahorcados del palo mayor, dejándolos tostar al sol durante tres días para después arrojarlos al mar y ser pasto de los tiburones. Cuando el capitán llegó a la cubierta de mando, iba a gritar pidiendo la cabeza del culpable, cuando advirtió que todas las miradas de sus hombres se dirigían a una pequeña, menuda y enclenque niña rubia. ¡Por las barbas de mi abuela! Gritó el Capitán. ¿Qué clase de broma es esta? El Capitán vestía todo de negro, excepto por unos guantes y unos calcetines de color blanco. Caminaba a pasitos pequeños sin levantar los pies del suelo (a lo Michael Jackson) Monegro, su quebrantahuesos, caminada encorvado junto a él imitando su caminar.

Soy Mariela de Camarson, se presentó la niña de forma descarada al Capitán y a la tripulación. Por nada de este mundo abandonaré con vida y por propia voluntad este barco. Quiero surcar todos los mares con ustedes en busca de aventuras y tesoros. Sepa usted, Capitán, que soy un imán para los tesoros, y conmigo encontrará y dará luz a todos las fortunas ocultas de la tierra. Niña insolente, gritó el Capitán, o abandonas inmediatamente este barco o con mi espada cortaré a pedacitos tu famélico cuerpo y servirás de pasto al plancton, o mandaré a Monegro que te devore viva. La niña miró fijamente al Capitán, con una mira tan fría que congeló la bruma que subía del mar hasta la cubierta. En un descuido, desarmó a un pirata que junto a ella estaba, y sin que el Capitán nada pudiera hacer, se enfrentó a él colocándole la punta de la espada en la yugular, impidiendo que este pudiera tragar saliva.

El Capitán tuvo que aceptar la compañía de Mariela. Nunca vio tanta valentía en ninguno de sus hombres. Comenzó limpiando la cubierta a cubo y paño, lustrando todos y cada uno de los camarotes, y cuando se ganó la confianza de todos los tripulantes del Trevela, terminó por ocupar el lugar del vigía en el palo mayor. Dictó unas coordenadas que soñó en la noche anterior y llevó a los piratas hasta una isla perdida del atlántico sur. La isla la formaban dos grandes montañas separadas por una angosta gruta en su mitad. Mariela dijo que allí encontrarían el mayor de los tesoros, y así fue. Cuando se adentraron en el oscuro socavón, vieron que aquello parecía un gran cementerio de barcos. Naufragios de todos los tiempos componían el tétrico paisaje. Detuvieron el barco anclándolo al mar por el temor a destrozar el casco y zozobrar como todos los demás, se montaron en los botes y descendieron para seguir a remo con la exploración. Llegaron a una pequeña playa oculta en el subterráneo y en la arena, con el primer paso clavaron su bandera pirata. Mariela pidió guiar la expedición. Todos los piratas estaban aterrados, incluso el Capitán, al que le temblaban con un fuerte tintineo las canillas. No habían caminado n meidia milla cuando descubrieron la escena más terrorífica que jamás unos ojos hubieran contemplado. Todo pleno de cadáveres, esqueletos y carne putrefacta cubrían el paisaje. Un intenso olor a podrido, hediondo llenaba el ambiente; varios filibusteros comenzaron a vomitar no pudiendo continuar su paso, pues a conforme iban adentrándose en la gruta, el olor era más insoportable y los cadáveres señalaban muertes más crueles, feroces y despiadadas. Mariela continuaba firme y decidida, se detuvo un instante y señaló un punto en el lugar. ¡Allí está el tesoro! Gritó Mariela señalando la oscura entrada de una cueva. Allí se encuentra el tesoro más grande jamás juntado. El Capitán acompañado de sus hombres de confianza, entró armado hasta los dientes en la cueva. No podía creer lo que sus ojos contemplaban. Riquezas infinitas llenaban el lugar. Oro, plata, todo tipo de joyas y antigüedades, arcones plenos de monedas, incluso los techos y paredes del lugar eran de materiales preciosos. De repente, el suelo bajo sus pies se abrió cuando uno de sus hombres agarró la primera moneda de oro. Una bestia gigantesca emergió de las entrañas de la tierra. Todos los hombres echaron a correr espantados, incluso el Capitán que se jactaba de haberlo visto todo en su vida como aventurero de los mares. Mariela se dirigió al Capitán, y le dijo con una voz tranquila que de nada debía temer, ella acabaría con la bestia; con la condición de que si lograba vencer a la bestia, él y sus hombres deberían continuar con sus aventuras en los botes, pues ella se llevaría el barco. El Capitán aceptó sin dudarlo, y Mariela, valiente y decidida, armada sólo con una espada y una antorcha entró en la cueva. Poco tiempo después, un gran río de roja sangre corría por el piso de la cueva hasta el exterior. Con la antorcha apagada, despeinada y la ropa rota en girones, salió triunfante de la cueva Mariela con el corazón de la bestia en su mano izquierda. El Capitán no daba crédito del episodio que había contemplado con sus propios ojos, pues si alguien se lo hubiera contado, él mismo le hubiera cortado la cabeza por mentiroso.

Mariela obtuvo lo que siempre quiso, un barco pirata. En una luna llegó al muelle de dónde partió. Allí aún la esperaba su amado, Alfredo Rodín, con el paraguas rojo abierto a modo de farol y agitándolo de izquierda a derecha. Mariela llegó a la playa, varó el barco y tendió una escalera para que Alfredo subiera a cubierta. Y así partieron los dos a bordo del Trevela, ahora bautizado como la Betty Negra. Marcharon los dos a vivir su propio cuento, ella convertida en un autentico pirata, él en la reina de los mares.
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14 mayo, 2009

EL VIEJO DEL PIJAMA A RAYAS

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El viejo se despereza en la cama al entrar la luz de la mañana por la ventana de la habitación. Amanece. Bosteza, estira todo su cuerpo, después cada miembro, lentamente. El viejo despierta sus ojos y no reconoce donde está. ¿Qué hago aquí? –Se pregunta-. Se incorpora. Tiene las zapatillas preparadas, juntas, en el lado derecho de la cama. Sale de la habitación. No reconoce la casa. Tampoco comprende nada, pero parece no estremecerse al encontrar todo salpicado de sangre. Paredes y techo de todas las habitaciones, y los pasillos, todo manchado de sangre, charcos de sangre en distintos rincones de la casa, seis en total. Él también está salpicado de sangre. ¿Quién soy yo y qué hago aquí? –Se pregunta al mirarse en el espejo del baño-. Se lava su cara y sus manos manchadas de sangre.

Recorre, revisa, registra toda la casa palmo a palmo buscando quién o quienes, o qué a podido dejar toda esa sangre. Nada ni a nadie encuentra. Limpia un rincón de la cocina y se sienta a desayunar. Mira por la ventana que da al jardín con la mirada perdida. Mastica lentamente un bocado de tostada mientras intenta recordar alguna cosa. Nada recuerda.

Vuelve a registrar la casa, pero recuerda perfectamente las habitaciones donde buscó, y los rincones que examinó, pero nada más recuerda. Comienza a limpiar la casa escrupulosamente. Termina tarde y agotado. El viejo lava su pijama de rayas en la bañera. Se observa desnudo en el espejo de cuerpo entero del baño. Soy un viejo. –Se dice a sí mismo en voz alta-. Pone a secar su pijama, lo tiende en la ventana, come un par de piezas de fruta y se echa a dormir. El sol se esconde ya tras el horizonte. El viejo duerme con los ojos abiertos y con los ojos abiertos se levanta al oscurecer el día. Se calza sus zapatillas y se viste su pijama aún algo húmedo. Abandona la casa y comienza a caminar en ninguna dirección.

Cuando siente hambre o frío, o se cansa de caminar, elige una casa donde todos duerman, y entra en ella por cualquier lugar, sigilosamente. Entra hasta la cocina y se arma con un cuchillo. Cuidadosamente busca la habitación de los niños, y tras besarlos dulcemente en la frente, les corta su cuello de cisne, seguido los arropa y sale de la habitación. Los adultos también duermen, pero a ellos no los besa, parece abrazarlos antes de degollarlos. Uno a uno, con las fuerzas que le procura su edad, los saca al contenedor de las calle. En brazos, sin cubrirlos con nada. El viejo duerme con los ojos abiertos.

El viejo se despereza en la cama al entrar la luz de la mañana por la ventana de la habitación. Amanece. Bosteza, estira todo su cuerpo, después cada miembro, lentamente. El viejo despierta sus ojos y no reconoce donde está. ¿Qué hago aquí? –Se pregunta-. Se incorpora. Tiene las zapatillas preparadas, juntas, en el lado derecho de la cama. Sale de la habitación. No reconoce la casa. Tampoco comprende nada, pero parece no estremecerse al encontrar todo salpicado de sangre. Paredes y techos de todas las habitaciones de las casa, y los pasillos, todo manchado de sangre, charcos de sangre en distintos rincones de la casa, cinco en total. Él también está salpicado de sangre. ¿Quién soy yo y qué hago aquí? –Se pregunta al mirarse en el espejo del baño-. Se lava su cara y sus manos manchadas de sangre.

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25 marzo, 2009

LA NOCHE AL FINAL SE HIZO DÍA

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CuentodesCuento improvisado en La Cueva del Gato el Martes 24 de Marzo

LA NOCHE AL FINAL SE HIZO DÍA


Hubo una vez un pueblo, lejos de la mano y el alcance de todo cuanto conocemos. El pueblo estaba rodeado por una espesa, intensa, una niebla tan pesada que costaba respirarla y la luz no la conseguía penetrar, era la plena oscuridad absoluta. La llamaban “El Olvido”, pues decían que quien intentó atravesarla y consiguió regresar no recordaba nada. En aquel pueblo, por encima de todos, sobre la cima de su atalaya vigilaban atentas las almenas de los torreones del castillo de Don Dinero, le llamaban así porque literalmente cagaba dinero, dependiendo de lo que comiese cagaba de un valor. Tenía bajo sus órdenes un ejército que superaba al total de los habitantes del pueblo, tres veces más.

Transcurrían tiempos aciagos, la tierra escaseaba limitada como estaba por la niebla; no había comida para todos y la necesidad hacía mella en la felicidad de las gentes del pueblo que, discutían y entraban en conflicto por las lindes de las tierras, las amenazas pasaban a ser hechos. El que observaba el cielo convocó a todo el mundo en la Plaza Mayor y habló de este modo al pueblo:

- Quizá no sea el más valiente ni el más capaz para esta misión, pero lo voy a intentar. Mañana amaneceremos con un día de tres noches (el que observa el cielo adivinó un eclipse total que duraría toda una mañana, por lo que la noche, o la oscuridad sería presente durante treinta y seis horas). Hemos de intentarlo entonces. Invadiremos el castillo por sorpresa. Los soldados estarán desconcertados por tanta oscuridad. ¿Quién está conmigo?

Nadie estaba con él. Nadie creía que un día pudiera traer tres noches. A demás, una vez dentro del castillo cómo iban a luchar contra soldados; hombres mujeres y niños. El que observa el cielo volvió a hablar.

- El castillo debe tener anexo algún pasadizo bajo la tierra capaz de atravesar la niebla sin riesgo, sino, cómo Don Dinero puede alimentar a su ejército. También se conoce la existencia de un escarabajo color verde manzana y piel de escombros. Cuentan de él que está atrapado por un preservativo o dos (no se sabe muy bien). Pero es por ello nuestra cárcel de niebla, si lo liberamos del preservativo desaparecerá este yugo que nos consume y nos enfrenta los unos con los otros.

El pueblo volvió a oponerse, los más ancianos opinaban que eso eran pamplinas, no eran más que cuentos infantiles. Pero esta vez hubo quienes levantaron las manos en señal de apoyo ofreciéndose a acompañarlo. Con vosotros me basta. –Concluyó diciendo el que observa el cielo.

Al amanecer, se encaminaron hacia el castillo de Don Dinero. Querían estar a los pies de la atalaya antes de que anocheciera por primera vez. Pasaron la noche observando y contemplando los alrededores del castillo para dar con el mejor flanco por donde penetrar al interior de la fortaleza. Nadie ecepto el que observa las estrellas, era consciente del tiempo que había transcurrido. Supo que debía estar amaneciendo, ahora sería el momento, en el cambio de guardia, cuando los vigilantes descubran que no amanece se generará un desconcierto en el que bajaran la guardia. Pero nada se movía en el castillo. Nada.

El que observa el cielo avanzó entonces y todos los demás le siguieron a una. Lentamente avanzaban como las sombras hasta que escalaron todo el muro. Cuando llegaron arriba descubrieron que nadie vigilaba. No había ningún soldado sobre la muralla o en las almenas. Deben estar dentro protegiendo todos el castillo. –Comentaron algunos-. El que observa el cielo se dirigió hacia las puertas mayores del castillo y las abrió de un golpe. Todos se asustaron por el ruido ensordecedor que los grandes portones hicieron al abrirse. El que observa el cielo intuyó que no habría nadie y que jamás lo hubo, y estaba en lo cierto.

Registraron todas las habitaciones del castillo de arriba a bajo, buscando pasadizos secretos que les comunicase con el mundo exterior. Un cactus en un rincón de un enorme salón les llamó la atención al carecer este de sombra. Al tocarlo, la pared de enfrente se movió y aparecieron unas escaleras que descendían hacia la oscuridad. La escalera iba a dar a una sala con siete puertas. En cada una de ellas había una especie de acertijo, y una frase esculpida en la piedra de la pared rezaba sobre todas las puertas: “Si abres una, las otras todas desaparecerán”.

El que observa el cielo decidió abrir la puerta en la que se podía leer: “Al final la noche se hizo día”. Sucedió que todas las puertas desaparecieron y de esta surgió un escarabajo de color manzana y piel de escombros luchando por librarse de un preservativo que tenía enfundado en la cabeza. Cuando lo liberaron; el escarabajo echó a volar, abriéndose todo el techo de la sala subterránea a cielo abierto. Las tres noches habían pasado. Brillaba fuera el sol.

De regreso al pueblo para contar todo lo que había sucedido, detuviéronse, allá, en lo más alto de la atalaya descubrieron que la niebla se había disipado. La leyenda del escarabajo era cierta. Eran libres por fin. Muchos marcharon del pueblo en busca de nuevas tierras, otros se quedaron aprovechado la tierra que otros abandonaban.
Todos comenzaron a observar el cielo, descifraron su lenguaje. Cada uno eligió su estrella y no dejó de observarla en la noche, pues todos aprendieron que aunque sea un ínfimo puntito trémulo de luz, titilante en el infinito, no es la absoluta oscuridad. Igual que dentro de nosotros, aunque nos invada o nos inunde el miedo, no nos debe paralizar, pues todo es movimiento. Valor no nos falta, al menos para intentar cualquier cosa, pues… Al final la noche se hace día y al revés.

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04 marzo, 2009

CUENTOS Y desCUENTOS DE LA CUEVA DEL GATO

El silencio de mi habitación me procura la solaz intimidad, la generosa y detenida concentración de mi yo para con mi musa y viceversa de ella para conmigo, el deseo y la pasión se confunden en un fuego artificial, en un juego real y viceversa, donde oficios y artificios alcanzan un equilibrio tal que los orgasmos de la imaginación se suceden estrepitosa y súbitamente y viceversa; Cuentos y desCuentos y viceversa; por que no hay que dudar entre dar o recibir, sino viceversa, como la inspiración y la espiración, sístole diástole. Caminante no hay camino, improvisa al caminar, por si es larga la vereda, mejor jugar por jugar a morir o matar. Y la musa cae en mis brazos y bajo la tenue luz la abrigo entre las sábanas y me la llevo a soñar conmigo. Volar.


Martes, tres de Marzo del dos mil nueve. desCuento improvisado.

EL NIÑO RARITO.


El Niño Raro; así lo conocían en su barrio, aunque en realidad se llamaba Wenceslao.

Al nacer al quinto mes de gestación; debido a una ingestión masiva de perejil por parte de su madre que consideró a Wenceslao como un embarazo no deseado, sufrió una metamorfosis al terminar de gestarse entre unos algodones nada higienizados ni esterilizados. Sus orejas eran tan grandes y despegadas como las de un elefante africano, la nariz tan pronunciada como un tapir, lengua de oso hormiguero, el bigote de su madre, los ojos como fuentes anchas y planas de ensaladas, largos brazos de orangután, tronco corto de cocoroncó e instinto nato de ñu. Sufría una halitosis aguda crónica. Wenceslao no pertenecía a este mundo, al menos al natural, o lo que se entiende por Madre Naturaleza o Pacha Mama.

Sus dos únicas amigas eran Consuelo, una niña muy mona, pero como Wenceslao sufría de eyaculación precoz, nunca conseguía relajarse con Consuelo por lo que no llegó a fraguar una intima amistad con ella, y desconsolado acudía a su otra amiga, su Madre, que lo recibía entre abrazos y besos. Sobrevivían gracias a la caridad de la gente del pueblo que, por su bondad o simplemente por que aquella imagen les provocaba lástima, hacían todo lo posible para que la madre estuviese en constante cuidado y vigilancia de su hijo; pues cuando Wenceslao se escapaba y algún vecino se lo cruzaba por la calle, el vecino, del susto, casi levitaba de infarto mortal de necesidad. Toma y cuida de tú hijo raro –Decían las vecinas mientras dejaban sobre la palma de la mano de la Madre su caridad-. La madre y el hijo apenas salían de la casa por que incluso las vecinas les hacían los recados.

Una amiga de la madre, le propuso que visitara al Dr. Tripis, licenciado en Química Onírica y Filosofía Aplicada. El Doctor hizo innumerables pruebas a Wenceslao, físicas y químicas. The Doctor terminó por darle a la Madre dos opciones; podía cortarle las piernas a su hijo para convertirlo en el Niño Caracol, y deambular con él por todos los circos del mundo, gracias a su eyaculación precoz lubricaría el suelo por el que se arrastrase sin sufrir ulceras, o Consultar a su amigo el Dr. M_demda.

Wenceslao, al ver que no lo consideraban, estalló en cólera como un terremoto despierto y escandaloso, escapando por la ventana con lo puesto. Llegó a su casa, sacó los ahorros de debajo del colchón, llenó su mochila con lo justo y marchó en el InterRail.

Nada más salir de su pueblo, observó que los ojos de la gente le miraban diferente. Lo saludaban, se interesaban por él. Aunque cada país era cambiaba, su sensación con los demás y estos hacia él no era distinta. Le ofrecían casa, y desayuno, comida, cena, ropa limpia. Cruzó toda Europa, hasta llegar a la ciudad de Kolari, en Finlandia. Aún más al este llegó a rastras. Casi congelado, fue rescatado por una anciana muy anciana. La Anciana poco a poco le fue dando calor, le hizo tomar una pócima que ella misma preparó, disuelta en agua tibia que poco a poco fue calentando. Wenceslao cuando despertó, contempló ante sus ojos al ser más bello que jamás conoció. Quería darle todo el amor que ella le procuró. Quería corresponder de igual manera, y le pidió casarse con él. Para ello debía conocer a su madre.

Con forme sucedían los días, algo iba cambiando en Wenceslao, su aspecto físico mejoró al punto de poder ser canonizado. Su planta, su alzado, su perfil. Dos semanas tardaron en llegar al pueblo. Su madre lo reconoció por su aliento insecticida, lo único que no mejoró en él. Rápidamente hizo correr la voz entre sus vecinas de la llegada y el cambio tan elevado de su hijo. Las vecinas no tardaron en personarse para verlo con sus propios ojos. Su fétido aliento lo delataba, sin duda era él. El Alcalde lo recibió por todo lo alto montando una macro_fiesta en la Plaza del Pueblo. El Dr. Tripis puso y dispuso la diversión. Wenceslao preguntó por su mujer. El pueblo no supo contestar, por lo que Wenceslao aún más enfureció. Se la trajeron hasta sus pies. Había muerto. Muerta. Gritó enfurecido. Toda la noche la pasó velándola y bebiendo sin cesar. Culpó al pueblo por la muerte de su mujer, iracundo, hizo acopio de toda la gasolina que pudo e incendió esa misma noche el pueblo entero. Por la mañana, despertó debajo de un puente, junto a la orilla del Río Guadalmagazagana. Fue a lavarse la cara al río, con la fresca agua de la mañana y advirtió en su reflejo que algo había cambiado. Reparó y contempló que tornaba a resultar un deformado.

Comprendió entonces, con ayuda de su madre, que el amor nos hace bellos y el odio unos monstruos. Volvió a amar y fue correspondido.

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18 febrero, 2009

EL JUGLAR ENAMORADO.

Este cuento surgió de una improvisación hace hoy por hoy dos años en La Cueva del Gato cuando aún apuntaba las palabras en papelitos y las iba sacando de mi sombrero de mago. Por eso me gustaría sacar de la chistera un cuento que quedó en el cajón pero que un día todos contamos con cada palabra de un color, aquella noche me llevé los rotuladores carioca. Dentro de este cuento surgió un subcuento que probablemente es y será uno de los cuentos con mayor mensaje que haya escrito jamás. Un voto por la comunicación, por que si lo pudieron hacer un murciélago y una margarita, por qué no se va a dar entre dos personas.

EL JUGLAR ENAMORADO. (20 de Febrero 2007)

(Sesión improvisada con palabras del público y una frase para el final)


Cuenta la historia que en una ciudad de encanto, donde todo era capaz de suceder y ningún caso era imposible, existía una taberna llamada La Taberna de los Lugares. Allí solían quedar el desierto del Sur con el frío desierto del Norte para echar una partida de ajedrez. Cuando esto sucedía, en la ciudad del encanto corría la voz como algo extraordinario. El desierto del Norte y el desierto del Sur solían dedicar al menos una semana en hacer la partida, rara era la vez que no quedaban en tablas. En ocasiones permitían que alguien se sentara en la silla que quedaba libre en su mesa a observar la partida de cerca, el invitado podía hablar si quería, siempre y cuando no fuese un comentario sobre la partida. La noticia llegaba a todos los lugares del mundo de ahí el nombre de la Taberna, y era todo un privilegio si te ofrecían tal honor. Podías preguntarles cuantas dudas tuvieses y ellos si lo creían oportuno resolverte esa duda, pronunciaban las justas y medidas palabras para resolver las preguntas. Incluso con un sólo gesto llegaban a ofrecer soluciones.

Llegaron a la ciudad encantada un lunes amarillo. Lleno de energía y sol, de olores de primavera; de cocina de leña, de naranjos y limoneros en flor, de cuerpos en celo y su sudor. El sabor del vino que se pidieron llenaba todo su paladar, se reflejaba en sus gestos. Mezclado con un queso aún mejor, jamón de vetitas blancas y un vasito de aceite de oliva virgen sobre una rebanada de pan, amasado la misma madrugada por unas manos de sal. El mejor de los orujos, una botella para empezar. Ocupaban su lugar y comenzaban a jugar. El desierto del Sur jugó aquel día con negras y El Norte con blancas. Antes de que pudiera avanzar el primer peón entró el primer peregrino. Directamente abordó la mesa sin permiso alguno. Una luz, con tono de aurora, se llamaba Claridad. Gritaba y gritaba sin dejarse escuchar. El desierto del Sur sabía que no podía hacer nada contra una luz y que lo mejor era quitársela de encima, si de algo sabía Él, era de luces, reflejos, sombras, oscuridades. Pero el desierto del Norte se sintió tan invadido que de una sola mirada la congeló, fue entonces cuando Claridad se transformó en un prisma rompiendo la luz de la mañana en todos los colores y cada color era un grito de Claridad que se repetía; el desierto del Norte volvió a mirar a todos los destellos congelándolos de una vez, pero cada uno se transformó en otro prisma con un millón de gritos más cada uno. El desierto del Sur se echó las manos a la cabeza gritando:”Basta. Basta. Atenderemos tu ruego. Deja que hable”. De una sola mirada el desierto del Sur descongeló todos los prismas y Claridad pudo decir.

- Solo decidme por qué huye toda aquel a quién me acerco con mi amor. Incluso cuando es él quien se acerca para ofrecérmelo. Teme de su sombra y piensa que soy yo el culpable. No es más que su sombra. No merece mayor importancia.

- Has de comprender que eres una luz -Comenzó diciendo el desierto del Sur-, por lo que es normal que provoques sombras. Como luz que eres has de llegar de arriba, así su sombra estará bajo los pies. Lentamente, cuando interprete que su sombra no es más que un abrazo tuyo a todo su ser, comenzareis a jugar con las sombras.

Claridad recompuso la mesa y se fue a sentarse a la barra y pidiese un chato de vino.

Acto seguido entró un juglar con cara de enamorao, como de habérsele adelantado la primavera pero con un pequeño gesto de tristeza, bajaba del barrio pintado de albayalde. Entró sin reparar en Los Desiertos. Directamente a la barra del bar. El Juglar le preguntó al camarero si servían copas hasta olvidar. El camarero le respondió que siempre y cuando pagase por adelantado, no habría ningún problema. El camarero, con toda la gracia argentina que le caracterizaba, invitó al juglar a la primera cerveza. Te la pondré de este grifo mágico traído desde el rincón más recóndito de la Antártica, fue un regalo del desierto del Norte a esta taberna. Está tan fría que te concentra en lugar de dispersarte o anonadarte. Tu sangre comenzará a correr para calentar tu cuerpo y verás después las cosas mucho más claras. ¿Qué te apetece comer? Le preguntó al juglar el camarero. Cualquier cosa que alimente a un muerto. Respondió el juglar. Uno muerto de vida que no de hambre. El juglar no hacía otra cosa que mirar aquella cerveza helada, como una a una, todas las burbujas del fondo subían estremecidas para ser espuma y gas. Compungido, atribulado, dolorido, abandonado, suspiraba y suspiraba a cada minuto que pasaba. El desierto del Norte, tras una breve mirada a su amigo el desierto del Sur, se levantó de la mesa y dijo:

- Siéntate chaval. Te apetece mirar una partida de ajedrez y conversar.

- No me gustan las batallas ni aún siendo juegos de mesa.

- Ten cuidado chaval -el desierto del Norte se echó a reír-, tu corazón corre peligro. Veo que en su lugar hay como una gran caja de zapatos plena de gusanos de seda.

- ¿Cómo? –preguntó el juglar-. Acaso mi corazón se está pudriendo. ¡Oh Dios esto es peor de lo que pensaba!

- Jajajajaja – Rió mucho más fuerte el desierto del Norte-. No chaval. Lo que le pasará a tu corazón es que un millón de mariposas nacerán en breve dentro de él. Por eso no comprendo ni tu tristeza ni tu soledad.

- Ayer estaba y hoy ya no está. Me dijo que la próxima vez que nos encontrásemos, sería en el país de nunca jamás. Me duele incluso el aire que respiro de buscar ese lugar. Creo que me engañó. Que se quería librar de mí. Necesitaba un trago.

- ¡Claro que existe ese lugar!

- ¿Dónde? Si se puede saber.

- Junta tus manos. ¿ves? Este es el mapa que has de seguir. Sólo has de ir hacia el norte. Donde apunta tu dedo corazón. Si quieres esperar, yo paso por allí. Cuando termine la partida podemos hacer juntos el viaje de vuelta.

- Prefiero salir cuanto antes. ¡A saber el tiempo que lleva esperando! Y yo dando vueltas como un tonto.

- Toma. Llévate un trago de este orujo. Te dará fuerzas para todo el camino.


Nuestro juglar, agarró la petaca que le ofreció el desierto del Norte y emprendió su camino. Lo acompañaba su fiel perro Choco. Era un Gran Danés Blanco con una mancha negra en el ojo izquierdo. Con un amigo tan fiel como Choco, uno se sentía mejor ante los peligros que pudiera guardar el camino.

Quince días con sus quince noches estuvo andando el juglar y su amigo Choco por los caminos sin llegar a ninguna parte. Cuando El juglar se disponía a dar un paso más, Choco lo agarró por atrás y tiró fuerte hacia él. Estaba justo al borde de un abismo. El juglar se puso más blanco que Choco, al que no paraba de darle las gracias. No podía dar crédito a sus ojos. La tierra terminaba en ese punto. Qué había echo mal. Dónde pudo haber fallado. El juglar empezó a temer de que se hubiesen burlado de él, pero no podía ser. Alguien como el desierto del Norte, no haría algo así. De repente se le vino una idea a la cabeza. ¡El orujo, aún no lo he probado! Igual es mágico y es ahora cuando hay que probarlo para ver el camino. Dio un trago y no cambió nada. Otro más grande y todo seguía igual. Apuró la botella y la lanzó al abismo en la esperanza de escuchar algún ruido, un lugar donde la golpease la petaca y pudiera hacerle de guía, pero no. Entonces decidió. Miró a los ojos a Choco y le dijo: “Amigo mío. Espérame al menos dos días. Si estoy en lo cierto, algo mágico me espera allá abajo y regresaré, de lo contrario, no te quiero hacer esperar más de dos días”. Le dio un abrazo y avanzó un paso decidido al frente. Choco se echó a esperar.

El juglar estaba en lo cierto de que abajo le esperaba un mundo aún más mágico del que arriba había dejado. Fue a caer en las ramas de un árbol, que rápidamente se convirtieron en unos brazos acogedores haciendo de su caída un suave balanceo. Era el árbol que guiñaba el ojo y sacaba la lengua.

- Hola recién caído. Te doy la bienvenida al país de nunca jamás.

- Hola. Busco a una mujer, que antes que yo, tuvo que pasar por aquí. Me pregunto si la habrías visto pasar.

- No sé. ¿Cómo era?

- El negro de su pelo haría estremecer a las tinieblas que he tenido que atravesar. Ojos verdes, inmensos, oceánicos. De una tez limpia, sonrosada, iluminada con una sonrisa despierta. Menuda, liviana. Seguramente fuese cantando con los colores o bailando con el viento, jugando con las formas, llamando a gritos a las nubes para que le diesen una vuelta por el cielo azul, respirando los aromas, repartiendo la alegría. Capaz de volar sin necesidad de alas y hacer volar con sólo pensarte.

- No es que pase mucha gente por estos lugares, pero si recuerdo a una mujer. Iba gritando:”Al final el murciélago y la margarita se casan”.

- Es ella, sin duda. Es el cuento que le conté la noche que nos conocimos. Rápido, por favor. Dime por donde se fue.

- Solo si me cuentas ese cuento.

- No puedo perder el tiempo. Cuando la encuentre prometo volver y contarte el cuento.

- Como te decía, no es que pase mucha gente por estos lugares. Tú no estás para perder el tiempo. No veo por qué seguimos discutiendo.

- Había una vez un murciélago que vivía en una cueva. Frente esta nació una margarita. La primera noche que la margarita floreció, los rayos de la luna incidieron al máximo en ella, la iluminaron tanto que el murciélago pensó que la luna había bajado para entrar en su cueva y salió a recibirla. Pronto pudo descubrir que se trataba de una margarita, por lo que percibía. Desilusionado y confundido volvió a su cueva. Confundido porque lo que había sentido aquella noche fue excepcional. La podía ver iluminada a los pies de su cueva. No podía dejar de mirarla. Sin querer comenzó a hablarle. La margarita le respondió. Jamás hubiesen pensado que entre ellos se pudiesen comunicar, pero aquella noche en que uno dio el primer paso, resultó ser la primera vez que una margarita y un murciélago entablaban una conversación.Si un murcielago y una margariata consiguen comunicarse, ¿por qué no pueden hacerlo dos personas? Lo demás, lo inventó ella. Decía que el cuento quedaba vacío, y que la margarita y el murciélago deberían haberse casado.

- Yo también estoy seguro de que era ella. Si buscas en la hierba pisada, encontraras un camino recién hecho. Sólo tienes que correr más que ella.

El juglar corrió y corrió y cuando la encontró, estaba sentada sobre una piedra mirando un murciélago a plena luz del día dando vueltas alrededor de una margarita. Tranquilamente se acercó por atrás y puso su mano en el hombro de la mujer. Ella puso su mano sobre la de él y le dijo: “- ¡Ves, al final el murciélago se casa con la margarita!”.

Comieron perdices y fueron felices por siempre jamás.

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15 diciembre, 2008

desCUENTOS DE LA CUEVA.

Say my name!

Cogimos caminito de la montaña, tres horas hacia el este y una hora más buscando el norte. Perdimos la mañana buscando el lugar ideal donde colocar nuestro picnic; yo mi canastita de mimbre, ella sus mantelitos de cuadros rojos y blancos, con salvamanteles, servilletas y cubre _ cubiertos a juego. Para no perder el día entero, ambos coincidimos en detenernos junto a un viejo roble. A su lado había una pequeña cueva donde nos podíamos resguardar de la posible lluvia, con la que amenazaba el día con sus grises nubes. Hacía tanto tiempo que habíamos planeado aquella salida, que nada ni nadie lo estropearía, ni la más negra de las tormentas. Descorché el vino y brindamos por nuestra ventura al conocernos y la fortuna de los posteriores acontecimientos a nuestro encuentro. Tranquilamente nos pusimos a comer. Ella había hecho una ensalada rica en vitaminas y colores, además de unas brochetas de dulces frutas rojas para el postre. Yo hice unos sándwich de salmón y unas trufas de chocolate heladas, que por esas horas, ya no estaban tan heladas.

El día nos dejó comer tranquilitos pero el atardecer no fue tan agradable; comenzaron a caer las primeras gotas que derribaron las hojas más débiles, y continuamos con el té dentro de la cueva. Té caliente asido, cogido entre las manos. Nos quedamos mirando a los ojos sin sabernos qué decir. Ella se sacó de su escote un rosario de su abuela y comenzó a pasar las cuentas mientras murmuraba algo en voz baja. Cuando le pregunté que estaba haciendo, ella respondió que siempre llevaba el rosario de su abuela encima y lo sacaba cuando se aburría. Me quedé anonadado, suspendido al escuchar aquello. Yo saqué entonces de mi mochila una vieja garrota que mi abuelo me dejó en herencia. Aquella garrota había sobrevivido a cuatro generaciones de mi familia, tallada de un almendro centenario, se la presenté a ella. Le conté la sorprendente historia de por qué el abuelo de mi abuelo decidió un día tallar de aquel almendro que una tarde partió un rayo; una garrota. Ella continuaba dando vueltas al rosario. Comenté si en lugar de aburrida, estaría nerviosa y que por eso no dejada tranquilas quietas ni las cuentas ni el rosario. Ella me miró fijamente a los ojos y me preguntó que qué estaba insinuando. Yo no supe contestar… y mi duda le hizo suponer y exponer que eran mis nervios quienes nerviosa la ponían. Al cogernos las manos nos tranquilizamos y pude ver en sus ojos que algo me escondía; tanto tiempo planeando la salida, luchando contra el mal gusto del tiempo, caminando por caminos que inventamos sobre la crecida hierva, dibujando sobre ella espirales eternas. Algo debía guardar para dentro. Comencé a cariciarle las manos, después las muñecas, sin apartar mis ojos de sus ojos subí con mis dedos por su antebrazo, y delicadamente los posé sobre sus hombros. Le hice imaginar hormiguitas por su espalda; de su nuca a su cuello y vuelta a la espalda. Desabroché su sostén y la abracé con todas mis fuerzas y mis ganas. Sus labios en mi boca, sus manos por mi espalda y nuestros cuerpos danzando un baile imaginado. Una deliciosa coreografía. Al tocar sus pechos noté que uno era diferente. En realidad sólo tenía un pecho. Seguimos acariciándonos todo el cuerpo, ahora desnudos. Quizá mi desliz fue no preguntar por su otro pecho, o el error de no recordar su nombre, o ambos dos. No sé, pero aquel día le vino la regla… y no tenía humor para nada. Fue entonces cuando se ató las manos con el rosario y me propuso jugar fuerte con su culo y la garrota de mi abuelo. Say my name comenzó a gritar ella.

Nos interrumpió la acción un ratón con un saco en el hombro que se presentó como el Ratoncito Pérez. Entró alegando que aquella cueva era suya y que si por favor, sintiendo en el alma las molestias, le dejábamos vaciar su saco de dientes para que pudiera seguir haciendo su trabajo. Llevaba ya tres horas esperando en la puerta, pero al ver que el momento se dilataba y otro nuevo juego comenzaba, decidió interrumpir. Habiendo sido nosotros los primeros en allanar su morada, lo creyó conveniente y no fuera de lugar. Ella diome un guantazo por permitir que un ratón viérala desnuda. Por el guantazo cayóseme un diente, y, Pérez por él nos dio cincuenta euros. Recogimos todo y marchamos. Con el dinero que nos dio el Ratoncito por mi diente, elegimos un hotel para terminar de pasar juntos la noche.

Una vez en la intimidad de la habitación, el fuego fue mayor. Arriesgado. Perverso. Brutal. Me propuso hacerle un beso negro, ante mi duda, se decidió a una partida de Parchís que ella ganó. Fui absorbido por su agujero negro hacia su interior, donde pude ver una vez dentro, el verdadero dolor de Carmen. Su Verdad. Su Secreto. Aquella noche me confió su corazón, por el simple hecho de haber sido sincero de amor; aún sabiendo que al amanecer todo acabaría, como decidimos aquel día cuando nos conocimos. Hoy hace un año. Desde entonces no nos vemos. Coincidimos en un cuento. Ella me contó que nació cisne para ser patito feo. Yo era un sapo, pero sus ojos me vistieron de príncipe y me consideraron como tal.

Al llegar el alba despertamos juntos. En el ocaso nos dijimos adiós. Nos volvimos a ver cada tarde, hasta convertir todo esto en una historia de dos. Por siempre jamás nos faltó nunca amor. El Ratoncito Pérez nos ha hecho varias visitas ya.

Y COLORIN COLORADO… ESTE CUENTO…



Intenté hacer un cuento infantil de aquel desCuento que hace ya tres semanas improvisamos en La Cueva, y tras varios intentos y ninguna moralina, lo más pueril que me ha salido ha sido esto. Espero que disfruten. Nos vemos hoy martes 16 a las 22 H para seguir contando y descontando, por que esta y todas las noches sigan siendo un desCUENTO.

15 octubre, 2008

DESCUENTOS DE LA CUEVA. "MACRAMÉ"

CUENTO IMPROVISADO EN LA CUEVA DEL GATO EL PASADO MARTES 14 DE OCTUBRE.


En un tiempo que nos perteneció no hace mucho, vivía una de las mejores costureras del mundo, Macramé. Arreglaba todo tipo de telas con las más fuertes y finas costuras. Cuanto arreglaba Macramé jamás volvía a romperse. Venían a visitarla gentes de todos los lugares para que les arreglase sus ropajes, y ella los dejaba como nuevos. Capas, sayos, camisas, blusas, pantalones, gorros, guantes..; no había prenda en el mundo que se resistiera a su aguja y a su hilo, pues también trabajaba todo tipo de telas y materiales, de la seda al esparto.

Un verano azul el trabajo bajó considerablemente, no sólo para Macramé, sino tambien para todos los sastres y costureras del mundo. Alguien había inventado la máquina de coser y todo lo artesanal se estaba convirtiendo en industrial. Los autómatas, con sus movimientos mecánicos, fabricaban todo tipo de telas y vestiduras, y aunque no remendaban, el coste de la ropa era tan bajo con esa producción que salía más rentable comprarse vestidos nuevos que remendar los viejos.

Poco a poco, las máquinas comenzaron a invadir la competencia de lo artesanal, y lo industrial comenzó eclipsar al artesano sumergiéndolo en una profunda oscuridad. Muchos oficios desaparecían sin que nadie les echara de menos.

Una mañana, al pueblo de Macramé llegó el primer vendedor de máquinas de coser:

- Vengan y vean esta máquina divina capaz de dar veinticinco puntadas por segundo. Es veinticuatro veces más rápida que la mano humana. Ganarán tiempo para su disfrute.

Cuando el vendedor se marchó del pueblo sin conseguir vender ni una sola máquina, Macramé convocó a todo el pueblo en la plaza mayor.

- Tenemos que hacer algo. Pronto las máquinas harán nuestro trabajo dejándonos inútiles a su sombra. No podemos consentirlo. Llamo a todo aquel que de algún modo le afecte tal suceso y se levante conmigo en revolución.

Todo el pueblo, de un solo gesto y de un solo grito se alzó a favor de Macramé. Comenzaron a organizarse, pero ya iban tarde. Las máquinas dominaban el mundo. Casi en todas las casas, en todos los pueblos del mundo entero había alguna máquina haciendo el trabajo de uno o cien hombres, de una o cien mujeres. Trabajos más rápidos y precisos que la mano humana. Eran mucho más fuertes y resistentes que cualquier tracción animal. La gente comenzó a perder sus trabajos por no ser necesarios y esto les llevó al hambre.

Pronto, la voz de Macramé se fue extendiendo por todos lares y más gente se le unía en su levantamiento revolucionario.

Una mañana el mundo amaneció dividido; por una parte la gente, por la otra las máquinas. Luchas campales, batallas encarnizadas, guerras devastadoras. En cualquier rincón del mundo entraban en conflicto manos contra máquinas.

Las máquinas pronto descubrieron que Macramé estaba detrás de todo esto, y como los autómatas no precisan de descanso, noche y día buscaron y buscaron de un modo imperioso por todos los lugares a Macramé, hasta dar con ella y hacerla prisionera. Amenazaron con asesinarla si no cesaban en su levantamiento. Macramé gritaba desde su encierro que no desistieran. Que siguieran luchando por su libertad, pero el potencial de las máquinas era muy mucho superior al de las personas.

Por un extraño fenómeno natural, la luna cayó en el fondo del mar y la gravedad desapareció. La gente levitaba a un metro del suelo, en cambio, las máquinas no dejaban de subir y subir hacia el cielo. Con la tierra limpia de máquinas, la gente comenzó a buscar a Macramé gritando su nombre:

- Macramé. ¡Macramé! Macraaaaaaameeeeeeeeeee.

Macramé se encontraba encerrada en las entrañas de una monstruosa y gigantesca máquina que cada vez se elevaba más hacia el cielo, y desde allí comenzó a gritar:

- Lo conseguimos. Vencimos a las máquinas. El mundo vuelve a ser nuestro.

Un botón mágico, sacado de un cajón de sastre también mágico, fue lanzado mágicamente en una noche de aquelarre, haciendo vomitar al mar la luna, esta, volvió a ocupar su lugar en el espacio devolviendo la gravedad a La Tierra. Las máquinas comenzaron a caer desde el cielo a modo de lluvia, estrellándose y reventándose contra el suelo. Macramé fue encontrada ilesa al sur de la Patagonia.

Aunque Macramé estaba feliz por el resultado, observaba en el rostro de la gente un gesto entre temor y preocupación. Aunque habían ganado, lo habían perdido todo. No quedaban en el mundo herramientas para desarrollar ningún trabajo u oficio. La gente también estaba medio_casi desnuda, con sus ropas rotas en jirones y ajadas las vestiduras.

Macramé sabía que no tardarían en volver a ser lo que eran, pero debían comenzar por una cosa en lugar de querer reconstruirlo todo de una vez. Resolvió comenzar por arreglar las ropas de la gente, pero en casa no le quedaba ni una sola aguja. Hizo llamar a su fiel consejero Alf, y encargó a este la misión de encontrar a Espinete.

- Alf. Has de encontrar a Espinete, el amigo de los niños. Él y sólo él podrá ayudarnos.

- ¿Dónde podría encontrarlo?

- Quizá Pingu pueda ayudarnos.

Alf marchó en busca de Pingu al mundo de Plastilina.

- Hola Pingu. Soy Alf, Macramé necesita tu ayuda.

- Mooc, moc. Mooc!

- ¿Sabrías decirme donde podría encontrar a Espinete. El amigo de los niños?

- Moc. Moooc moc moc moooooooooooc.

- Muchas gracias Pingu. No sé como agradecerte esto.

- Mooc.

Alf no perdió ni un segundo y se encaminó hacia la casa de Espinete.

- Hola Espinete. Macramé necesita tu ayuda. Tú y sólo tú puedes ayudarnos.

- ¿Qué necesitas de mí?

- ¿Qué le pasa a tu voz?

- Estoy dejando la harina de Chema, pero me he enganchado al helio. No te preocupes. Habla.

- No sé. Macramé dijo que tú sabrías qué hacer.

- Si se trata de Macramé, seguro que lo que necesita es esto.

Espinete sacó su Libro Gordo de Petete, lo abrió por el centro y de entre las páginas sacó una finísima y deslumbrante aguja de oro.

- Rápido. No te detengas por nada. No hables con nadie. Lleva cuanto antes esta aguja a Macramé. Vigila y ten cuidado, aunque no lo parezca, esta aguja pesará demasiado para alguien como tú. Su poder es inimaginable.

- Inmediatamente Espinete. Muchas gracias por tu ayuda.

- No hay de qué. Parte presto Alf.

En menos de una jornada Alf llegó a casa de Macramé. Golpeó con los nudillos fuertemente la puerta y llamó a gritos a Macramé. Cuando esta salió a recibirlo, encontró a Alf como jamás lo había visto. Estaba encorvado como el puño de una garrota. Su cara mostraba un gesto iracundo y perverso y no cesaba de gritar con una voz de bisagra oxidada:

- No te la puedo dar, es mía. Es mi tesoro. Mi tesoro.

- Alf rápido. Dame esa aguja. Su poder te está consumiendo y pronto sucumbirás a su voluntad.

- No puedo. No quiero. Es mío. Mi tesoro.

Macramé le propinó un fuerte guantazo con la mano abierta estilo Bud Spencer, despertando y arrancando del encantamiento en el que Alf estaba inmerso. Macramé le arrebató de las manos la mágica aguja, y sin perder un segundo, abrió su costurero y sacó de su interior un finísimo también hilo dorado. Enhebró la aguja y la lanzó al cielo pronunciando unas palabras mágicas a modo de sortilegio.

Antes de que cayera la tarde, todo el mundo disfrutaba de ropas como nuevas. Remendadas con tal fineza que apenas si los tejidos recordaban lo ocurrido. Todos los artesanos hicieron lo propio. Cada cual con su principal herramienta en su oficio, y el mundo comenzó a resurgir de sus escombros como una nueva primavera. Para que nadie olvidase lo ocurrido, se levantó una gran piedra en el centro de la plaza de cada pueblo en la que se podía leer:” No hay mejor máquina que la mano humana”.

En estos días que hoy corren; gracias a aquella revolución, aún quedan manos que defienden su oficio, aunque otras estén sometidas y automatizadas. Jamás nunca vencerá el poder contra la imaginación. Jamás nunca podrán hacer ni todas las máquinas unidas del mundo una flor.

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