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19 mayo, 2009

¿CÓMO?

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Me levanté caminando hacia la puerta escuchando unos aplausos mínimos seguramente de los hombres, dejándola con la cuenta. Sabía que ella no tenía dinero, se había olvidado su cartera en mi casa.

Al salir paré un taxi. El taxista me preguntó dónde quería ir. Yo le dije que pusiera a correr el taxímetro, que estaba esperando a mi esposa, saldría en breve. No sé por qué le dije aquello, pero estuvimos parados frente el restaurante al menos quince minutos. Pasado ese tiempo, el taxista se interesó por mi mujer, yo le dije que esperara cinco minutos más. Seguido ella salió del restaurante y pude ver en su cara el gesto de vergüenza. El taxista me preguntó: “¡Es esa! Yo contesté que no.
Pagué al taxista sin escatimar en propina y comencé a seguir a mi mujer. Caminé detrás de ella toda la noche, jamás levantó la mirada del suelo. Sentí curiosidad por saber hacia donde se encaminaba, para mi sorpresa, se detuvo frente una iglesia, se encendió un cigarrillo, y cuando apuró la última calada, me llamó por mi nombre y dijo… “Sé que estás ahí. Abrázame por favor”.

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ABRASADOR

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Aquellas tierras carecían de horizonte. No había nada a mi alrededor, sólo arena, arena y más arena, y sobre mi cabeza un incesante sol. No dejaba de sudar, mi garganta y mi boca estaban totalmente secas. Si no encontraba agua o sombra rápidamente, de súbito moriría deshidratado o por insolación. No podía adivinar la dirección que estaba siguiendo. No sabía si iba a derechas o a izquierdas, si al norte o al sur. Qué hora del día sería, por dónde habría salido el sol.

No daba crédito a la razón por la que terminé en aquel lugar. No recuerdo nada. Lo último que recuerdo es a María arrodillándose ante mí, con un anillo de compromiso en su mano, me preguntó “¿Quieres casarte conmigo?”. Cuando contesté que ¡no!, un fuerte golpe me aturdió. Más tarde desperté en este lugar. Creo que estoy muerto y que esto es el camino hacia el infierno.

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AHORA TODOS NOS MIRAN

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Ahora todos en el restaurante nos estaban mirando. Yo con el cuello lleno de carmín, ella el pelo desordenado. Toda la comida, platos y cubiertos por el suelo. La gota que colmó el vaso fue cuando el camarero se acercó a nosotros y nos dijo que el restaurante nos invitaba a la cena, pero debíamos marcharnos, y que por favor, no volviéramos jamás. Entonces, ella se desnudó y vertió todo el vino por su cuerpo y yo comencé a lamerla. El camarero, sin perder los modales, insistió en que por favor nos marchásemos, amenazando con llamar a la policía. Yo le miré a los ojos y un segundo después comenzamos a besarnos. Ahora somos tres sobre la mesa.

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MIRADA MUERTA EN VIDA

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La mirada perdida de los maniquíes me las encuentro siempre en los ojos de la gente, sobre todo entre las mujeres, más que nada entre los hombres.

Miran al suelo o a la nada con una profundidad esquiva por lo que tienen delante. No tienen vida ni movimiento, y carecen sobre todo de dignidad. Caminan por un camino ya caminado, premeditado… Primera esquina a la derecha, segunda a la izquierda y todo recto hasta llegar al estanco hasta que el muñequito del semáforo torne en verde, entonces cruzan la calle. Todo el tiempo con la mirada en el suelo. Cuando más los veo sufrir es en los semáforos, intimidados por los de enfrente y viceversa. Ahí pierden la quietud. Esquivan y serpentean las demás miradas. Se olvidan de respirar, de escuchar si su corazón está vivo o dejó de latir hace tiempo. Su única misión es no encontrar una mirada con la que compartir un instante, un gesto, una mueca. Todo es una invasión a su intimidad y a su tranquilidad. Prefieren perderse en esa nada que siempre conduce a nada.

No aguanto esas miradas. Sólo aguanto la mirada de mi compañera; al menos ella tiene una excusa para recibirme y despedirme cada día con esa mirada muerta en vida. Ella si es un maniquí. Y me atrevo a decir que en sus ojos hay más vida que en muchos de los que por la calle caminan.

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ONCE TREINTA

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Llevo años intentando olvidar el suceso más desalmado, sanguinario y atroz de mi vida; sin embargo, para borrarlo de mi memoria habría de olvidar a la persona que más quise. Me provoca tanto dolor levantarme en la mañana y observar mi reloj de pulsera detenido a las once treinta de la mañana. ¿Cómo podría olvidar aquél episodio sin tener que olvidar a mi padre?

El otoño no había echo más que empezar, como mis diez años. Era el día de mi cumpleaños y mi padre fue a recogerme a casa de mi tía. Había pasado allí el fin de semana, pues él estuvo fuera de la ciudad por cuestiones de negocios. Llamó al portero y dijo: “¡Hola princesa! ¡Ya estoy aquí! ¡Te he echado tanto de menos! ”. Bajé las escaleras tan rápido como pude y me lancé entre sus brazos como si la vida me fuera en ello. Mi padre me recibió con los brazos abiertos y al juntarnos en el abrazo, nuestras respiraciones y nuestros latidos eran uno sólo. Sacó del bolsillo interior de su chaqueta un estuche azul, y cuando me lo mostró me dijo: “¡Feliz Cumpleaños Princesa! Esto es para ti”.

Yo, aún en sus brazos, abrí aquel estuche que contenía un reloj. Me encantaban los relojes. Me dijo que estaba detenido en la hora en que nací, y que sólo había que darle cuerda para ponerlo en marcha. En ese justo instante, alguien se acercó por atrás y disparó dos veces a mi padre. En la cabeza. Yo no supe muy bien que sucedía. Después de aquellos dos disparos, mi padre quedó como suspendido, conmigo en sus brazos, mirándome a los ojos con la poca vida que le quedaba en el cuerpo. Caímos al suelo. El inerte, yo con la cara y mi vestido blanco salpicado de su sangre. Comencé a llamarle con todas mis fuerzas; pensé que no me escuchaba por el fuerte estruendo de los disparos. A mi me pitaban tanto los oídos que apenas escuchaba el escándalo de la ciudad a esas horas, por eso pensé que no podía escucharme; pero pronto lo comprendí cuando me abracé a él. Sólo podía reconocer una sola respiración, un único latir de corazón. Los míos.

Nunca jamás tuve fuerzas para darle cuerda al reloj. Atado a mi muñeca lleva desde entonces, detenido a las once treinta, como mi vida, como mi memoria, como mi olvido.

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MISMA FOTO DISTINTA SENSACIÓN

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Te perdí, lo tengo claro; y aún así ansío encontrarte de la misma manera en la que te hallé. Sentada, con el atardecer a tu espalda y un libro por leer entre tus manos. Asalté tu intimidad con un “¡Buenos Días!”. Me supiste mirar con una sinceridad tan agradable que me invitaba a sentarme a tu lado a conversar. Cerraste tu libro de un solo gesto recibiéndome con tu atención. No caían tus ojos de los míos pero sí la tarde con el sol. Hablando de todo como amigos reencontrados por el tiempo sin saber de ellos y que tanto tienen que contarse. Parecíamos conocernos de toda la vida.

Vuelvo a pasar por ese camino, a la misma hora en mi reloj y la tarde con el mismo color. Incluso los olores de la tierra se repiten y se sigue escondiendo de igual manera el sol; pero ahora debe ser más interesante tu lectura pues jamás volviste a levantar tus ojos para encontrar los míos, ni encuentras interesante mi conversación.

Puede, quizá que una tarde pareciese semejante a la que sucedió, pero distinta siempre, diferente a la primera sensación entre tú y yo. Siguen avanzando las tardes, sigue desapareciendo el sol con la misma melancolía con la que avanzan las manecillas de un reloj de pared; sin embargo pasó. Pasó. Que suerte que sucediera, que pena que pasó. Hay momentos inolvidables y sensaciones que no vuelven nunca jamás.

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28 agosto, 2008

JUEGOS DE MESA

En la mesa número uno se escucha:”- Otra vez tres. A la casilla de las tibias y la calavera. Vuelta a empezar. Ahora la corriente, después el pozo, me libro de la cárcel por los pelos y toda mi ilusión es caer en una Oca. Como envidio no haber nacido en la otra cara del juego”.
El eco de la mesa número dos aún resuena por todo el bar de la calle Rebujo:
- ¡Jaque a tu Dama!
- Haz con ella cuanto quieras. Ayer me pidió el divorcio.
El camarero enciende el televisor mientras juega un solitario.

TERAPIA DE HIPNOSIS PARA EL SEÑOR UNO SUGERIDA POR UN AMIGO

Cierre los ojos y relájese. Concéntrese en mi voz, deje que mis palabras fluyan por su mente. No intente controlar su respiración, sea consciente de ella. Se encuentra cómodo, se siente bien, todo su cuerpo comienza a relajarse. Escuche mis palabras. Imagínese tumbado mirando al cielo. Las blancas nubes avanzan sobre el fondo azul con una suave brisa que acaricia su piel. Todo su ser, se sumerge en la profundidad de una paz absoluta. Piense en una palabra. Esa es la palabra. Léala en su mente. Uno, dos, tres, duerma. Está profundamente dormido. Despertará cuando yo pronuncie la palabra. C O L O R.

Señor Dos. Ya puede salir. Su amigo está hipnotizado. Lo dejo una hora a solas con él como acordamos. Hará todo cuanto usted le ordene. Ha traído mi dinero. Regreso en una hora.

EL SEÑOR DEL SEMÁFORO

Viste con un gran abrigo negro, un casco de moto con forma de escupidera también negro, lleva las botas abiertas y los pantalones por dentro de los calcetines. Siempre fuma un puro casi consumido y a medio encender. De el Señor del semáforo se cuentan historias sorprendentes. Te habla de su vida peregrina, de sus oportunidades perdidas, de sus batallas ganadas, de las veces que se tiró de cabeza a la piscina. Tenía hijo y mujer. Tiene su propia teoría sobre las vueltas que da la vida. Siete años llevo haciendo este camino para ir a mi trabajo. Jamás me detuve a su altura, pero siempre mantuve la esperanza de que un día me explicase alguna de sus historias. Ayer sucedió. Apoyó su brazo en la ventanilla y comenzó a contar.