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31 mayo, 2011

CAPÍTULOS PERDIDOS.

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La muñeca de mis manos.

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16 diciembre, 2009

LA MUÑECA DE MIS MANOS (PÁGINA 23)

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El señor de rostro oscuro fue le único error que cometió mi padre en el proceso de construcción de la muñeca. Armando Mercado, así se llamaba el señor de rostro oscuro. Era el ser más bello que jamás se conoció. Coincidió con mi padre en la inauguración de una galería de arte, donde todo cuanto se exponía, tanto en pintura como en escultura eran rostros, y Armando Mercado era el modelo que posó para todas aquellas representaciones. Mi padre quedó prendido de su belleza, y decidió enamorarle para tener su rostro y trabajar con su molde. Armando Mercado fue el que más tiempo le llevó a mi padre de enamorar y convencer, Armando estaba tan acostumbrado a que le cortejaran, que todos los intentos de mi padre por impresionarle cayeron en agua de garrafa. Pero mi padre no escatimaba en gastos ni carecía de ideas o recursos, y aprovechó una oferta de la empresa espacial rusa que organizaba viajes turísticos por el espacio exterior, para regalarle La Luna, y allá, girando alrededor de La Luna con La Tierra azul al frente, logró que armando Mercado cayera rendido a sus pies y aceptara la invitación de cenar en su casa.

Pero algo con lo que no contaba mi padre, sucedió aquella noche. El generador principal de la central nuclear que nutría de energía la ciudad falló, y estuvo estropeado casi doce horas consecutivas. Mi padre tuvo que terminar la operación en plena oscuridad ayudado de pequeñas baterías, y los artefactos que utilizó para iluminar el quirófano, con la urgencia, no pudo esterilizarlos debidamente, provocando una infección en el rostro sin piel de Armando Mercado que derivó en un envejecimiento prematuro y crónico de los músculos faciales, deformándole el rostro de manera irreversible. Mi padre prometió que enmendaría el error, pero murió antes de cumplir su promesa; por eso que Armando juró que su venganza sería terrible, pues hubiera preferido perder la vida aquella noche, a tener que vivir eternamente siendo un monstruo de feria. Su depresión era tan profunda que nunca pudo soportar el dolor que le producía mirarse cada mañana en el espejo, sólo la idea de venganza hacía que su vida mereciera la pena, pues nunca pudo demostrar la culpabilidad de mi padre. Despertó siendo un ser horrible al otro lado del mundo de donde quedó dormido contra su voluntad la noche anterior. Mi padre logró salvar el molde para El Cuerpo, pero jamás nunca recomponer el bello rostro de Armando Mercado.

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12 diciembre, 2009

LA MUÑECA DE MIS MANOS (PÁGINA 22)

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No llegaba a escuchar con total claridad el interrogatorio al que estaban sometiendo a Begoña, pero con cada pregunta, seguía un silencio de ella, después un grito de dolor. Una sensación extraña embriagó todo mi ser y humedeció mis ojos.

Escuché llegar un auto y aparcar frente la puerta. Todos los habitantes de la casa se prepararon para recibirlo. Parecía como si le estuvieran esperando. La llave de la puerta de la habitación donde me retenía giró tres veces. Entraron tres personas, dos de ellas comenzaron a desatarme mientras la tercera permanecía quieta en silencio. Al descubrirme los ojos, pude ver a un hombre oculto en la penumbra de un rincón de la habitación. Me miraba fijamente sin pronunciar palabra. Inmediatamente le reconocí, era el señor de rostro oscuro. Cuando le pregunté por qué siempre se ocultaba en las sombras, avanzó un paso y se dejó ver a la luz. No tenía rostro. No tenía cabello. No tenía orejas. No tenía cejas. No tenía párpados. Apenas si tenía labios. No tenía nariz, respiraba con angustia por dos pequeños orificios situados bajo los ojos. Su aspecto era como el de una vela derretida por el calor. Era espantoso, y aunque carecía de gesto, se le podía apreciar un semblante terrorífico, pleno de odio, crueldad y amargura. Era un ser horrible.

“Llevadla con su madre.” –Dijo con una voz casi de ultratumba-.

Los dos hombres me levantaron en volandas sin ningún esfuerzo, me llevaron a la habitación junto a Begoña de Azúcar. La imagen de ella era dantesca, escalofriante, estremecedora. Mis ojos rompieron a llorar nada más verla. Estaba crucificada en mitad de la habitación. Le habían golpeado la cara hasta desfigurarla por completo, le sangraba el oído izquierdo, estaba desnuda. No podía imaginar las vejaciones a las que fue sometida. Tenía marcas sangrientas de latigazos en cada una de las extremidades, le habían apagado cigarrillos en su sexo, se podían ver aún prendidos y humeantes incrustados en su sensible piel. El hombre de rostro oscuro me hizo arrodillar ante ella, introdujo un revolver en mi boca después de cargarlo levantando el percusor, y comenzó desde diez una cuenta hacia atrás. Diez, nueve, ocho, siete… pude ver como el rostro de mi madre se iba apagando con cada resta, mientras me miraba fijamente a los ojos, con tanta entereza y amor que pueda demostrar una madre mientras se despide de su hija, diciéndome con la mirada, “tranquila, no tengas miedo, todo saldrá bien”… seis, cinco, cuatro, tres, dos…
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LA MUÑECA DE MIS MANOS (PÁGINA 21)

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Todo me resultaba muy complicado. Intenté recordar mi infancia. Begoña de Azúcar jamás estuvo ahí. Nunca hubo nada. Si tuviera que detallar algún episodio de mi niñez no podría, de hecho, lo último, mejor dicho, mi primer recuerdo era junto a mi padre, cortando la cinta de inauguración que significaba la apertura de la Casa-Museo donde se exponía La Muñeca. No recordaba nada anterior a este acontecimiento. Jamás vi una fotografía en casa de cuando fui bebé, si es que algún día lo fui, ni de mis años de colegio, amigos, compañeros de pupitre. Las únicas personas que conocía eran mi padre, Clara Victoria y Maxi Delgado, y tras la muerte de mi padre a Begoña de Azúcar, Carmelo Dulce y la gente que conocí en mi año de reclusa en La Casa de Marco Expósito, pero nada más. Ninguna cicatriz en mi cuerpo, tampoco recuerdo haber estado enferma, y aunque tengo una gran cultura general, no tengo conciencia de cómo adquirí tales conocimientos. Me atrevería a decir que, aun habiendo cumplido dieciocho años, diría que apenas tengo dos años de vida. ¿Cómo puede ser eso?

Cuando Begoña de Azúcar se disponía a explicarme por qué no tenía recuerdos de mi infancia, cuatro hombres grandes y fuertes como osos nos rodearon. Nos pidieron que les acompañáramos con total discreción. Caminamos lentamente hasta una furgoneta negra que esperaba aparcada a la entrada del parque. Begoña tomó mi mano, la apretó suavemente y me dijo que no debía preocuparme por nada. Pronto acabaría todo esto.

No podíamos ver hacia dónde nos llevaban. Permanecimos al menos media hora circulando por la ciudad, unas tres horas más por carretera y cerca de otra hora por un camino de tierra. Llegamos a una gran casa de madera en mitad de una explanada rodeada de extensos campos de trigo verde. Pude advertir que algo no iba bien cuando observé la cara de preocupación de Begoña de Azúcar, ella no reconocía a nadie de cuantos allá nos recibieron, y esto la inquietaba. Yo tampoco reconocí ninguna parte de El Cuerpo. Nos separaron en distintas habitaciones. Me vendaron los ojos, me cubrieron la cabeza con un pequeño saco, me ataron de pies y manos y cerraron la puerta con tres giros de llave. Todo permanecía en silencio hasta que me estremecieron los gritos de dolor de Begoña de Azúcar. Podía notar su sufrimiento y su agonía en las plantas de mis pies.
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LA MUÑECA DE MIS MANOS (PÁGINA 20)

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Llevábamos casi una semana en casa de Carmelo Dulce, y la obligación de coexistir tantas horas juntos, hacía que el aire se volviese tan pesado y espeso que resultaba difícil de respirar. Me sentía recluida como en La Casa de Marco Expósito. Una mañana que jamás atardecía, me encontraba tumbada en el sofá, mirando el techo sin nada mejor que hacer, los pies me dolían más que todo el cuerpo. Decidí salir a caminar. Dejé una nota atrapada con un imán de servicio de comidas a domicilio sobre la puerta del refrigerador, y salí sin ninguna dirección, hacia donde me llevasen mis pies. Crucé toda la ciudad hasta llegar a un parque con un gran lago quieto en el centro. En un banco, sentada, observando como las ocas retozaban en el agua, estaba Begoña de Azúcar. Caminé hasta ella y me senté a su lado. ¿Cómo estas? –Preguntó-. No muy bien –Contesté-.

- Habla Begoña de Azúcar-.

No debes sufrir Amor. Tú naciste de la felicidad y deberías vivir siempre dichosa, con o sin Maxi. Tú decides. No imagines fantasías que no son. Quizá Maxi por su condición de científico y amante protector, esté algo más emocionado por los acontecimientos, pero has de hacerle comprender que no corres peligro alguno. Nadie pretende hacerte daño. Todo es mucho más sencillo, incluso la eternidad. Basta desprenderte de lago, decidirte a perder para ganar tiempo; una parte de tu cuerpo, un soplo de tu sonrisa, un haz de luz de tu mirada. Tanto perdió tu padre para con nosotros, El Cuerpo, que nada le quedó en el mundo más que tú. Su felicidad. Antes de perderte a ti decidió perder su vida. Por eso murió tu padre, para no tener que prescindir de ti en vida. Él vive en ti. Siempre mientras le recuerdes. Ellos, El Cuerpo, jamás podrán encontrarte. No les perteneces. Bien claro lo dejó tu padre con su muerte. No necesitan encontrarte por que no tienen la necesidad de perderte, pues nada conseguirían con ello. Nada cambiaría en sus vidas. De mi tampoco has de temer, pues, al igual que tu padre, también daría mi vida por salvarte. Eres la muñeca de sus manos, pero también eres mis pies, y mientras tú camines, caminaré yo. Que nada te preocupe ni te perturbe, pues podrás envejecer tranquilamente y compartir tu tiempo con quien elijas, y cuando vosotros decidáis, partiréis. Eres libre para compartir con los tuyos tu historia y tu memoria.
-Begoña de Azúcar deja de hablar-.

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10 diciembre, 2009

LA MUÑECA DE MIS MANOS (PÁGINA 19)

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Ni si quiera podía odiar a mi padre por lo que de mí había hecho. Dónde termina la vida, dónde comienza la imaginación; este juego infernal de espejos entre la apariencia y la realidad. La ignorancia nos hace felices, pues el conocimiento, desvela luces de sombras tenebrosas por no saber la razón que las proyecta. No recuerdo jamás haber sufrido daño, y ahora también, sin ningún rasguño, golpe físico o herida superficial, un dolor completo estremecía todo mi ser. Qué dolor interior llevó a mi padre a quitarse la vida, quizá igual que el que aturde mi tranquilidad. Sufría un dolor inexplicable por el que me parecía imposible recuperar mi paz interior jamás, hasta el fin de mis días, toda una eternidad agónica, sin vislumbrar remedio, no podía dejar de contemplar lo dulce que debía ser el reposo en la tumba.

El baño resultó mi espacio íntimo, por la necesidad de pensar, de asimilar tanta información. La historia contada por mi padre se parecía bastante a los descubrimientos de Maxi Delgado que al relato de Begoña de Azúcar, por eso que confiaba más en los consejos de Maxi que en las recomendaciones que mi madre me hizo antes de mi escapada.

Un sueño se repetía una y otra vez cada noche; yo perdida, desbocada sin rumbo por un bosque tan alto que los rayos del sol apenas si llegaban a su interior, de altos arbustos que hacían tropezar y frenar mi carrera, zarzas espinosas que desgarraban en jirones mis vestiduras, sin ninguna orientación, tras de mi, unos pasos constantes, como el eco de mis propios pasos, acompañados de una voz que repetían sin cesar, “por ahí no”. No podía mirar atrás, hacia delante, siempre hacía delante, pues cada vez que intentaba ver quien me perseguía, súbito, cuanto tenía frente mía cambiaba por completo tanto de color y de forma. Al detenerme por el cansancio, resulta extraña la sensación de cansancio en un sueño, la falta de aliento, el relinchar de mi corazón como un caballo antes de caer extenuado, abatido por el agotamiento. Cuando cedía al desaliento al sentarme sobre el suelo pleno de hojas secas, quien acudía a mi ayuda, era yo misma. Podía reconocerme, me alcanzaba la mano y me ayudaba a levantarme. Abrazada a mi misma gritos y pasos volvían a escucharse, intimidadas por la esa presencia tornábamos a huir en estampida, siendo siempre yo misma quien me perseguía tantas veces como me detenía. Yo y yo y siempre yo era quien me perseguía y quien me ayudaba a levantar, quien me alentaba nuevamente para continuar huyendo de mí misma, hasta que amanecía, abrazada siempre a Maxi Delgado.

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06 diciembre, 2009

LA MUÑECA DE MIS MANOS (PÁGINA 18)

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Cuando la vida no esconde ningún secreto, y el azar se estima periódico puro, todo se torna gris, carece de sabor, huele a nada y cambia su irregular giro en un liso y perpetuo vagar sin rumor de viento, sin albor de madrugada. Los acontecimientos se advierten como las tormentas, sucede que todo surge adquirido y nada resulta improvisado.

Debía decidir si seguir huyendo a lomos de un caballo gris hacia el desierto, o marchar al mercado a comprar naranjas. Maxi me acompañaría, como el zángano fiel a su reina, por eso fue que le comenté mis intenciones de volver a aquel hospital, para enfrentarme a ellos. No quería vivir huyendo siempre.

- HABLA MAXI -.

No puedes huir porque no depende de ti tu destino, sino de ellos. Ahora todos temen por su muerte, también por que supone tu muerte aunque no fuera tu deseo, y todo lo conseguido hasta ahora no tendría sentido. Nadie conoce a nadie, excepto tú que a todos conoces.

Si el dedo gordo del pie derecho del cuerpo muriese, el dedo gordo de tu pie derecho comenzaría a pudrirse como su cuerpo bajo la tierra. Los que quieren acabar con la memoria de tu padre, no quieren acabar contigo hasta que no confirmen las hipótesis que se barajan. También saben que si acaban con el cuerpo terminaran con la muñeca por que todos te conforman. Las dudas que queman son, saber si los cromosomas X Y que perpetuará tu hermanito y los descendientes de tu hermanito, serán todos tu padre, y todos los X X tuyos serán tu madre, y cada vez que la vida los una, nacerás tú y tu hermanito, que a su vez serán ellos, los otros, el cuerpo, y así eternamente, infectando a la humanidad hacia una única raza, un único ser, pues, lo más mágico de todo esto, es que el nuevo ser retendrá y podrá acceder al a memoria de todas las experiencias vividas. Y no cabe posibilidad de fallo o error, pues el artesano, tu padre, murió sin dejar nada escrito para volver a intentarlo nuevamente.

- MAXI DEJÓ DE HABLAR -.

Mi corazón no me pertenecía, ni mi juicio. ¿Quién toma mis decisiones, quién me sirve las cartas. Todo eran hipótesis, pero realmente era lo que yo pensaba desde el principio, claro que mi instinto quizá estuviera doblegado a las riendas y las manos de alguien más poderoso que yo, capaz de dictar mi destino, dejando por el camino señales premonitorias, llenando mis noches de sueños esperanzadores y mis mañanas de casualidades paradigmáticas. El mundo se detuvo un instante al contemplarme como un títere a merced de no sé cuantos titiriteros, sin voluntad para decidir. Pero tenía plena confianza en mi padre, seguro que no se olvidaría por completo de mí. Aún ardía en mi interior esa necesidad imperiosa de conocer, en realidad, quien era yo, y cuanto de todo aquello era culpable mi padre.

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LA MUÑECA DE MIS MANOS (PÁGINA 17)

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Desperté sobre una cama de algodón, tapada con seda y pluma, las persianas corregían el sol de la mañana y los gruesos cristales de las ventanas el estruendo creciente con el madrugar de la ciudad. Maxi Delgado salía del baño envuelto en una diminuta toalla, dejando su torso de nadador desnudo. Sobre la mesa esperaba un desayuno mi despertar, Maxi me lo acercó a la cama, me acompañó preparándome las tostadas mientras yo servía el café. Maxi me comentó que había dormido todo el camino, incluso me hubo de subir en brazos desde el coche hasta la cama, me desnudó con tanta delicadeza que mi sueño no se sintió amenazado ni perturbado. Estábamos en casa de Caramelo Dulce me confirmó Maxi. Me estremecí por un segundo. En mis sueños más eróticos, imaginé a Caramelo Dulce, su cuerpo, su sexo, su mirada. Noches húmedas entre sus brazos. No encontraba el momento de dar por terminado el desayuno, por no tener que enfrentarme también al olor de Caramelo Dulce. Por otro lado, otro nuevo temor invadió mi cuerpo. Comprendí que no caminaba sola, Maxi Delgado estaba conmigo. Por que él también tenía su secreto para mi; tantas molestias como se había tomado hasta llegar a Caramelo Dulce en menos de un año y conseguir su confianza, todo eso, ¿lo había echo por su curiosidad de científico o el interés hacia mi persona era por amor. Cerré los ojos, la paz, el bienestar que sentía esa mañana no recordaba la última vez que lo sentí. Abrí los ojos para abrazarme a Maxi, besarlo desnudarlo. Disfrutamos gozando dichosos sin preguntarnos el nombre de aquel sentimiento de apasionado frenesí. Mientras yo me duchaba, {el adecentó la habitación abriendo las ventanas para cambiar el clima. Mientras él se duchó, yo me preparé para conocer a Caramelo Dulce, ahora más sosegada.

Una no puede crear expectativas pues la realidad es mucho más cruel que la imaginación. Caramelo Dulce no era para nada el soldado de bronce romano que esperaba. Era mucho más flácido y arrugado, una piorrea le destrozó la sonrisa y lucía una artificial, torpe en sus movimientos, de aspecto débil, frágil. Su larga melena negra reflejaba aún lo que un día pudo ser. Me lo debió ver en la mirada la impresión que tuve de él a primera vista. Para probar que hubo un tiempo donde fue bello, propuso poner el corto que rodó con mi padre. Confesó que aquella experiencia le cambió la vida, y que, la conversación que tuvo con mi padre terminó por convencerle.

Esa mañana no sólo puse cara a Caramelo Dulce, sino que también conseguí ver las manos de hombre de mi padre. Pude apreciar su calor, su humanidad. En realidad que eran las manos más hermosas del mundo. Cuando todos marcharon a dormir, yo quedé despierta reproduciendo la escena de las manos de mi padre una y otra vez.

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LA MUÑECA DE MIS MANOS (PÁGINA 16)

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- ¿Me conoce?
- ¡Nos conocemos!
- ¿Quién soy yo?
- Deco Delgado. Padre de Maxi. Los brazos.

Jamás pensé que reconocer a alguien en aquella reunión, aún menos por la parte del cuerpo que le correspondía, fue todo un error. Nadie pensaba que fuera posible apreciar la diferencia entre lo real y lo artificial. Todos los presentes en aquella reunión, incluso Begoña de Azúcar, todos se agitaron cuando reconocí a aquella mujer por sus piernas. Los nervios afloraron, la intranquilidad se palpaba, y un gesto de incertidumbre se reflejaba en sus rostros. El señor oscuro desde la penumbra declamó que no necesitaba más pruebas para saber que se encontraba frente la muñeca. Muchos de los que asistían a esa reunión se levantaron y se marcharon, otros incomodados no sabían estarse quietos, parecía que un zorro hubiere entrado en el gallinero.

Maxi Delgado irrumpió en la sala para asombro de todos, se dirigió a mí y exclamó que mi padre me esperaba al otro lado del teléfono. Todos quedaron petrificados. Yo sabía que eso era imposible, pero seguí las indicaciones de Maxi urgentemente. Agradeciéndole el haberme rescatado, sacándome de aquella sala. Subimos a su coche y huimos de allí. Maxi comenzó a hablar.

- HABLA MAXI-.

Cuando me enteré que mi padre iba a estar en esa reunión supe que la información que buscaba estaba en mi casa, comencé a investigar a mi padre. El caso de tu padre es mucho más revelador de lo que pude imaginar. Tu padre, en su corta vida descubrió cuanto el ser humano en su infinita existencia.

Maxi hizo un silencio que yo aproveché para dormir profundamente mientras él conducía mi destino.

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03 diciembre, 2009

LA MUÑECA DE MIS MANOS (PÁGINA Nº QUINCE)

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Mi Madre quería presentarme a un círculo de amigos de la familia, los cuales sería bueno conocer. Como el padre de Maxi Delgado estaba en la lista, no le importó que él estuviera delante cuando me informó de la noticia, de lo que sí estaba extrañada y no podía disimular , era vernos tan de mañana, desayunando juntos, tan ligeros de ropa y despreocupados. Una necesidad interior me empujaba a contarle a mi madre que todo cuanto sus ojos contemplaban, seguramente estuvieran malinterpretando cuanto aquella escena de nosotros juntos suponía, pero tampoco sentí una gran obligación de dar una explicación de la situación. Maxi también estaba relajado, pues igual sorprendido que yo con la visita de mi madre, que no quería perder detalle de su explicación; el té con leche y canela quedó frío, el sobre de azúcar aún por abrir y la bolsita en el fondo, Maxi Delgado se fue con ella. Yo quedé sola, con el corazón arriba. En cuatro horas debía reunirme con toda esa gente en el mismo hospital donde mi secreto comenzó. Parecía que todos supieran el secreto pero nadie quisiera saber la verdad. Yo estaba dispuesta a conocer el secreto. La misma sala donde despedí a mi hermanito.

Veintisiete personas sentadas en el patio de butacas, yo, en proscenio, junto con Begoña de Azúcar y Cielo de Nuez, la mujer arrugada de cuello perfecto. Pude reconocer en la reunión al padre de Maxi con sus brazos de goma, los verdes ojos de África Mares de la que tantas veces habló mi padre, y aunque podía reconocer los nombres que me dio mi padre por las partes del cuerpo visibles, era capaz de suponer también por los detalles personales que describió mi padre en su historia, aunque sus ropas y sus telas ocultasen su piel, pero no su pelo. Faltaban tantos otros. Muchos más de los que allí se encontraban.

La reunión se dilataba y nadie estaba dispuesto a poner sus cartas sobre la mesa. Yo jugaba con ventaja; con haberles visto la cara, yo ganaba este movimiento, pero con quedarme callada ellos restaban tiempo. Por eso permanecí callada seis horas, pensando muy bien qué iba a decir, mientras ellos discutían en espiral, hablando de pasado, especulando sobre el futuro y maldiciendo el presente. Todos los que allí estábamos en aquella sala, nos hacíamos la misma pregunta. ¿Por qué deseó morir mi padre? Cuando hablé se hizo unos segundos el silencio.

- Todos sabemos por qué murió mi padre. ¿Qué se supone que hemos de hacer ahora?

- ¿Por qué afirmas que todos sabemos la razón de la muerte de tu padre, pero supones que no sabemos qué hacer ahora? –Preguntó el señor de la cara oscura por la sombra del oscuro rincón al final de la sala-.

- Porque nadie sabe por qué está aquí sentado. –Contesté sin dudar-.

- ¡Tú eres su hija!

- Y tú eres sus piernas. –Respondí emocionadamente a una señora con una falda de fina tela roja con vuelo en las rodillas que quedó sorprendida por mi respuesta.


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LA MUÑECA DE MIS MANOS (PÁGINA CATORCE)

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Durante todo el año que estuve enclaustrada, no recibí ninguna visita o cualquier tipo de contacto con el exterior. Justo cuando cumplí la mayoría de edad, la señora arrugada vino por mí, para ayudarme a regresar a casa, mientras me presentaba todo el papeleo que debía resolver ahora.


Lo primero que hice fue ir a buscar a mi hermanito, tras acreditar todos los documentos posibles que confirmasen que éramos hermanos, un mes después pude verlo, pero aquel niño no era mi hermanito, lo perdí nada más nacer, igual que Clara Victoria, si no por qué razón iba a morir; le cambiaron a su hijo nada más nacer, y nunca pudo hacer nada para demostrarlo. Murió de pena en su soledad de hospital. Por eso que mi hermanito pasó a ser secundario convirtiéndose en mi verdad, ahora mi prioridad era conocer mi secreto.


Visité la casa museo de mi padre, pero ya nada de lo que él hizo allí quedaba, todo era una mala réplica, vergonzosa. No comprendía como la gente era incapaz de apreciar tan barata imitación. Siempre me hacía la misma pregunta. ¿Por qué murió mi padre, si como él decía, vivíamos eternamente? Por qué aquella tarde mi padre deseó su muerte.


Maxi Delgado vino a visitarme a casa cuanto se enteró de mi regreso. Nunca pudo comunicarse conmigo porque nunca logró adivinar donde me llevaron. Siguió con las pesquisas sobre la autopsia de mi padre, pero todo lo que consiguió descubrir en un año, era que mi padre no fue enterrado, y según sus ivestigaciones, el cuerpo aún no había salido de aquel hospital. Charlando y hablando, se hizo tan tarde que Maxi Delgado se quedó a dormir. No me hubiera importado yacer entre los brazos deMaxi, era muy atractivo y de talle atlético, pero Maxi Delgado era de esos hombres que no aceptan una experiencia sexual esporádica de placer por placer, si no que termina por involucrarse tanto con esa persona en la necesidad suya de estar en pareja, que no creé posible el sexo sin amor. No debía vincularme a nadie, sobre todo en temas de amor ; cómo podría crear una familia sabiendo que, mientras mis hijos y mis nietos envejecen, yo seguiría impasible al variable conmover del tiempo. Esa mañana despertamos juntos en la cama, abrazados. Mientras desayunábamos, sonó el timbre de la puerta como un disparo de cañón. Era Begoña de Azúcar.


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LA MUÑECA DE MIS MANOS (PÁGINA Nº TRECE)

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A mi hermanito lo llevaron tan lejos que jamás volví a verlo nunca. Mi padre me contó sin embargo que no debía preocuparme por él, sino por mí.

Me llevaron a La Casa de Marco Expósito, mártir reconocido en las anchas planas yermas tierras. Personaje del siglo XVII, recogido por Murillo, en obras de Lope de Vega, y a quién la corte española y la alta nobleza ofrecían como ofrenda grandes favores. El edificio era todo de blanca cal, habitaciones de doce literas por cuatro colchones, patio comunitario, sala de juegos, un cuarto de baño y aseo por piso, cuatro pisos con planta baja, escaleras amplias de amplios descansillos, pasamanos en mármol blanco, negros los peldaños, tres comidas por día, jornadas de huerto, granja, Manipulación de utilería para cuero y madera en relajados talleres con hilo musical en flauta, grandes altavoces que dictaban a gritos el horario inflexible que se había de cumplir diariamente, domingos de cine y misa, salidas al exterior asidas a un gruesa soga, en ropa de marca Acordeón.

Dolores Prietos, estuvo ingresada quince años antes de entrar a formar parte del personal del centro, ahora era celadora, a veces, otras hacía de alguacil. Pelo corto y duro como su humor y su gesto. Su dulce tono de voz la hacían aún más terrorífica, y sus manos de albañil, y su culo de tabernero. Sofía Philo, ingresó el mismo día que yo, tres años menor, alta, con el pelo de fuego, facciones salvajes, guerreras, manos de princesa, bajo cada ojo un lunar, de actitud competitiva y carácter inquieto, con el tobillo derecho escayolado, vestida de azul rojo y amarillo, y un pendiente insertado en su pezón izquierdo, apretado por un escalofrío contra la camiseta de fino algodón. Socorro Controla, directora del centro. La mujer arrugada le ordenó personalmente que no me perdiera de vista ni de día ni de noche, bajo ninguna circunstancia. Virtudes Ninguna custodiaba la puerta de entrada y salida del edificio, de brazos y manos de cancerbero.

Yo sabía que no debía de temer por nada, por que la señora arrugada, su cuello… era el cuello del cuerpo, no tenía
cuello; seguramente también trabajo de mi padre, por lo que seguramente era amiga de mi padre o de Begoña de Azúcar. Él no debió morir nunca, pues había gente que no lo consentiría, y seguramente se harían pasar por amigos suyos, intentando adivinar su secreto, pues conocían su verdad pero no su secreto. También estarían los amigos de Begoña, así me lo contó mi padre. No debía fiarme de nadie más que de mi misma.
A mi hermanito lo sentiría igual de lejos aunque hubiera vivido toda la vida con él y Clara Victoria bajo el mismo techo. Me sentía sola en aquel mundo, y eso me hizo invulnerable a cuantos tormentos fui sometida ese año. Si algo me mantenía con vida, era pensar que yo era el secreto de mi padre, y no había hecho más que descubrirlo, pues desde la confesión de mi padre hasta el momento de mi ingreso apenas transcurrió una semana.

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LA MUÑECA DE MIS MANOS (PÁGINA Nº DOCE)

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Cuando llegué al hospital para reconocer el cuerpo de Clara Victoria y a mi hermanito, me recibió un señor muy educado, alto y distinguido que se presentó como el Dr. Doble Noble. Me acompañó a una sala enorme; mesa y seis sillas, un sofá triple y otro doble, reposa cabezas y revistas del corazón, naturaleza y ciencia, economía, el hilo musical era instrumental, pero no reconocí ningún tema en las seis horas que me hicieron esperar sola.

Declarar que mi verdadera madre era Begoña de Azúcar, aprovechando que estaba en un hospital para hacerme la prueba de maternidad sería un gravísimo error, pues, hacerme una muestra de sangre a mí, sería un hecho tan revelador como la autopsia de mi padre. Sabía entonces que me esperaba pasar un año incierto hasta poder hacerme cargo de mi hermanito y valerme por mí misma con todos mis derechos.

Después de seis horas, entró el Dr. Doble Noble acompañando a una señora arrugada, con unas gruesas gafas de pasta negra, de cristales anchos y tibios que iluminaban su rostro resaltando sus verdes ojos. El Dr. Noble salió de la sala momento después de habernos presentado, justo cuando la señora arrugada tomó asiento frente mía. Contemplé su intento de estrechar mi mano, supongo que advirtió mi inminente rechazo en el gesto de repugnancia con el que le respondí al instante.

Eres una chica inteligente, me dijo. Creo que sabes lo que se acontece. Muchos papeles que firmar, muchas decisiones que tomar, y aunque eres menor de edad, yo confío en que podrás sobrellevarlo. A tu hermanito también lo llevaremos muy lejos y vais a pasar un año separados. Tu hermanito a penas lo notará, pero tú no has de sufrirlo. Esta es otra etapa más de la vida a la que te has de reponer, seguir luchando. Pero, qué te voy a contar a ti de la vida. Primero tu padre, después tu madre, ahora te separan de tu hermanito, os acunaran entre extraños. Pero un año pasa pronto. Muy pronto. Ahora me vas a acompañar, primero a reconocer el cuerpo de tu madre, después a tu hermanito para que te despidas de él.

La mujer era Clara Victoria, pero no me atrevía a decir que ese no era mi hermanito, por la misma razón que no me atrevía a declarar que Begoña de Azúcar era mi madre. Según la historia de mi padre, cuando todo saliera a la luz, todos querrían ver mi sangre.

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30 noviembre, 2009

LA MUÑECA DE MIS MANOS ( PÁGINA Nº ONCE)

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quitarse las lentillas, cambiar un cd, girar el tapón de una botella, tocar el piano, hacer el cinco romano con los dedos de la mano, manipular títeres de hilo, dormir tiburones, salvar ballenas en noches de pesca de sirenas, poner más azúcar, pasar la sal, aliñar la ensalada, comerse las uvas, pinchar un globo, hacer el salto la rana con los guijarros sobre los lagos en presa, destapar cualquier botella con todo instrumento, mandar un mensaje de texto, rascarse la nariz, los huevos, acunar cantando nanas, lanzar la peonza, ganar a las canicas, al parchís, a los marcianitos, limpiarse el culo, lavarse los pies, tirar con la escopeta en las casillas de feria, hacerse un bocadillo, subir el volumen del televisor con el mando, volar una cometa, asirse a las cumbres de las montañas, por las muescas de las paredes, sembrar, ofrecer, partir, sacudir, abofetear, las cuentas del rosario, estrechar, mecanografiar, enchufar, apagar, abrir, palmas por alegrías, acariciar, aplaudir, rascar, escribir, firmar, tallar un corazón en un roble, señalar una estrella fugaz, lenguaje de signos, pedir la cuenta, parar un taxi, pasar la página de un libro, buscarse el pulso, sacar dinero del cajero, cortar a la juliana, batir un huevo, cortar una rodaja de sandia, abrir una jaula, quitar una vida, parar una hemorragia, insertar una vía, servir una mesa, esgrimir una espada, colocarse el antifaz, levantarle el velo a la novia, provocar una eyaculación, utilizar el compás, armar una ballesta, romper a pedradas un farol, sorprender a una serpiente por el cuello, confundir a un escorpión, salir por la grande en Las Ventas, lanzar una postal al buzón, sellar, levantar el baúl de los recuerdos, hacer cosquillas, pellizcar mejillas, hacer un cuenco para beber agua, mirar al horizonte tapando el sol.

Lo sucedido a continuación, confirmó la verdad que me confió mi padre; no sólo se vive una vez, sino que siempre se vive. Todos decidimos el día de nuestra muerte.

LA MUÑECA DE MIS MANOS ( PÁGINA Nº DIEZ)

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Mi padre me contagió el temblor de mis manos. Aunque sus manos eran perfectas, sus apéndices lo hacían deficiente motriz, torpe en sus acciones manuales, simulaban una destreza aprendida y nada improvisada. Cada movimiento estaba calculado y memorizado al milímetro, desde una caricia al trazo de un dibujo sobre el papel, cortar una rebanada de pan, pelar una manzana, preparar un café, anudarse los cordones, los botones de la camisa, el nudo de la corbata, sacarse una espinilla, los pelos de la barba, buscar en el fondo de los bolsillos, entre los dientes hurgar con el palillo, pintarle los labios a mi madre, apagar un cigarrillo, introducir la llave en la cerradura, buscar una emisora en la radio, clavar un clavo, enhebrar una aguja, hacer la o con un canuto, abrir el grifo del lavabo, contar la calderilla, sombras chinas en la pared, castillos de naipes, manualidades de papel, sacarse un moco pegarlo en la suela después, encender un fósforo, desgranar maíz, lavar aceituna, atrapar un pájaro, utilizar un tirachinas, trepar a un árbol, deshojar margaritas, marcar el seis siete seis ocho ocho cuatro siete nueve dos, escribir una carta, revisar el correo, abrir nueces y latas de anchoas, jugar a pares o nones, piedra papel o tijera, pegar los cromos en el álbum, colocar el euro conector, tirar de la cisterna, exprimirse un zumo natural, cortarle una rosa al naranjo, hacer una oquedad en la arena, castillos de tierra, operar, destornillar, hacer pan de migas, juguetes con latas, instrumentos de madera, alcohol de raíz, albarcas de esparto, jarrones de miel, darle cuerda al reloj de pared, limpiarse los anteojos, cambiar una bombilla, ilusionarte con trucos de magia, cortarme el pelo de pequeñita, encender hoguera entre otoño e invierno y alguna que otra tarde de primavera, abanicarse en verano, espantarse moscas, nadar, lanzarse en paracaídas, gondolero, masajista, trilero, reparaba paraguas, recogía caracolas, separaba garbanzos, lustrar zapatos, abrir las ventanas para ventilar la alcoba, tender la ropa, prender el interruptor, sacudir alfombras, señalar al contrario, auto_estopista, pasar el calendario, apagar un pabilo, dar la vuelta a la hamburguesa,

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27 noviembre, 2009

LA MUÑECA DE MIS MANOS ( PÁGINA Nº NUEVE)

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Ella era mi madre, Begoña de Azúcar. Despedimos a Maxi Delgado y no quedamos charlando toda la tarde.

La vida nos recibe con un gesto de sorpresa cada vez que vamos al mercado a comprar naranjas. De nosotros depende seguir comprando naranjas o huir despavoridos a lomos de un caballo gris hacia el desierto. Junto a tu padre me gustaba vivir por que siempre algo sucedía, y ese temblor y ese miedo hacían que la vida junto a él fuese interesante y divertida. Si una vez nos separaron, no lo volverían a hacer jamás. Ese cuerpo son mis pies y sus manos, y mis ojos y su boca. Y tú pelo. Amor. El momento en que te concebimos está recogido en las estrellas que esa noche regían el firmamento según están colocados los lunares por el cuerpo. Tu padre y yo no coincidíamos en opinión de tener o no tener un hijo, y en un arrebato, terminé arrojándolo sobre una mesa de cristal del salón de su casa.

Nadie murió por construir ese cuerpo, si alguien cedió una parte de su cuerpo fue por amor y desprendido consentimiento.

¿Mi padre era realmente una persona amable que nunca hizo daño a nadie? El amor siempre duele mientras exista una verdad. Seguro que mi padre no le contó su verdad a nadie, excepto la tarde de mi cumpleaños. Esa gente incauta que formó el cuerpo, soportaba mejor el dolor de desprenderse de alguna parte de su cuerpo y seguir pensando en el amor de mi padre, a conocer su verdad.

Esa misma tarde me llamaron del Hospital. Mi madre había muerto, no Begoña de Azúcar, sino Clara Victoria, mi otra madre; no había superado el parto y murió sola sobre la cama de un hospital. Debía hacerme cargo de mi hermanito. Llamaban desde protección del menor; éramos huérfanos y menores, y a nuestro nombre, una gran suma de dinero y propiedades.

Al colgar, el teléfono seguía sonando con su vagido eterno, era Maxi Delgado; trabajaba en muchas autopsias con su padre, y aunque no ejercía de forense aún, tenía conocimientos de experto. Quería hablar sobre mi padre. Su muerte había generado un enorme revuelo, o reverso al campo de la medicina y la ciencia, y habían abierto una investigación secreta para decidir si la memoria de mi padre se debía ocultar, sacarla a la luz, o destruirla toda. En la autopsia de mi padre, nadie daba crédito a cuanto allí se descubría a cada examen que se le realizaba. Era como si al pisar La Luna por primera vez, hubieran descubierto que la familia Rodríguez ya vivía allí.

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26 noviembre, 2009

LA MUÑECA DE MIS MANOS ( PÁGINA Nº OCHO)

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“Existe el doble de posibilidades de morir a manos de un ser querido que a manos de un desconocido”. Así comenzó mi padre a contar su historia, en una agónica tarde en que dedicó cinco horas a contarnos toda su verdad, a mi madre y a mi, la tarde de mis diecisiete cumpleaños antes de soplar las velas.

Tú eres la muñeca de mis manos, me dijo mi padre antes de cortar la cinta azul con la que se inauguraba su casa museo. Su propia casa donde armó la muñeca. En cada una de las habitaciones de la casa había una imagen de cuanto allí pudo haber ocurrido, desde recibirla en el zaguán hasta que las tumbaba en la camilla del quirófano, una escena intima en el bañó, subiendo las escaleras hasta el segundo piso. La muñeca estaba sentada en el sofá del salón, con la televisión prendida haciendo zapping. Cada habitación era una foto de su perversidad.

Cuando anunció que las manos de la muñeca eran sus propias manos, sus padres, mis abuelos, murieron ambos en menos de una semana, primero mi abuelo y después mi abuela. Mi padre sólo se amputó las manos y él mismo se implantó sus apéndices articulados consiguiendo unas manos perfectas pero sin alma, de tacto inerte.

Mi madre se derrumbaba a cada segundo que pasaba , se mustiaba culpándose de no poder haber advertido la persona tan terrible que era mi padre y haber decidido crear una familia con él. Esperábamos un hermanito que según mi padre, nacería la misma mañana después de su confesión. Mi madre también quiso confesarse, y esa misma tarde me dijo que no era mi madre, y que mi padre nunca le quiso decir quién lo era. Si con diez y siete años no te preocupan ya suficientes cosas en la vida, imaginad como me encontraba con mis regalos de cumpleaños. Dos verdades.

Mi hermanito nació esa misma mañana como vaticinó mi padre, y en lugar de ir al hospital a recibirLO, fui a la casa museo a buscar a mi padre, y allí lo encontré. En un rincón del jardín, hablando con una mujer morena; sus pies me resultaban extraños, advertí que eran idénticas las prótesis que usaba esa mujer a las de mi padre, pero ella las llevaba en los pies.

Comencé a seguirla, intentando que no notase mi presencia, pero una mañana que compartía un café con Maxi Delgado, compañero forense, ella fue quien me asaltó. Se sentó a mi izquierda con un té con leche entre sus manos y llamándome por mi nombre me dijo… ¡Hola Amor!


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25 noviembre, 2009

LA MUÑECA DE MIS MANOS ( PÁGINA Nº SIETE)

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Lola Dispuesta era toda una empresaria. Tenía ingenio la chica; ganaba tanto dinero que no sabía ya donde invertirlo. Tenía su propia marca de protector solar, salas de masajes de todo tipo, diseñadora de ropa, etcétera. Con razón era la espalda mejor pagada y con más trabajo, aunque cobraba más como puta que como espalda. Lola Dispuesta era una chica de lujo, estaba en cualquier punto del mundo a la hora que la citases; claro está, ese servicio había que pagarlo. Era como un ave, pasaba más tiempo con los pies en el aire que posados en tierra firme.

El primer día la cité en un Hotel rural de L’viv. Cercano a su país y su pueblo natal. Me preparé para recibirla, suponía que me reconocería, por ser el anfitrión cuando nos conocimos, y quizá le incomodara tal situación; pero también era una profesional y que de todo le habrá ocurrido ya. Imaginé que con mi charla y mi saber hacer, ella terminaría por relajarse gracias a la melancolía que le provocaría estar tan cerca de su niñez. Lo conocía casi todo de ella, no me sería difícil mantener unas cuantas charlas de interés donde compartir opiniones e inquietudes entre copa y copa de vino, aguas termales burbujeantes, caricias de placer. Entre tanto hacíamos el amor tantas veces. Ella se entregó por completo y me contó su vida en verso.

El segundo encuentro fue algo más relajado. Me encantaría estar un día entero contigo –dije-. ¿Podrás pagarlo? –preguntó-. Tú pones el precio –contesté-. Por la mañana conocimos la ciudad, su gente, por la tarde vimos ponerse el sol en un parador, degustamos teatro, cervezas y cine, bailamos, y contemplamos el amanecer en el balcón del hotel. Fue medio día y aún estaba, tumbada en la cama, preparando un baño. Me dejó su teléfono personal sobre el espejo del baño, cuando el vapor de mi baño, empañó el espejo, surgieron como por arte de magia. Cuando la llamé por tercera vez, tomó mi llamada al toque. No llegó a dar el primer tono. Supe entonces que la cita iba a ser en mi casa. Comencé a preparar el quirófano para cuando cayera plácida la espalda más hermosa del mundo.


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24 noviembre, 2009

LA MUÑECA DE MIS MANOS (SEXTA PÁGINA)

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Intenté imitar la técnica de trabajo en látex de Bill Buché, la persona que hizo el miembro viril más perfecto que hube visto en mi vida, para el corto de Esther Vacante, joven directora sureña, muy ambiciosa y dispuesta a ganar todos los concursos a los que presentara cu corto “Navidad”. Se conocieron una mañana en que ella despertó por el olor a café recién hecho la noche que conoció a Carmelo Dulce, actor protagonista de Navidad.

Disponía de mucho tiempo libre, eran tantas mis manías para estar bien conmigo mismo, que al igual que no me apetecía mostrárselas a la gente, había quién también no me podía soportar tenerme cerca por tan exquisito que me volvía en cada espacio donde entraba. Por eso que mis relaciones sociales eran mínimas. También es cierto, que en este mundo no estamos solos, por eso que si yo era modelo de manos, y ellas me condicionaron la vida, habría modelos de todas y cada una de las partes del cuerpo, por esta regla de tres, igual de perturbados y extraviados como yo estarían. Comenzar por las orejas me parecía fetichista, por los ojos demasiado perverso, por la sonrisa, la boca y los dientes, algo romántico.

Opté por comenzar por lo más cercano que tenía. Le pedí a mi amigo manager una lista de todos mis homónimos. Con la excusa de mi entusiasmo por organizar un evento común entre todas las partes del cuerpo, invité, para contar mi supuesta idea, desde los pies a la cabeza, todos mis iguales en este oficio. Un mes después sucedió el encuentro. De todos los candidatos posibles para formar parte de la muñeca de mis manos, para mi decepción, tan sólo la espalda y el cuello eran merecedores de pertenecer al cuerpo. Me desilusioné bastante al contemplar que la tarea si iba a dilatar muy mucho. Al menos ya tenía por donde empezar, por que de lo que sí estaba seguro es que debía tener pechos de mujer y no pectorales de hombre. La espalda se convertía en mi primer objetivo.

Recordé que mi padre me comentó que quería cambiar el quirófano de casa para modernizarlo. Le convencí de que me lo vendiera a mí. Le conté que unos chicos necesitaban de una escenografía para una serie de hospital, y que sería muy buena oportunidad para deshacerse de todos esos aparatos. Mi padre estaba tan sorprendido y confuso por mi llamada y su naturaleza, que se rindió súbito a mi propuesta, incluso, aceptando mis condiciones. En menos de un mes, lo tuve instalado en mi casa.

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LA MUÑECA DE MIS MANOS (QUINTA PÁGINA)

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En Tokio, cuando calibraban mis manos al milímetro tras varias radiografías y escáner para detallar mis falanges, mis escafoides, me sentía mucho más importante que en mi pueblo, con mis manos sobre un paño blanco de algodón mientras un señor muy viejo y muy antiguo moldeaba en el barro algo parecido a mis manos. Rodeado por las deidades más excelsas del pueblo, mi madre aprovechó para mostrar sus joyas, y mi padre se mantuvo en silencio por temor a que juzgaran su trabajo, que mejor demostración de su buen oficio si la cicatriz pasaba desapercibida a los ojos de todos, para que nadie recordase o comentase ni el accidente ni lo sucedido. Pero yo sí que recordaba, por que veía cada uno de los puntos de mi cicatriz. Creo que ni siquiera mi padre, por la expresión de su cara, adivinaba si fue en la izquierda o la derecha.

Pasé dos días interminables; compartir mesa con mis padres y familiares, comer con el párroco, el obispo y el hombre antiguo después de mi exposición de mis manos de Santo. Diez y seis horas que Dios me pagaría, aunque siempre pensé que fueron mis padres quienes pagaron el molde de mis manos con sus caritativas donaciones a la iglesia. Pero todo es publicidad; mis manos ya estaban canonizadas por la ciencia y santificadas por la religión, eso le daba a mis manos cierto atractivo, encarecía mis apariciones y eran motivo de interés y conversación entre mis conocidos.

Después, Noruega, grabar el anuncio supo insulso pero la visita a la fábrica de desalación me pareció de lo más curiosa, como algo tan sencillo como la sal podía convocar a gente tan diversa y dispar, desde los que construían las vías de la sal a los que imponían el salario, sin derramar jamás el salero. Madagascar fue de lo más revelador. En pleno rodaje de la escena gore… el látex… qué miembro tan perfecto, su tacto, su flacidez, cuanta ternura, y degollarlo, qué sensación. El grito del chico en la escena… por un momento olvidé que estábamos gravando, y que, con un finísimo hilo de seda le seccionaba de veras el glande. Me estremecí entero. Todo el fin de semana estuve experimentando la sensación evocando con la imaginación el instante único de la primera vez. Era casi un placer orgásmico.

Comenzaba la última etapa en la secuencia de puntos suturados sobre la línea de la vida de mis manos. Curioso y excitado, gracias a Internet portaba al mundo y sus conocimientos en el bolsillo, comencé mis investigaciones en la ilusión de poder armar un cuerpo perfecto para mis manos.

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