10 diciembre, 2009

LA MUÑECA DE MIS MANOS (PÁGINA 19)

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Ni si quiera podía odiar a mi padre por lo que de mí había hecho. Dónde termina la vida, dónde comienza la imaginación; este juego infernal de espejos entre la apariencia y la realidad. La ignorancia nos hace felices, pues el conocimiento, desvela luces de sombras tenebrosas por no saber la razón que las proyecta. No recuerdo jamás haber sufrido daño, y ahora también, sin ningún rasguño, golpe físico o herida superficial, un dolor completo estremecía todo mi ser. Qué dolor interior llevó a mi padre a quitarse la vida, quizá igual que el que aturde mi tranquilidad. Sufría un dolor inexplicable por el que me parecía imposible recuperar mi paz interior jamás, hasta el fin de mis días, toda una eternidad agónica, sin vislumbrar remedio, no podía dejar de contemplar lo dulce que debía ser el reposo en la tumba.

El baño resultó mi espacio íntimo, por la necesidad de pensar, de asimilar tanta información. La historia contada por mi padre se parecía bastante a los descubrimientos de Maxi Delgado que al relato de Begoña de Azúcar, por eso que confiaba más en los consejos de Maxi que en las recomendaciones que mi madre me hizo antes de mi escapada.

Un sueño se repetía una y otra vez cada noche; yo perdida, desbocada sin rumbo por un bosque tan alto que los rayos del sol apenas si llegaban a su interior, de altos arbustos que hacían tropezar y frenar mi carrera, zarzas espinosas que desgarraban en jirones mis vestiduras, sin ninguna orientación, tras de mi, unos pasos constantes, como el eco de mis propios pasos, acompañados de una voz que repetían sin cesar, “por ahí no”. No podía mirar atrás, hacia delante, siempre hacía delante, pues cada vez que intentaba ver quien me perseguía, súbito, cuanto tenía frente mía cambiaba por completo tanto de color y de forma. Al detenerme por el cansancio, resulta extraña la sensación de cansancio en un sueño, la falta de aliento, el relinchar de mi corazón como un caballo antes de caer extenuado, abatido por el agotamiento. Cuando cedía al desaliento al sentarme sobre el suelo pleno de hojas secas, quien acudía a mi ayuda, era yo misma. Podía reconocerme, me alcanzaba la mano y me ayudaba a levantarme. Abrazada a mi misma gritos y pasos volvían a escucharse, intimidadas por la esa presencia tornábamos a huir en estampida, siendo siempre yo misma quien me perseguía tantas veces como me detenía. Yo y yo y siempre yo era quien me perseguía y quien me ayudaba a levantar, quien me alentaba nuevamente para continuar huyendo de mí misma, hasta que amanecía, abrazada siempre a Maxi Delgado.

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