19 mayo, 2009

ABRASADOR

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Aquellas tierras carecían de horizonte. No había nada a mi alrededor, sólo arena, arena y más arena, y sobre mi cabeza un incesante sol. No dejaba de sudar, mi garganta y mi boca estaban totalmente secas. Si no encontraba agua o sombra rápidamente, de súbito moriría deshidratado o por insolación. No podía adivinar la dirección que estaba siguiendo. No sabía si iba a derechas o a izquierdas, si al norte o al sur. Qué hora del día sería, por dónde habría salido el sol.

No daba crédito a la razón por la que terminé en aquel lugar. No recuerdo nada. Lo último que recuerdo es a María arrodillándose ante mí, con un anillo de compromiso en su mano, me preguntó “¿Quieres casarte conmigo?”. Cuando contesté que ¡no!, un fuerte golpe me aturdió. Más tarde desperté en este lugar. Creo que estoy muerto y que esto es el camino hacia el infierno.

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